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LA ACADEMIA MILITAR DE LA ISLA DE LEON:
ENSEÑANZA Y GUERRA.
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José Ramón Ortiz de Zárate y Ortiz de Zárate
Teniente coronel de Artillería.
Director del Departamento de Ciencias Jurídicas y Sociales de la
Academia General Militar.
Conferencia impartida el 16 de febrero de 2007 en el Aula Magna de
la Facultad de Filosofía y Letras de la de la Universidad de Zaragoza,
dentro del acto anual de entrega de premios y medallas de la Asociación
Cultural “Los Sitios de Zaragoza”. |
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“Hoy Minerva risueña corona vuestras sienes de verde laurel, y os
prepara los triunfos que un día valerosos sabréis obtener”. (Estribillo)
“Combatid y arrancad denodados la victoria al tirano del Sena; Sus
legiones de Europa triunfantes, arrollando con frente serena. Y el
soldado español que esperaba en vosotros hallar su instrucción, os verá
con placer a su frente, combatir por salvar la Nación”. (Tercera
Estrofa)
(Himno de
la Academia Militar de la Isla de León, Rendón y Beymar 1812)
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Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades, señoras y señores. En primer
lugar quiero expresar mi agradecimiento a Santiago Gonzalo, Presidente
de la Asociación Cultural “Los Sitios de Zaragoza” por su amable
invitación para dar esta conferencia. Hoy les voy a hablar, en un foro
de tanta relevancia cultural como es esta Aula Magna Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, de uno de los
episodios más admirables de la Guerra de la Independencia y de la
historia de nuestra Enseñanza Militar.
Tras la invasión francesa de casi toda la península a finales de 1809, la
acción decidida de un aragonés, don Mariano Gil de Bernabé, Teniente
Coronel profesor del Real Colegio de Artillería de Segovia, va a ser el
catalizador para la creación de una Academia Militar en Sevilla y luego
en la Villa de la Isla de León (hoy de San Fernando, Cádiz), que va a
servir de modelo para la formación de oficiales de todas las armas
durante la Guerra de la Independencia Española.
En
dicho centro se van a unir, dando un resultado excepcional, la tradición
militar docente del Real Colegio de Artillería de Segovia representado
por su director, profesores y cadetes, y los escolares del Batallón de
Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, voluntarios
universitarios militarizados, unidos todos ellos por el patriotismo y la
apremiante necesidad de oficiales para las unidades de nuestro Ejército.
Enseñanza y Guerra, Armas y Letras son parámetros que marcaron su corta
pero fructífera andadura. Quiero empezar esta conferencia haciendo un
estudio del impacto del inicio de la Guerra de la Independencia en las
Academias y Colegios de las Armas y Cuerpos. Posteriormente nos
acercaremos al Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de
Toledo, embrión de la efímera Academia Militar de Sevilla impulsada por
el Coronel Gil de Bernabé. Después de su traslado a la Isla de León (San
Fernando) en 1810, seguiremos todas sus vicisitudes durante la guerra y
después de ella hasta su cierre en 1823. Terminaremos con unas
conclusiones de su aportación a la Historia de la Enseñanza Militar.
1.- El impacto del inicio de la Guerra en la
Enseñanza Militar (1808). |
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La Guerra de la Independencia supuso una fuerte
convulsión nacional que afectó a todas las instituciones del Estado. Los
acontecimientos del levantamiento popular del 2 de Mayo de 1808 en
Madrid sirvieron de revulsivo para el resto de provincias, donde se
organizaron Juntas Provinciales de Defensa dependientes de una Junta
Suprema Central en Aranjuez que se activó en el mes de Septiembre.
Dichas Juntas canalizaron y organizaron la defensa de la Patria y
exigieron la liberación de la familia real y la vuelta de Fernando VII.
Las Universidades españolas, encabezadas por las de León, Salamanca,
Santiago, Oviedo, Murcia o Toledo, van a ser las primeras instituciones
culturales en presentar propuestas de creación de unidades militares con
sus profesores y alumnos para defender a España del invasor francés (son
reseñables el Batallón Literario de Santiago, el de Escolares de León, o
los de Honor de Toledo, Sevilla o Granada, además de los llamados
Preferentes).
La Universidad de Zaragoza fue de las primeras en reaccionar. Sus
estudiantes ya lo habían hecho el 22 de Marzo de 1808 en contra de Godoy
y a favor de Fernando VII, como resultado del Motín de Aranjuez. Al
enterarse de la exoneración del Príncipe de la Paz, procedieron de una
manera multitudinaria y con indignación a la quema, cerca de la Puerta
Cinegia y al lado de la Cruz del Coso, del cuadro de Godoy que presidía
el Paraninfo de la Universidad, situada cerca de la Iglesia de la
Magdalena. Durante el Primer Sitio los universitarios zaragozanos se
integraron en “El Tercio de Jóvenes” donde hicieron un derroche de Valor
y Patriotismo. [1]
Por su parte el
Ejército va a sufrir una dura prueba, ya que a principios del siglo XIX
la Enseñanza Militar estaba caracterizada por la diversidad y
descoordinación de los Sistemas de Formación de los oficiales de las
Armas y Cuerpos, lo que impidió una comunidad de Doctrina que hubiera
facilitado la actuación de los Ejércitos.
Quiero recordarles que
la centralización de la Enseñanza del Arma de Artillería se realizó en
1764, en el reinado de Carlos III, con la creación del Real Colegio de
Artillería de Segovia por el Conde de Gazzola. Significó un modelo para
academias posteriores por su plan de Estudios, Pedagogía y Régimen
Interior. El Cuerpo de Ingenieros tuvo que esperar a 1803 para tener su
propio centro, la Academia Especial de Alcalá de Henares. Finalmente fue
en 1805 cuando los oficiales de las Armas Generales se formaron en un
único centro, la Academia de Zamora (para Infantería, Caballería,
Dragones, Milicias y Reales Guardias). No quiero dejar de citar, ya que
sale citada en varias ocasiones en esta conferencia, a “la Clase de
Cadetes de Cuerpo” en los Regimientos, alumnos distinguidos formados por
un capitán llamado Maestro de Cadetes. Su formación fue desigual
dependiendo del maestro.
Los medios y recursos
asignados por la monarquía a cada centro y su tiempo de estudios fueron
diferentes (cuatro años los Artilleros, tres los Ingenieros frente a dos
cursos de nueve meses las Armas Generales), en función de sus misiones,
tanto militares como civiles. En el caso de la Artillería, además de sus
funciones tácticas o técnicas del tiro, atendían también a la
construcción de armamento, pólvoras y artificios. Los Ingenieros por su
parte atendían a las obras públicas, cartografía e infraestructuras de
la Nación de tipo estratégico. Este hecho propició las pugnas entre las
Armas Generales y Cuerpos Facultativos, características del Ejército
español decimonónico. Se da la circunstancia curiosa de que en una
guerra larga como ésta, la mayor carencia fue de oficiales de Infantería
y Caballería, los que tenían menos recursos y plazas de formación.
Vamos a ver a
continuación cuál fue la suerte de las tres Academias de las Armas y
Cuerpos al inicio de la Guerra. [2]
La invasión francesa provocó la disolución de la Academia de Zamora
(Armas Generales), cuyos profesores y alumnos se incorporaron al
Ejército regular. A lo largo de la guerra no hubo ningún intento de
reapertura.
La Academia Especial
de Ingenieros de Alcalá de Henares también tuvo que abandonar sus
instalaciones, protagonizando en Mayo de 1808 lo que se conoce como “La
fuga de los Zapadores”, por la que realizaron una marcha por jornadas
hasta Valencia donde se integraron en el Ejército. Sus alumnos eran
todos Subtenientes agregados al Real Regimiento de Zapadores Minadores.
Hubo intentos de refundación en 1810 en Cádiz, Palma y Ceuta pero
fracasaron. Por fin, en 1811 el Teniente Coronel Gil de Bernabé, del que
luego hablaremos, aseguró que entre sus alumnos de la Academia de la
Isla de León, alguno podría obtener el ingreso en Ingenieros. Efectuado
el examen por la Junta de Ingenieros, los resultados fueron positivos,
por lo que hasta 1812 se formaron allí dos promociones de oficiales del
Cuerpo. A finales de 1812 se activó la Academia en Cádiz, aunque un año
después fue trasladada a Alcalá de Henares. Esta Academia con poco
tiempo de experiencia, luchó por su reapertura teniendo muchos
problemas, no obstante formó durante la Guerra a 38 Subtenientes según
datos del Coronel Barrios en un estudio del Servicio Histórico Militar.
Por lo que se refiere al Colegio de Artillería de Segovia, después de
múltiples vicisitudes en los primeros meses de la guerra se evacuó el
Alcázar definitivamente en Diciembre de 1808. Un grupo de profesores
encabezados por el teniente coronel Gil de Bernabé y alrededor de
cincuenta cadetes protagonizó una dura y penosísima marcha a través de
España y Portugal que acabó en Sevilla, tres meses y medio más tarde,
donde se reanudaron las clases en Marzo de 1809. En Enero de 1810, el
cerco de la plaza motivó su traslado a Cádiz, donde se integraron en la
Academia Militar del teniente coronel Gil de Bernabé en la Isla de León,
hasta su traslado a la Isla de Menorca (Villa Carlos, cerca de Mahón)
ordenada por la Regencia en Marzo y realizada en Agosto de 1810. Un
último asentamiento del Colegio fue en Palma de Mallorca desde octubre
de 1812 (Edificios de Monte Sión y Monasterio) de donde ya se trasladó
definitivamente de vuelta al Alcázar de Segovia en Octubre de 1814. El
Colegio, formó a 196 subtenientes durante la guerra debido a su mayor
experiencia y consolidación de estructuras docentes.
2.- El Batallón de Voluntarios de Honor de
la Universidad de Toledo y la Academia Militar de Sevilla (1809-10). |
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La victoria de Bailén el 19 de Julio de 1808 motivó diferentes reacciones
populares en toda España. Ante la llamada del Rectorado de la
Universidad de Toledo a la resistencia contra los franceses, a mediados
de Agosto de 1808, surgió una propuesta en el Claustro de la Universidad
de Toledo, para formar una unidad militar con los profesores como mandos
naturales de los escolares. El entusiasmo y patriotismo demostrado por
los representantes de la Universidad, así como el cuantioso aporte
económico ofrecido (30.000 reales de vellón) sirvieron de argumento a la
Junta Central Suprema de Aranjuez para su aprobación.
El rigor y la
celeridad fueron las notas dominantes de sus trabajos. En poco más de
dos meses se comenzaron las labores de Organización del “Batallón de
Honor de la Universidad de Toledo”, [3]
que debía estar compuesto por 600 escolares divididos en cuatro
compañías de 150 hombres. El Comandante designado fue el Marqués de
Ceballos, D. Antonio Pinell y Ceballos, y el Sargento Mayor habilitado
con el grado de Teniente Coronel don Bartolomé Obeso, de las Milicias
Provinciales, nombrado por la Junta Central.
El Reglamento del Batallón regulaba minuciosamente desde la Orgánica al
Sistema de Alistamiento, Uniformidad, Exenciones e Instrucción. Durante
esos dos meses se procedió a un rápido e intenso adiestramiento militar
de sus componentes en las tareas de instrucción básica del soldado.
Principalmente en el conocimiento del armamento, ya que como únicas
armas tenían los sables que les permitió llevar como distinción la Junta
Suprema.
El inicio de la segunda fase de la Guerra, con la llegada de Napoleón a
España, significó también las primeras derrotas. La Junta Suprema va a
decidir por su seguridad el traslado a Sevilla a finales de Septiembre.
El Batallón de Toledo, tan unido a la Junta y todavía en proceso de
formación, se vio obligado a desplazarse constituyendo su guardia
pretoriana, llegando a Sevilla a mediados de Diciembre de 1808.
Una vez allí y armados adecuadamente, demostraron su progreso y
entusiasmo en la instrucción, disciplina y servicios de la guarnición,
lo que le sirvió para ser acreedora del favor del gobierno, que incluso
utilizó a sus miembros como fuerzas de orden público contra la intriga,
muy propia de una ciudad que desde Enero de 1810 estará sitiada.
La necesidad de oficiales, principalmente de Infantería, propició la
creación de numerosos centros de enseñanza a iniciativa de las Juntas y
Ejércitos, que con pocos medios trataban de cumplir un programa de
instrucción básica, pero sin ningún tipo de coordinación en la
organización, régimen interior, programas y métodos de enseñanza, lo
cual no produjo inicialmente los efectos deseados.
De todas ellas vamos a analizar más detenidamente la conocida como
Academia Militar de la Isla de León (San Fernando), que constituyó el
modelo a seguir por las demás por los excelentes resultados obtenidos y
el prestigio de su director, el teniente coronel de Artillería don
Mariano Gil de Bernabé. Ya que fue fundamental el papel desempeñado por
este heroico aragonés, en esta situación de crisis nacional, vamos a
acercarnos a su perfil humano y profesional.
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Mariano Gil de Bernabé e Ibáñez
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“Gilitos” (Museo de la Academia General Militar) |
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Don Mariano Gil de Bernabé e Ibáñez nació en Báguena (Teruel) el 12 de
octubre de 1767 en el seno de una familia noble. Ingresó como Cadete en
el Colegio de Artillería a los 14 años de edad, en 1782, saliendo de
ella en 1787 como Subteniente, con el número dos de su promoción, a la
que pertenecía Luis Daoiz. Destinado al Departamento de Barcelona, tres
años después, en 1790, fue reclamado por su valía por el Inspector de
Artillería y destinado al Colegio de Segovia como ayudante de profesor,
iniciando así su carrera docente. Ascendió a Teniente en 1792, casándose
el mismo año con Petra Ramos de Billamizar, con la que tuvo nueve hijos.
Participó en la Campaña de los Pirineos entre 1793-95. En 1800 ascendió
a capitán y en 1802 a Capitán 1º, siendo de nuevo destinado al Colegio
como profesor. Con el grado de Teniente Coronel y ante la invasión
francesa de 1808 se incorporó al Ejército, volviendo al Colegio para
organizar su traslado a Sevilla, en diciembre de 1808. En esta ciudad, a
finales de 1809 y siendo ascendido a Coronel de Artillería, creó una
Academia Militar y colaboró en la defensa contra los franceses.
Replegado a Cádiz en 1810 y reabierta la Academia en San Fernando, fue
nombrado de nuevo su director. Falleció en la Isla de León el 23 de
agosto de 1812 a los 44 años de edad. Poseía una formación académica
esmerada y unas cualidades morales que supo inculcar a sus alumnos,
apodados los Gilitos, en los difíciles y heroicos años de la guerra.
Ellos jamás olvidaron a su primer director autentica alma de la
Academia. [4]
El 8 de
Agosto de 1809, Gil de Bernabé quiso colaborar con su experiencia
docente al esfuerzo de la guerra y consciente de las necesidades
urgentes de oficiales (para un futuro Ejército de 500.000 infantes y
50.000 jinetes) y viendo las posibilidades del colectivo universitario
presente en Sevilla, hizo su propuesta a la Junta Central que reiteró en
el mes de Octubre:
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Se nombró Director del centro al Coronel de Ejército y Teniente Coronel
de Artillería D. Mariano Gil de Bernabé y su ubicación fue el sevillano
convento de los religiosos Franciscanos de San Antonio, habilitándose la
Enfermería y celdas. Colaboraron en la puesta en marcha de la Academia
instituciones como la Real Maestranza de Sevilla y otros particulares.
El alumnado, se constituyó sobre la base del Batallón Universitario de
Toledo, a cuyos miembros se les exigió un régimen de vida de internado y
en cuanto a sus condiciones personales, “ser mayor de 17 años, las
buenas circunstancias de su nacimiento (Pruebas de Nobleza) y tener tres
cursos aprobados en Facultad Mayor”. Clonard cita que se
incorporaron 117 alumnos, organizados en 10 Departamentos (Secciones).
La Academia comenzó
su andadura con un reducido grupo de profesores civiles y militares.
Estos eran auxiliados por los alumnos más aventajados que desempeñaban
las funciones de “Secretario y Ayudante”, personal de servicios
para el orden interno administrativo y económico del centro. Esta
Academia tuvo una duración efímera por las circunstancias del Sitio de
Sevilla en Enero de 1810.
Según su Reglamento, el horario académico era intensivo, predominando
las materias militares sobre las
científicas.. La Academia desde un
principio dio muestras de su buen funcionamiento, fruto del entusiasmo,
abnegación y patriotismo de sus alumnos y profesores. En muchas
ocasiones la actividad académica se tuvo que compaginar con el Servicio
de Armas tan necesario para la defensa de la plaza
En Enero de 1810 al producirse la invasión de Andalucía, la Academia y el
Batallón se incorporaron al Cuarto Ejército, tomando parte en la defensa
de Sevilla. Los escolares demostraron su valor en diferentes acciones de
guerra como la protección de una batería en el barrio de Triana o una
escolta de caudales públicos a Ayamonte.
3.- La Real Academia Militar de la Isla de
León (1810-23): |
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A finales de febrero de 1810, el Batallón se replegó con sus componentes
y el resto de profesores de la Academia a Cádiz. La Academia se alojó en
“la Casa de los Jóvenes de la Marina” de San Carlos, barrio
militar de San Fernando. Sus alumnos se incorporaron con el Batallón a
guarnecer la línea de defensa en El Arsenal de la Carraca, y
posteriormente al Campamento de Santi Petri.
La ciudad gaditana, plaza cercada por los franceses y último baluarte de
la defensa española, va a ser abastecida a través del mar por los
ingleses, gracias a la superioridad de su Armada. Enclave defendido por
el 4º Ejército del Duque de Alburquerque y apoyado en la línea formada
por el glacis natural del río Santi Petri y las poblaciones fortificadas
de San Fernando, la avanzadilla de San Carlos, con los baluartes de
defensa del puente romano y la Carraca hasta Puerto Real y las paralelas
de la península del Trocadero, van a resultar inexpugnables una vez
cortado el puente Zuazo. Durante dos años y medio Cádiz aguantó el
asedio de las tropas del Mariscal Víctor, constituyendo un símbolo de la
resistencia nacional a la invasión francesa, siendo la capital de “la
España no ocupada” y sede de la Regencia y de las Cortes liberales.
Nuevamente, el esfuerzo y la tozudez aragonesa de Gil de Bernabé lograron
el restablecimiento de su Academia por Real Orden de la Regencia de 21
de Marzo de 1810, manteniéndosele en la Dirección y trasladando su sede
a la Isla de León (San Fernando, Cádiz). Allí se dedicó a la formación
de alumnos procedentes de todas las Armas, que tras su promoción a
subtenientes, cubrieron vacantes de Infantería y Caballería
principalmente, e incidentalmente de los cuerpos Facultativos de
Artillería e Ingenieros, por lo que se puede considerar que es un centro
de Enseñanza General Militar.
El alumnado se constituyó sobre la base del Batallón Universitario de
Toledo, siendo completado con autorización de la Regencia por cadetes y
subtenientes del 4º Ejército, que perfeccionarían su instrucción,
cadetes del Colegio de Artillería provisionalmente y distinguidos de la
Real Maestranza de Ronda.
La Academia ocupó los pabellones de la población de San Carlos, llamados
del Hospital, a primeros del mes de Abril. El comienzo fue duro ya que
sólo se contaba en lo económico con “el haber del soldado y con la
cesión de 2 reales de los pocos que tenían asistencias”. Este dinero
se utilizó para pizarras, yeso y otros efectos necesarios. La Marina
también facilitó mesas, sillas bancos y faroles. Finalmente, el impulso
inicial vino de la ayuda del Ministro de Estado, Bardají, que cedió
12.000 reales.
Los alumnos, apodados cariñosamente “Los Gilitos” en honor a su
director, se instalaron en la Academia siguiendo un régimen de vida de
internado los alumnos entre 14 y 16 años, estando los de 17 en adelante
acuartelados o acampados.
Según el Reglamento de Régimen Interior de12 de Abril de 1810, se
organizaron en ocho secciones para las formaciones, aunque a principios
de Mayo ya estaban organizados por Compañías como en el Colegio de
Segovia. Para los estudios se formaron nueve conferencias (secciones),
donde “los pasantes”, alumnos distinguidos, vigilaban los estudios
siendo responsables de su “quietud y orden” y repasaban las
lecciones en la pizarra a grupos reducidos.
En cuanto al profesorado, con personal cualificado y de confianza se fue
completando una plantilla heterogénea de civiles y militares del
Ejército y Armada e incluso religiosos y soldados que dieran solvencia a
la Enseñanza. El Director propuso el nombramiento del Sargento Mayor (2º
Jefe), de los profesores principales, así como de los cargos
administrativos de Ayudante y Secretario.
Resulta curioso la designación un alumno como profesor de inglés,
desechándose el francés por motivos obvios.
El horario académico era intensivo, de unas doce horas de
actividad (diana a las 5,30 horas y silencio a las 22,00), dividido en
periodos de clases teóricas (dos horas), estudios (llamados
conferencias) y clases prácticas, resultando curiosas las continuas
revistas y formaciones, así como las connotaciones religiosas con la
asistencia a misa y rezo del rosario diariamente.
La disciplina fue objeto de atención preferente, exigiéndose
Educación, Principios y Honorabilidad, propios de un Caballero y
Oficial. Su director les arengaba diciéndoles:
“Será arrojado de esta Academia aquel cuya conducta a juicio de
sus compañeros le hiciese indigno de alternar con ellos”.
El Plan
de Estudios [5]
de la Isla de León es fruto de la Guerra y su duración se fijó en
seis meses. En él se imponían las materias militares (50%, Táctica,
Tiro, Ordenanzas, Fortificación, Nociones de Artillería, Contabilidad y
Maniobras de Infantería y Caballería) sobre las Científicas (35%,
principalmente centradas en las Matemáticas, Álgebra, Aritmética,
Geometría, Trigonometría o Dibujo Militar). Existía un Área Humanística
(10%, Historia o Geografía). Como novedad y ante la carencia de práctica
deportiva por parte de los alumnos se impulsó la necesidad de integrar
programas de Educación Física (5%, Equitación y Esgrima obligatorias) Se
activó un Segundo Curso para los que iban a presentarse voluntariamente
al examen de las Juntas de los Cuerpos Facultativos. En cuanto a las
prácticas, los alumnos hacían un ejercicio de fuego un día a la semana y
otro al mes con la Caballería y Artillería. También se salía al campo y
se montaban las tiendas trazándose con cuerdas y piquetas las obras de
fortificación de campaña, pernoctando en el campamento.
A mediados del mes de Mayo de 1810, por la incorporación a la Academia
del Colegio de Artillería (que en el mes de Agosto se embarcó para
Menorca) de 200 cadetes del Ejército y de 150 escolares del Batallón de
Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, fue preciso organizar
la fuerza de la Academia y extinguir el Batallón de Voluntarios que
estaba casi en cuadro y que se produjo en Octubre de 1810.
Para
solucionar la falta de espacio en la Academia, fue preciso habilitar
otro local llamado “la Casa del General”
[6]
actualmente la Escuela de Suboficiales de la Armada) y organizar
enfrente un campamento de tiendas, que ocuparon los alumnos de mayor
edad. La Academia se reorganizó sobre la base de un batallón, compuesto
por seis compañías de Infantería (de las cuales una era de granaderos y
otra de cazadores) y otra compañía de 50 cadetes de Caballería. Cada una
de ellas se puso al mando de un capitán, un teniente y un subteniente,
con el correspondiente número de sargentos y cabos. El Comandante del
Batallón fue el Director de la Academia y desde el mes de julio de 1810
el cargo de Sargento Mayor lo ejerció don José Ramón Mackenna, que
realizaba las funciones de Subdirector.
Una efeméride importante en la vida de la Academia fue la entrega de la
bandera, colofón en la organización de la misma y entronque con el
Batallón Universitario de Toledo, del que la adoptó. Dicha bandera,
conocida como “la Universitaria”, fue entregada a la Academia en
un solemne acto en la Iglesia de las Carmelitas Descalzas el 10 de Julio
de 1810 por el Obispo de Sigüenza, don Pedro Bejarano, representante de
las Cortes de Cádiz. Dicha enseña perduró hasta la disolución de la
Academia en 1823, estando vinculada posteriormente con los Colegios
Generales hasta 1850, a pesar de la implantación de la enseña roja y
gualda en 1843. Es la primera bandera de Academias Militares que se
conserva en el Museo del Ejército y es descrita por Miranda de la
siguiente forma:
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La Bandera Universitaria es de seda blanca de paño doble y en cada
uno de los cuales [sic] campean bordados el Escudo de Armas Reales
(F-VII) rodeado por el toisón y en sus ángulos alternan el emblema
de la antigua Universidad de Toledo con la rueda de Santa Catalina,
cruces de Santiago y cuatro barras separadas. Todo ello orlado de
laurel y por timbre de lambrequines y a los costados de la celada
una cinta ondulante con el lema “Universidad de Toledo”. En los
otros ángulos aparecen artístico trofeo formado por una columna
central superada de corona de laurel y en los flancos un conjunto de
banderas y armas y atributos militares sobre los que flamea la cinta
ondulante con el lema Academia Militar “.
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Bandera Universitaria (reproducción).
Academia General Militar.
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La Junta de Cádiz se declaró protectora de la Academia y donó a la misma
20.000 reales durante varios meses. Estos fondos sirvieron para
potenciar sus infraestructuras y su organización a lo largo de los años
siguientes. También regaló a los ocho alumnos distinguidos en los
exámenes de ese año, un sable de honor con la inscripción: “La Junta
de Cádiz a los sobresalientes de la Academia Militar en 1810”.
Con la mejora económica y el entusiasmo de su Director y Sargento Mayor,
no tardaron en llegar las reformas que se materializaron externamente en
un cambio de Uniforme en 1812 (casaca de paño azul, solapa curva,
collarín y vuelta encarnada de estambre blanco, forro, vivo, chaleco,
corbatín y cordones de plata en el hombro derecho y pantalón blanco y
para invierno pantalón azul, shakó de fieltro con imperial y visera
charolada). Es resaltable que aparecen los cordones como distintivo de
los alumnos. Dicho distintivo era el ostentado por los cadetes de
cuerpo según ordenanza de 1762.
Pedagógicamente se evolucionó en el sistema de estudios, adoptándose el
texto del “Tratado Bails” en vez del “Compendio de Matemáticas” de
Rovira, y se organizaron diferentes Cursos por “Cuadernos Manuscritos”
(en ellos se hacia un desarrollo teórico-práctico de materias como
Álgebra, Aritmética, Geometría etc). También se mejoró el sistema de
evaluación, realizándose los exámenes en acto público, por tribunales de
profesores nombrados por el Capitán General. Los exámenes se realizaban
uno al final de cada mes y otro final al acabar el Semestre, donde se
verificaban los conocimientos de Táctica en el campo con la reunión de
las tres Armas. |
Las Infraestructuras se
mejoraron construyéndose una biblioteca con la adquisición de 1100
volúmenes, una imprenta para la edición de los textos del centro, una
enfermería y una capilla, de la que dependía una sección de jóvenes de
menor edad, huérfanos de guerra, que bajo la dirección del Capellán
recibían una formación básica. También se mejoró la manutención de los
alumnos y se racionalizó el horario de actividades diarias todo lo que
permitía una situación de guerra, en la que los alumnos participaban en
la defensa, estudiando de día y haciendo guardias por la noche, teniendo
a veces por la urgencia que suspender las clases. Es relevante señalar
la brillante actuación de la Academia en los combates de la defensa del
Puente Zuazo, de la Venta del Portazgo, la Carraca o los Arsenales de
Santi Petri y más adelante en Chiclana. A finales de 1810 la Academia
prosperó tanto que llegó a tener 647 alumnos según constata Clonard.
A pesar de su buen hacer, el centro tuvo sus detractores entre algunos
políticos y militares conservadores que criticaban el modelo de su
enseñanza, su excesivo protagonismo y el origen de algunos de sus
alumnos, buscando su cierre de diferentes maneras (asfixia económica,
falta de alumnos, ascendiendo a los expulsados etc.).
No sería tan negativa la enseñanza que se impartía en dicha Academia
cuando La Regencia publicó un Reglamento el 1 de Marzo de 1811 que
uniformaba la instrucción de todos los centros de enseñanza eilitar
existentes, creando una” Escuela Militar “para cada uno de los seis
Ejércitos, para formar a los Cadetes de Infantería y Caballería. La
experiencia docente, plan de estudios y régimen interior de la Academia
de la Isla de León del Coronel Gil de Bernabé, fue el modelo a seguir
con leves adaptaciones. Dicha Academia se constituyó en “la Escuela del
Cuarto Ejército”.
Como los
alumnos formados en la Academia de la Isla de León no procedían
únicamente de la nobleza, sino también de la burguesía y clases medias,
las Cortes de Cádiz dieron validez al sistema, con el Decreto de 17 de
Agosto de 1811 por el que se abolían las pruebas de nobleza para entrar
en las Academias Militares. Este hecho ayudó a que dicha Escuela como
las de los otros Ejércitos diera un carácter nacional a la enseñanza y
rompieran el carácter estamental de la estructura de nuestro Ejército.
En 1812
ya estaban organizadas con este sistema las Escuelas de Tarragona (Poblet),
Murcia (Jaén), Olivenza, Palma de Mallorca (Gandía-Valencia), San
Fernando y Santiago. Los resultados de dichos centros fueron dispares,
dependiendo de las vicisitudes de la guerra, aunque en líneas generales
se pueden considerar positivos ya que con pocos medios consiguieron
formar oficiales para los Ejércitos respectivos.
A lo largo de 1812 “La Escuela del Cuarto Ejército” continuó
recibiendo elogios a la excelencia de su enseñanza, que se debía tanto
al entusiasmo, dedicación y categoría intelectual de su Director y
profesores como a la entrega, patriotismo, disciplina y unidad de sus
alumnos. Una de las últimas iniciativas de su Director, consciente del
valor de los símbolos, fue encargar un himno para la Academia que
canalizara el entusiasmo, patriotismo y espíritu de unidad tan necesario
entre los jóvenes alumnos, futuros oficiales, en esos momentos críticos.
La letra la compuso el catedrático y profesor del centro don José Rendón
y la música, el Músico Mayor José Beymar.
A pesar de su enfermedad, que le iba debilitando por meses, el Coronel
Gil de Bernabé pasó los últimos meses de su vida supervisando las clases
y exámenes semestrales, así como terminando su “Ensayo sobre la
metralla”, que terminó antes de morir. La total dedicación del Coronel
Gil de Bernabé a la docencia agravó la enfermedad que padecía, muriendo
el 23 de Agosto de 1812 a la edad de 44 años, siendo muy sentida por
todo el personal de la Escuela. El mismo día el subdirector don José
Ramón Mackenna comunicó la triste noticia a los alumnos.
Las
cualidades militares y humanas de Gil de Bernabé las resaltó su Ayudante
Félix García de Cuerva, con las siguientes frases: “Jefe leal, severo
y sabio que tenía el don de hacerse querer y respetar. Al que lloraron
sus alumnos como al más bueno de los hombres”. Los Sargentos
primeros galonistas en un gesto de lealtad, gratitud y ternura,
solicitaron a su Sargento Mayor y Subdirector que se trasladase a la
Regencia la solicitud de un subsidio para atender a su viuda y nueve
hijos que se habían quedado en una situación económica muy delicada.
Esta petición fue atendida al tiempo concediéndosele una pensión del
Montepío del Ejército.
[7]
Al día siguiente de su muerte, las operaciones aliadas en la guerra
obligaron a los franceses a levantar el Sitio de Cádiz y retirarse de
Andalucía. Su dependencia del Cuarto Ejército, que se alejó de Cádiz
siguiendo las operaciones, hizo que se dejaran de percibir haberes y
consignaciones, llegándose a suprimir servicios como la Música, Capilla
e incluso la Compañía de Caballería. Se intentó el traslado de “La
Nacional y Patriótica Academia Militar”, como se le conocía, a Toledo,
pero quedó sin efecto. Pero sobre todo se hizo un gran daño moral a la
Escuela con la postergación de sus alumnos y el retraso con que eran
promovidos a oficiales. Al Coronel Morón le sustituyó en 1814 el Coronel
Calbet y a éste Carrillo de Albornoz, hasta 1817 en que fue nombrado
director el Coronel Mackenna, antiguo subdirector.
El pronunciamiento del Comandante Riego en 1820 produjo una honda
conmoción en la Escuela; el Ejército liberal trató de atraer a sus filas
a oficiales y cadetes ofreciéndoles dos ascensos. Doscientos alumnos,
los más antiguos, accedieron a la propuesta mientras los profesores se
negaron, siendo encarcelados junto con su director hasta que juraron la
Constitución de 1812. Hasta la llegada de “Los Cien mil Hijos de San
Luis” en 1823, la Escuela se refugió primero en Granada y luego en el
pueblo de Murtas, en las Alpujarras (muy mermada de profesores y
alumnos), volviendo a Granada tras la rendición del Ejército de
Andalucía. El 27 de Septiembre de 1823, cuando se estaba reorganizando
la Escuela en Granada, llegó la orden de la Regencia que ordenaba su
disolución junto a los de Valencia y Santiago y el resto de Academias
Colegios y establecimientos de Enseñanza.
A modo
de balance, la Academia o Escuela de “Los Gilitos” había durado catorce
años (1809-23) y había formado 846 oficiales de todas las Armas y
Cuerpos (500 durante la guerra y 346 después, según Clonard). Entre
estos cadetes merece especial mención el Subteniente de Infantería,
posteriormente de Ingenieros, don Baldomero Fernández Espartero, que
años más tarde sería Capitán General, Duque de la Victoria y Regente del
Reino.
4.- Conclusiones. |
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Esta Academia formó a los oficiales de las diferentes Armas y Cuerpos con
un solo plan de estudios, lo que dio un carácter “general” a su
enseñanza. Su Plan de Estudios colegiado proporcionó a sus alumnos una
comunidad de doctrina y suavizó las pugnas existentes entre las Armas y
Cuerpos. Así mismo la convivencia fomentó un conocimiento mutuo y un
mayor compañerismo y unión entre los oficiales que allí se formaron.
Esta Nacional y Patriótica Academia constituyó un nexo de unión con los
Colegios Generales del Siglo XIX, antecedentes cercanos de la Academia
General Militar de Toledo abierta en 1882, de la que el día 20 de
Febrero próximo celebraremos su CXXV Aniversario.
La constitución del centro sobre la base del Batallón de Honor de la
Universidad de Toledo materializó la unión entre las Armas y las Letras,
que se puso de manifiesto en la adopción de su uniforme, pero sobre todo
de su bandera llamada “La Universitaria” que fue la enseña de la
Academia hasta su disolución. Esta Academia efímera dio sus frutos a
largo plazo, ya que la unión cercana entre Ejército y Universidad va a
continuar de una manera intermitente en la Historia Contemporánea de
nuestra Enseñanza Militar en diferentes Proyectos docentes el más
característico las Milicias Universitarias.
Quiero recordar a su primer Director con una anécdota curiosa. Al morir
el Coronel Gil de Bernabé en 1812 fue enterrado en la Iglesia de la
Purísima Concepción, próxima a la Academia Militar del Cuarto Ejército
en la Villa de la Isla de León. En un lugar preferente cerca del altar,
en la antecapilla de la izquierda, se le colocó una lápida de mármol
sufragada por “los Gilitos” que decía: “Transmite a la posteridad la
memoria que en este lugar dedicó la Academia Militar del Cuarto Ejército
a su fundador el Coronel de Artillería D. Mariano Gil de Bernabé. Día
XXIII de Agosto de MDCCCXII”.
Con el tiempo
esa Academia se convirtió en la Escuela de Suboficiales de la Armada y
desde 1850 la Iglesia de la Purísima se convirtió en “El Panteón de
Marinos Ilustres”. En este edificio donde reposan los restos de los más
relevantes personajes de la Historia de la Armada Española, se da la
circunstancia curiosa de que los primeros restos enterrados fueron los
de un Coronel, profesor militar del Ejército de Tierra. Este hecho se
descubrió casualmente en 1982 cuando haciendo unas obras de remodelación
se retiró la lápida y aparecieron los restos del militar. El Capitán de
Navío Director de la Escuela de Suboficiales consideró un honor albergar
a tan ilustre militar, ordenando dejar la lápida y los restos en su
lugar original. [8]
Esta Academia Militar del Cuarto Ejército con sus directores, profesores
y alumnos por los relevantes servicios prestados a la Patria en la
Guerra de la Independencia, merece ocupar un lugar de privilegio en la
Historia de nuestra Enseñanza Militar.
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Lápida
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Para terminar quiero hacer una alusión a otra Academia, la Academia
General Militar y a otro Sitio, el de Zaragoza. Cuando un 20 de Febrero
de 1928 se reabre “la General” en Zaragoza, además de una serie de
connotaciones políticas (unidad de procedencia de la oficialidad) y
técnicas (existencia del Campo de Maniobras “Alfonso XIII”) hubo otras
de tipo moral que animaron a su elección. Se trataba de inculcar a los
futuros oficiales los valores morales y patrióticos de los defensores de
la inmortal Ciudad de Zaragoza en la Guerra de la Independencia
Esta sensibilización especial hacia esta faceta de la historia de la
ciudad siempre ha estado presente a lo largo de estos ochenta años de la
Segunda y Tercera Época de “la General” en Zaragoza. Esto se materializó
en diferentes actuaciones como la creación del Museo de los Sitios,
siendo el director que lo impulsó el General D. Santiago Amado Loriga y
que tuvo una duración efímera, 1946-1950. En la actualidad hay una Sala
de Los Sitios en el Museo de la Academia , con algunos de los antiguos
fondos. También es reseñable el Himno de la Academia General Militar,
oficial desde 1974, con letra del General D. Carlos Iniesta Cano y
música del Cte D. Pedro Raventós Gaspar, fallecido recientemente, que
dice en su penúltima estrofa: “Honor y Gloria para España Zaragoza
con sangre ganó y en el solar zaragozano mi alma el temple recibió”.
En los Sitios, todos fueron uno, hermanados Ejército y Ciudadanía para
hacer de nuestra Zaragoza una ciudad inmortal. Muchas Gracias.
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[1]
Aznar Navarro.F- “Los Estudiantes de Zaragoza,
1808-1908”. Heraldo de Aragón (1 de Octubre de 1907).
[2]
Barrios Gutiérrez, “La Enseñanza Militar en la
Guerra de la Independencia”. Ponencias 1er Congreso de Historia Militar.
Tomo I (pp 445-476). Col. Adalid.
Serv. Pub. EME. Zaragoza 1982.
[3]
Miranda Calvo. J. “La Universidad de Toledo en
1808. El Batallón de Voluntarios Universitarios y la primera Academia
Militar” (pp 39-56). Militaria, Revista de
Cultura Militar Nº 1. UCM-.Madrid.1989
[4]
El expediente personal del Coronel Gil de Bernabé
se conserva en el Archivo General Militrar de Segovia, Secc 1ª – Legajo
J-301.
[5]
Izquierdo. J- Ortiz de Zarate JR-Aparicio. A- “La
Academia General Militar, Crisol de la Oficialidad Española”.
Institución Fernando El Católico. Diputación de
Zaragoza-CSIC- ( p-117). Zaragoza 2002.
[6]
Conde de Clonard. “Memoria
Histórica de las Academias y Escuelas Militares de España” ( p- 196)
Imp. Gomez Colón y Cia . Madrid 1847.
[7]
Isabel Sánchez. JL. “La Academia de Infantería de
Toledo”. Tomo I. Capitulo 1. Toledo 1991.
[8]
Fernández Fernández JC. “No son de un marino los
primeros restos que reposan en el Panteón de Marinos Ilustres”. Revista
General de Marina- Tomo 207.
Agosto-Septiembre de 1984. |
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