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Sin
duda, uno de los acontecimientos más importantes de la Historia de
Zaragoza lo constituyen los dos Sitios sufridos en 1808 y 1809 frente al
ejército de Napoleón. Y ello es así tanto por la resonancia que
tuvieron y su impronta sobre la forma en que son vistos los aragoneses,
como por el impulso urbanístico y económico que la conmemoración de su
Primer Centenario, en 1908, supuso para la ciudad.
Sin
embargo, la ciudad vive bastante de espaldas a esta gesta, que es uno de
sus activos más conocidos internacionalmente, junto con el Pilar y el
Ebro. Ahora está creciendo un cierto interés por el tema, aunque sea
como elemento accesorio al impulso que se quiere dar a la ciudad en 2008
con la exposición internacional sobre el agua. Pero no debemos olvidar
que el auge actual se basa en un hecho histórico, militar, de tanta
importancia como la Guerra de la Independencia. En esta revista
pretendemos recordarlo con una serie de artículos en los que se aborden
aspectos parciales de la lucha que un pueblo pobre y atrasado, con
gobernantes incapaces y abandonado por sus reyes llevó a cabo contra el más
poderoso imperio de su época.
La
imagen de tales Sitios se ha visto condicionada por factores historiográficos
y políticos que pueden llevarnos a una visión distorsionada. A lo largo
de un siglo XIX volcado al nacimiento y afianzamiento del estado liberal,
en pleno auge de los nacionalismos en toda Europa, interesaba resaltar los
aspectos más populistas de la vida de los pueblos. Y así, las primeras
grandes obras de recopilación histórica españolas, y su paralela
iconografía pictórica y escultórica, dieron gran importancia a los
personajes y hechos de la Guerra de la Independencia que más sintonizaban
con los nuevos aires de la sociedad. Por ello se novelaron y representaron
con profusión gestas individuales y colectivas como las de Agustina, el Tío
Jorge o Manuela Sancho, de indudable valor simbólico pero de escasa
eficacia militar real. Por el contrario, otros aspectos, sin duda más
importantes en el día a día de los combates, quedaban en la oscuridad,
quizá por ser protagonizados por personas y unidades de una institución
como el Ejército, en parte vista como un elemento del Antiguo Régimen,
en parte porque se consideraba que simplemente había cumplido con su
deber.
La técnica militar
Los
Sitios de Zaragoza constituyen una de las últimas expresiones de una
forma de hacer la guerra fundamental durante siglos: el asedio. Los
posteriores avances tecnológicos aumentaron el alcance y precisión de
las armas y la movilidad estratégica de los ejércitos, de una forma que
hacía imposible o innecesaria esta costosa forma de expugnar ciudades
como medio para controlar el territorio.
En
1808 el ejército francés no tenía otra alternativa que ocupar la
ciudad. Y de hecho lo intentó aplicando los procedimientos habituales:
primero con asaltos en fuerza, después con intentos de infiltración y
sorpresa, finalmente con las técnicas desarrolladas por Vauban dos siglos
antes (trincheras de sitio, empleo masivo de artillería y trabajo de
zapadores). Y esta forma de hacer la guerra precisa no sólo del valor de
los combatientes, sino también de unos conocimientos técnicos reservados
a militares profesionales. De ahí el fundamental papel desempeñado por
oficiales de Ingenieros como Antonio Sangenís y Manuel Caballero; o el
prestigio alcanzado por los artilleros profesionales, tanto del Ejército
como de la Armada (marinos llegados formando parte de la División
valenciana del general Saint-March), cuyas órdenes era fundamentales para
asegurar la protección y precisión de las baterías.
Por
el contrario, normalmente se obvia el papel de los 30.000 soldados que
llegó a haber en el Segundo Sitio, ya que en la lucha callejera la
importancia de los procedimientos tácticos propios de la Infantería o la
Caballería se ve menguada por la estrechez de las calles y la
imposibilidad de desplegar. Sólo se podía hacer en las salidas y
combates en campo abierto, donde la superioridad napoleónica era
evidente. De ahí que adquiriera mayor importancia el valor demostrado por
algunos combatientes civiles, pronto convertidos en héroes populares.
Aun
así se destacaron unidades regulares con tanta historia como los ya
desaparecidos regimientos de Guardias
Walonas
y Españolas, Valencia, Voluntarios de Aragón
y Dragones del Rey, o los aún
supervivientes Saboya, Extremadura
y, sobre todo, los Dragones de
Numancia, ahora mismo de guarnición en Zaragoza como Regimiento de
Caballería Ligero Acorazado. Y tampoco es de olvidar que las numerosas
unidades creadas precipitadamente con voluntarios llegados de todo Aragón
eran encuadradas, instruidas y mandadas por militares profesionales, tanto
en activo como de la reserva.
Los jefes
El
gran caudillo de la defensa fue sin duda José Palafox. Y se trató de un
personaje popular más por provenir de una importante familia de la
nobleza aragonesa que por su pericia militar. De hecho, su imagen actual
oscila entre su indudable valor como icono de la resistencia y las críticas
a ciertas decisiones tomadas durante la defensa. En paralelo, el callejero
zaragozano recuerda a héroes como el padre Basilio Boggiero, Casta Álvarez,
Mariano Cerezo, Miguel Salamero o María Agustín, provenientes de todos
los estamentos de la sociedad.
Menos
representados, y casi siempre omitiendo su condición de militares,
encontramos a miembros de las unidades que llevaron el peso de los
combates, especialmente en el cruel Segundo Sitio. También ha caído en
el olvido la labor de los miembros del Estado Mayor de Palafox,
corresponsables de cuanto bueno y malo hubo en la conducción de las
operaciones. No encontraremos calle alguna y apenas información dedicada
a Saint-March, Butrón, O´Neille, Fleury, Cuadros, Marcó del Pont o
Simonó. Sólo se han salvado de este relativo olvido algunos como Mariano
Renovales (posterior guerrillero y conspirador, pero que llegó a Zaragoza
ya como teniente coronel de Caballería), Domingo Larripa o Pedro
Villacampa (más por su condición de oscense que por su larga y ortodoxa
carrera militar).
Parte
de tal importancia del elemento militar se puede entrever en las placas
expuestas en la fachada de la Escuela de Artes Aplicadas (en la Plaza de
Los Sitios) y la Capilla de los Fieles Zaragozanos, en la iglesia de
Santiago. Esperemos que en el futuro se recuperen del olvido personajes y
hechos que den más luz sobre la poco estudiada participación del Ejército
en la gesta zaragozana. Desde las páginas de esta revista académica
pretendemos poner nuestro granito de arena para ello. No en vano, uno de
los motivos fundamentales del establecimiento de la Academia en tierras
aragonesas fue el influjo que sobre el espíritu de los cadetes podía
tener el recuerdo de las gestas patrióticas aquí vividas. Por algo
nuestro propio himno nos recuerda que:
Honor y
gloria para España
Zaragoza con sangre ganó
y en el
solar zaragozano
mi alma el temple recibió.
Para saber más: Arcarazo, L.
“El
Museo de Los Sitios en la A.G.M. de Zaragoza”, en Armas
y Cuerpos nº 76 (junio 1995). |
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