| Sumario |
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Palabras
del presidente.
Don
Joseph Rebolledo de Palafox y Melci.
Uniformes
y distintivos de los sitios (I). La escarapela roja.
Queridos amigos:
Uno
de los objetivos que nos habíamos señalado hace ya algún tiempo era
desarrollar alguna forma de comunicación periódica que nos permitiese una
mejor relación entre todos los asociados.
De
ese modo podríamos estar en contacto con mayor frecuencia y difundir así más
fácilmente cuantas novedades y acontecimientos relacionados con nuestro tema
común, Los Sitios de Zaragoza, hubiesen podido producirse: la publicación del
último libro, el hallazgo de un archivo perdido, una entrevista importante....
En definitiva, todo aquello que pudiese ser noticia.
Este
primer número de nuestro Boletín, que esperamos sea de su agrado, viene a
responder a algunas de tales expectativas. Sepan que sus páginas están
abiertas a todos cuantos deseen participar. Muchas gracias por su acogida y
apoyo.
Carlos
Melús Abós
Presidente
de la Asociación
Estamos de enhorabuena. Nuestra antigua Tesorera, entusiasta colaboradora y buena amiga, Blanca Blasco Nogués, ha sido nombrada Consejera de Cultura de la D.G.A. Le deseamos toda clase de éxitos en su nueva gestión.
Como
sabéis está en marcha la VII convocatoria del Premio de los Sitios de
Zaragoza. La participación cada vez más interesante. Agradecemos a todos su
colaboración y animamos a continuar en la misma línea.
El
día 20 de febrero, nuestro día «de gala» se acerca. Para este año una
importante novedad: No sólo se llevará a cabo la magna celebración solemne
(en el Paraninfo de la antigua Facultad de Medicina), con la entrega de
premios, sino que los dos días anteriores tendrán lugar unas Jornadas
(minijornadas en realidad) sobre los Sitios. En efecto, una feliz gestión con
el Departamento de Promoción de la CAI (dirigido nada menos que por un García
Mercadal, hijo de aquél que fuera el recuperador para Zaragoza del magnífico
archivo de Palafox), así lo ha propiciado. En su salón de conferencias (Pº
de la Independencia), dos ilustres ponentes versarán sobre sendos temas
relacionados con la Guerra de la Independencia y sus repercusiones en Aragón.
Hacía
ya tiempo que veníamos comentándolo, y este año por fin se puso en marcha
«Ia ruta de los Sitios». Nutrida participación (nos ayudaron mucho las
llamadas desde la radio), ambiente cordial, y feliz idea, que se ha de repetir
en años póximos. Se terminó con una comida de hermandad en agradable
convivencia, que también de pan vive el hombre...
Meritoria
y muy encomiable la labor de recuperación de lugares, fechas y ambientes, que
están llevando a cabo al unísono desde Leciñena y Perdiguera. Todo el
valle, al pie de la ermita de la Virgen, fue escenario de una cruenta batalla
entre tropas de Perena y Suchet. Felicitamos a los organizadores,
especialmente a D. José Marcén, Presidente de la Asociación de Amigos del
Santuario de Ntra Sra. de Magallón, Leciñena, Perdiguera y Robres.
El pasado 2 de noviembre, y aprovechando la circunstancia de que en tal fecha permanece abierta la cripta de la Basílica del Pilar, la Asociación depositó una corona de laurel en recuerdo y homenaje ante la tumba del General Palafox. La instantánea recoge el momento en que nuestro Presidente D. Carlos Melús dedica unas palabras tanto a la gesta y a sus héroes, como al ilustre acompañante y testigo, D. Luis Gómez Laguna, quien siendo Alcalde de Zaragoza gestionó la definitiva venida de los restos de Palafox a la ciudad.
DON
JOSEPH REBOLLEDO DE PALAFOX Y MELZI,
ex-alumno
ilustre de las Escuelas Pías,
Capitán General de los Exércitos de Aragón,
descansa
al fin en su más anhelado lugar, el Pilar, en su querida Zaragoza,
a
los pies de la Virgen a la que tanto amó
Por
una feliz circunstancia ha llegado a nuestras manos un ejemplar de la revista «Vínculo»
que edita, como órgano de comunicación interna, la Asociación de Ex-alumnos
de las Escuelas Pías. En una de sus secciones fijas, «¿Dónde están ahora?»
suelen seguir la trayectoria de algún antiguo alumno que por distintas razones
haya podido obtener cierta notoriedad, o constituir alguna clase de noticia.
Pues
bien, en su número 140 dicha sección estaba dedicada al General Palafox, discípulo
que fue del entonces muy afamado colegio de Santo Tomás (los escolapios de la
calle Conde de Aranda). Por su reducida tirada, imaginamos que dicho artículo
será desconocido para la mayoría de ustedes, por lo que hemos decidido dárselo
a conocer, dado su interés gráfico y documental.
La
deuda que Zaragoza tenía, de ingratitud y de olvido, desde 1908, Primer
Centenario de Los Sitios, estaba a punto de ser saldada. Recordemos las amargas
palabras de reproche con las que García Mercadal, el recuperador para nuestra
ciudad del ingente y valiosísimo archivo del General, se lamenta de tal situación:
“Zaragoza
misma, que tanto debía a Palafox, no sólo no ha reclamado aún al cabo de un
siglo sus cenizas, habiendo podido celebrar el Centenario de Los Sitios sin
reclamarlas, que ni siquiera alzó en su recinto un monumento a Palafox en esa
ocasión, y eso que hubo allí entonces monumentos hasta para los vivos. Al
muerto más ilustre lo dejaron en su olvidada tumba”.
Muy
cierto. Sin embargo, en un día de gala, el lunes 9 de Junio de 1958 (CL
aniversario de Los Sitios), el pueblo de Zaragoza, con su entusiasmo y sus vítores,
iba a desmentir la acusación de olvido e ingratitud. El fervor y la emoción
populares, desbordados, acogerían, y esta vez para siempre, a su Héroe.
Llega
Palafox
Era
el sábado 7 de junio. En Madrid, en el Panteón de Hombres Ilustres iba a tener
lugar una emotiva ceremonia, la exhumación del féretro del General Palafox.
Desde el año 1902 ocupaba Palafox este lugar de honor, junto a militares
igualmente afamados. Entre otros, Castaños, el vencedor de Bailén, y Alvarez
de Castro, defensor de Gerona. Era su segundo enterramiento. Al fallecer Palafox
en 1847, había sido inhumado con grande pompa militar, en la iglesia del
cuartel de Atocha, sede del Establecimiento de Inválidos, del que era
Presidente y Director al morir.
Transcribimos
literalmente el documento que, con el número 1.541 y con el título «Acta de
la entrega de los restos del GENERAL PALAFOX, Héroe de la Independencia»,
levantó a requerimiento del «Excelentísimo Señor Don Luis Gómez Laguna,
Alcalde del Excelentísimo Ayuntamiento de la Inmortal Ciudad de Zaragoza», D.
Enrique Giménez-Arnau y Gran, Notario de «esta Capital»:
Doy
fe: De que a la hora indicada (las diez horas del día siete de junio de mil
novecientos cincuenta y ocho)... en el ala Noroeste del edificio hay, adosado al
muro del Norte, un mausoleo de mármol con la indicación PALAFOX y una lápida
funeraria que dice: D.O.M. /Aquí yace/ el Excmo. Sr. Capitán General de Egército
(sic) / D. José Rebolledo de Palafox y Melzi / Primer Duque de Zaragoza.
/Falleció el 15 de febrero de 1847, a los 71 años de edad. / El Duque su hijo,
le dedica esta memoria.
Esta
placa de mármol es levantada con maceta y cortafrío, separándola del mortero
en que está sólidamente apoyada, por el Maestro Albañil Don Rafael Luque
Donquiles y los Oficiales Don José Fernández Manso y Don Leoncio Sal García.
Bajo
la lápida hay una capa de ladrillo, que picada y levantada también, deja al
descubierto un ataúd de madera, en buen estado de conservación. Esta arca
sirve de cubierta a otra de plomo que, abierta con cortafrío, deja el
descubierto los restos del General.
Los
restos del General. Cierto grado de momificación permite distinguir los rasgos
del rostro. El uniforme se encuentra en admirable estado: rojo el cuello de la
casaca, impecable el azul de paño. En los botones metálicos, apenas
enmohecidos, destacan bajo la corona las iniciales RGA (Reales Guardias
Alabarderos). Cruzándole el pecho, la Banda de la Orden de San Fernando. Sólo
las piernas presentan una extraña postura, como si hubieran sido forzadas en
exceso para acomodar mejor el cadáver.
Se
le traslada, y con mayor delicadeza, a un nuevo féretro de caoba. Testigos de
la operación, además del Excmo. Sr. Alcalde de Zaragoza y miembros del
concejo, el Muy Rvdo. P. Fray Agustín Martín, Prior del Real Convento de
Atocha (a cuya comunidad se halla encomendado el cuidado del Ilustre Panteón).
Como familiares más próximos (1), pues eran descendientes del hermano mayor
del General Palafox, el llmo. Sr. Conde de Villapaterna, D. José Alvarez de
Toledo y Mencos, Samaniego y Rebolledo de Palafox, Teniente Coronel de Infantería,
y sus dos sobrinos, D. Iñigo y D. Manuel Alvarez de Toledo y Mencos, hijos del
Marqués de Miraflores, D. Alfonso. Este, a la sazón embajador de España en
Berna, será quien representará a la familia en el sepelio definitivo en la
cripta del Pilar.
El
furgón que contiene los restos mortales sale para Zaragoza acompañado de
varios coches de escolta con las personalidades cesaraugustanas. Tras un viaje
no excesivamente agradable, pues además de ser bajo la lluvia, la lenta marcha
del furgón ha obligado a continuas detenciones, se llega a Zaragoza con casi
dos horas de retraso sobre lo previsto.
No
importa. La gente ha esperado incansable a Palafox en la calle, Junto a su casa
solariega, a espaldas de La Seo. El entusiasmo se desata. Los vítores se
suceden, a pesar de la hora: son las diez de la noche.
Duelo
y entierro solemne
Durante
todo el domingo, día 8 de junio, el túmulo es visitado por el pueblo de
Zaragoza en interminable desfile. Todo el mundo quiere rendir homenaje al
General Palafox, cuyo ataúd, envuelto en la bandera de España, descansa en el
patio de su casa natal, flanqueado por los guiones de las Compañías de
Voluntarios que él mandara. Su espada a los pies, en cojín de terciopelo.
Se
había dispuesto a la derecha un pequeño altar, en el que se oficiaron por su
eterno descanso, tres misas: la primera, por «un sacerdote escolapio», la
segunda por D. Leandro Aína, la tercera por el Rector del Colegio de las
Escuelas Pías, P. Valentín Aísa.
Llega
por fin el gran día, lunes 9 de junio. Amanece lluvioso, pero no es ésa la
causa del tronar que se escucha al toque de diana. Son las salvas de artillería
con las que se le saludará cada hora. Al mando del general Fernández Cuevas,
cinco batallones del Ejército (Infantería, Caballería, Artillería,
Ingenieros y Aire) esperan en la explanada del Pilar la llegada de la comitiva.
Tropas de gala cubren la carrera desde la casa de Palafox.
A
las 10,30 ha llegado a la Plaza y revistado tropas, el Ministro del Ejército,
general Barroso y Sánchez Guerra. Acompañan numerosas personalidades, el Capitán
General Baturone Colombo, y el Embajador de Francia en España, entre otros.
A
la misma hora, las 10,30, salía a pie la comitiva mortuoria desde el Palacio de
los Palafox. Abre, desmontada, la Policía Municipal de Caballería de gran
gala, seguida de la Cruz del Cabildo y de los timbales y clarineros de la
ciudad. A continuación marcha el Excmo. Cabildo. Detrás, el féretro envuelto
en la bandera española y llevado a hombros por seis ujieres municipales de gran
gala con calzón corto; detrás, otro ujier porta el sable del General sobre cojín
de terciopelo y raso. Custodian ocho Caballeros Cadetes, con el arma terciada en
duelo. Y cierra la marcha el Excmo. Ayuntamiento en corporación, presidido por
su Alcalde.
Tras
los honores militares, impresionante silencio, roto sólo por el tañido fúnebre
de las campanas del pilar. En la Cruz de los Caídos, misa «de corpore
insepulto», concelebrada por el Obispo de Tarbes-Lourdes y por el Arzobispo de
Zaragoza, Monseñor Morcillo. Toda Zaragoza en la Plaza. Se ha decretado cierre
del comercio y fiesta en las escuelas.
El
último acto, el desfile de fuerzas ante el «Capitán General de los Exércitos
de Aragón». Palafox es finalmente entrado por la Puerta Alta a los sones del
Himno Nacional, saludado por descarga de fusilería, y tras ser conducido por el
claustro derecho, desciende a la cripta. El Orfeón de Huesca entona, «Libera
me domine». Allí, bajo la Santa Columna, a los pies de la Virgen, queda
inhumado definitivamente el Caudillo de los Sitios.
Y
allí, junto a la tumba de Rigoberto Domenech y rodeado de otros fallecidos
ilustres, el Tte. Coronel Valenzuela entre otros, puede ser visitado los días 1
y 2 de noviembre, cuando se abre la cripta al público por ser los días de
Difuntos.
LAUDEMUS
VIROS GLORIOSOS
(1)
Aunque tuvo varios hijos, sólo se logró D. Francisco Pilar Mariano, segundo
Duque de Zaragoza, que al fallecer en 1883 sin sucesión legítima, permitió
heredar el ducado a D. José Mencos y Rebolledo de Palafox, biznieto de su
hermano Luis. Este, vivía todavía en el momento descrito, pero su avanzada
edad y su delicado estado de salud, le aconsejaron delegar en sus sobrinos ya
mencionados, el Marqués de Miraflores y el Conde de Villapaterna.
UN
TESTIGO DE EXCEPCIÓN: LUIS GÓMEZ LAGUNA, ALCALDE DE LA CIUDAD.
Sabemos
de muy buena tinta que el artículo aparecido en la revista de los exalumnos de
escolapios, y que hemos reproducido en páginas anteriores, no fue extraído del
frío marco, dormido y un tanto polvoriento, de una cortés hemeroteca. Ni mucho
menos. El pulso del recuerdo, la solemnidad que se trasluce, la emoción
revivida, el auténtico testimonio, vivo y actual, pudo lograrse gracias a la
extraordinaria amabilidad de D. Luis Gómez Laguna, Socio de Honor de nuestra
Asociación. D. Luis que era en aquel, no tan lejano 1958, testigo excepcional y
privilegiado en su calidad de Alcalde de nuestra ciudad. De su magnífico
archivo de efemérides locales proceden imágenes y documentos. Y de sus lúcidos
recuerdos, los detalles.
Hombre
de reconocida cordialidad, accesible en grado sumo, abierto siempre a la
conversación, de una llaneza que le honra sobremanera, campechano y con un
divertido gracejo muy peculiar a la hora de referir las anécdotas, no ha tenido
inconveniente en rememorar de nuevo para nosotros todos aquellos extraordinarios
acontecimientos.
Por
la generosidad con las que nos ha dedicado su tiempo, y sobre todo por su
talante, reciba
D.
Luis nuestro respeto, nuestro agradecimiento y nuestro afecto.
Incondicionalmente.
-
Retrocedamos a aquel luminoso 9 de junio de 1958, día de gloria y exaltación
para Zaragoza. Dentro de las celebraciones del CL Aniversario de los Sitios,
recibe oficialmente nuestra ciudada su Caudillo, al tan querido General Palafox,
el Héroe de los Asedios. ¡Cuánto tiempo transcurrido, D. Luis ... !
Mucho,
ya lo creo que sí. Y aunque la vida vivida es ya muy larga, hay ocasiones que
se recuerdan de un modo muy especial, y ésta es una de ellas. Fue un día, en
efecto, glorioso para Zaragoza. Pero he de deciros que de luminoso tuvo poco,
porque llovió bastante. No de forma continua, pero de cuando en cuando nos caía
algún que otro chaparrón bastante latoso. Aunque como bien dijo D. Casimiro
Morcillo, que era entonces el Arzobispo de Zaragoza,
«si todos aquellos héroes derramaron su sangre, lo menos que podemos hacer
nosotros en este día en su memoria, es soportar un poco de lluvia».
-
Gracias a ustedes, aquel día Zaragoza recibía al fin, y con los honores
debidos, a tan ilustre y popular personaje. Gracias a los esfuerzos de muchos,
seguramente. Pero ¿cómo se gestó la idea de recuperarlo para la ciudad?
Bueno,
hacía tiempo que D. José Sinués había lanzado la idea de celebrar con
solemnidad el CL Aniversario de Los Sitios. Y dentro de los miles de sugerencias
que se hicieron para preparar debidamente tal conmemoración, el Ayuntamiento
propuso recuperar a Palafox para su inhumación definitiva en Zaragoza. La idea,
como es natural, fue inmediatamente acogida y entusiasmó a todos desde el
primer momento. Y nos pusimos a ello con una ilusión muy grande.
La
verdad es que la ciudad tenía esa «asignatura pendiente» desde hacía mucho
tiempo, y bueno, pues había llegado la hora y la oportunidad de subsanar tal
situación.
-
¿El proyecto tuvo una gestión laboriosa?
Hombre,
estas cosas nunca son fáciles ¿verdad?, pero bueno, se pudo hacer. Tramitamos
oficialmente la petición al Patrimonio Artístico Nacional, del que dependía
la custodia del Panteón de Hombres Ilustres, y empezaron a ponerse las cosas en
marcha. Un cierto papeleo sí que hubo de hacerse, naturalmente; pero justo es
decir que no encontramos por todas partes más que facilidades.
-
Palafox se hallaba entonces enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres.
Anteriormente habían reposado sus restos en otros lugares. ¿Recuerda usted la
ceremonia de la exhumación? Sería sin duda un momento de gran emoción, ¿no,
Don Luis?
Sí,
enorme. Fue uno de esos momentos que se viven con tal intensidad que nunca se
olvidan. Lo recuerdo perfectamente. Parece que estoy oyendo ahora mismo los
golpes de piqueta de los operarios que sonaban en aquel recinto de un modo
tremendo. Fue trabajoso, pero al fin cayeron los ladrillos que daban acceso
definitivamente al nicho, y se vio ya asomar el féretro.
-
Y allí estaba Palafox..
Sí,
allí estaba Palafox en su ataúd, que en realidad eran dos, uno dentro de otro.
El exterior, de madera, estaba carcomido por algunos puntos, pero en bastante
buen estado a pesar de todo. Y dentro estaba el de plomo, que costó bastante más
abrir. Recuerdo que tenía una mirilla de cristal, que naturalmente no
inspeccionamos pues en seguida abrimos el féretro.
-
El cuerpo de Palafox estaba momificado. ¿Podría por favor, describirnos qué
sintió ante sus restos, qué impresión le produjo estar ante él?
Yo
creo que nos embargó a todos fundamentalmente una sensación de respeto. Un
enorme respeto. Por un momento allí no se oyó ni palabra. Ni respirar
siquiera. Recuerdo que en el momento de abrir el ataúd, el Conde de
Villapaterna -que por ser descendiente de Palafox, ostentaba la representación
familiar-, dio un paso atrás, quizá un poco impresionado. Lo cierto es que el
cadáver presentaba una postura tremendamente forzada, muy doblado, con las
piernas casi pasadas por encima de la cabeza, imagino que para acomodarlo a un féretro
tan pequeño. Tened en cuenta que éste no era el primer enterramiento de
Palafox. Os leo textualmente lo que dice el acta levantada por Jiménez Arnau: «El
cadáver está momificado, aunque dividido en dos trozos, como si las
extremidades inferiores hubieran sido cortadas para introducirlas en la caja.
Está en muy buen estado de conservación: se distingue perfectamente la banda
que cruza el uniforme, y algunos botones de metal conservan un color fresco,
ligeramente enmohecido». Y así era en efecto. El alzacuellos de la casaca
por ejemplo, conservaba perfectamente su color y su apresto, así mantenía la
cabeza erguida; las solapas rojas, el cuerpo azul... se distinguía
perfectamente. Asombrosamente conservado, la verdad. Bueno, y luego había allí
documentos del primer sepelio y certificados de la anterior exhumación. En fin,
esas cosas más o menos habituales con personajes de cierta notoriedad.
-
Gracias por recordarlo para nosotros, Don Luis. Dejamos ya a Palafox instalado
en su nuevo féretro de caoba. Se le traslada a Zaragoza ese mismo día, ¿no es
así?
Sí,
aunque con algunas peripecias pues el furgón que había dispuesto Pompas
Fúnebres de Zaragoza (que por cierto se portó admirablemente bien pues
regaló todo el servicio, incluido el ataúd de caoba) tenía algún problema y
eso nos ocasionó algún retraso. Y la lluvia, que caía sin parar. Y nuestro
propio coche, que estaba en rodaje. Pero en fin, se consiguió llegar. Con mucho
retraso, pero llegamos.
-
Toda la prensa de Zaragoza dio cumplida informacion de la llegada de Palafox,
los vítores, la expectación, la fila interminable de gente que visitó el túmulo
que se dispuso en la propia casa de Palafox. ¿Qué recuerdos destacaría usted
especialmente de entre tantos y tan singulares acontecimientos?
La
verdad es que fue todo aquello un suceso tan extraordinario que resulta difícil
destacar algo en especial. Pero por deciros algún detalle, recuerdo la homilía
por ejemplo, del Obispo de Tarbes -que era uno de los que concelebraban- y que
fue una magnífica reflexión sobre la paz. Que dicho por un francés, y en
aquella particular ocasión, tuvo un sentido muy entrañable. En el desfile, por
deciros otro ejemplo, ante los restos de Palafox, el Ministro del Ejército, el
Tte. General Barroso, que había venido en representación del jefe del Estado,
viendo el protocolo que se disponía hacia su persona para la parada, declinó
el puesto y nos dijo: «Hoy no hay honores más que para Palafox » .
De todos modos, si hubiera que señalar un momento particularmente emocionante, sería éste la entrada del féretro bajo la Puerta Alta del Pilar. Con todas las campanas al vuelo, sonando a la vez el Himno Nacional, las salvas de artillería como telón de fondo, y las descargas de honores que dispararon las secciones de cadetes al paso del General, formaba todo ello desde luego una imagen tremendamente emotiva. Tremendamente.
Fue
de verdad un acontecimiento memorable. En fin, salpicado luego de otras anécdotas
menores, por ejemplo que en el momento de entonar el Orfeón de Huesca el
solemne «Libera me Domine» con el que se despedía ya a Palafox
definitivamente antes de su enterramiento, pues al director se le cayeron las
gafas, y por un momento hubo como un cierto relámpago de desconcierto.
En
fin, la verdad es que podíamos estar contándonos anécdotas sin parar, pero no
quiero aburriros.
-
Eso nunca, don Luis. Prometemos en una próxima ocasión volver a traerlo a
estas páginas para seguir recordando estas y otras efemérides y ampliando
detalles. Muchas gracias por su amabilidad.
Al
contrario, gracias a vosotros. Enviad de mi parte un saludo a toda la Asociación.
-
Hecho queda. Hasta siempre, don Luis.

UNIFORMES
Y DISTINTIVOS DE LOS SITIOS (I)
LA
ESCARAPELA ROJA
Luis
Sorando Muzas
Fue
éste el distintivo adoptado desde el primer momento por los sublevados de
Zaragoza. Era desde 1707 la escarapela nacional –lo será hasta 1871-
y
como tal usada por el ejército y altos funcionarios del Estado.
En
la mañana del 24 de mayo de 1808 y según nos cuenta A. Ibieca (1) «el
practicante de cirujano D. Carlos González fue uno de los primeros que fijaron
su escarapela roja en el sombrero, cuya operación imitaron muchos que iban
prevenidos». Otro autor anónimo dice, refiriéndose a lo mismo (2) «de
improviso comparecieron un sin número de gentes con su escarapela encarnada,
divisa nacional que todos abrazaron sin titubear y en aquella tarde desde el niño
hasta el anciano todos quedaron hechos militares».
Estos
paisanos armados se autodenominaron «defensores»
y su número fue aumentando tan rápidamente que al día siguiente «...
hubo ya tantos.. que se pusieron guardias en todos los parajes..., no viéndose
otros en las calles que con escarapela y gente armada» (3) y el 27, según
la misma fuente, «siguieron aumentando
los patricios y no quedó uno que no se pusiese escarapela».
La
escarapela fue igualmente adoptada en el resto de Aragón y en Navarra, como
podemos ver en las siguientes citas: En Ejea el 2 de junio «...
se acordó por los S.S. que todos salgan con cucardas en los sombreros y se
hagan abundantes de un pedazo de grana que trajo el Sr. Panadés; y que si se
las quieren poner los eclesiásticos se las den esta tarde» (4). En Alcañiz
la noche del 29 de mayo «... se
repartieron cintas que tomaron hasta los viejos, clérigos y frailes» (5 y
6). En Puente y Caseda (Navarra) los días 4 y 5 de junio respectivamente,
influenciados por las noticias de Zaragoza, «convocaron
los alborotadores a los vecinos para que se pusiesen escarapelas» y «... por la mañana comenzó el bullicio, poniéndose muchos la
escarapela o cucarda» (7).
En
los días siguientes estos voluntarios, encuadrados improvisadamente en Tercios
y Compañías, fueron derrotados en distintos encuentros: el 8 de junio en
Tudela, localidad a la que fue llevada noticia del levantamiento el día 1 desde
Zaragoza por un oficial de correos «escoltado por seis paisanos armados y con sus insignias de
escarapela»(8) y sucesivamente en Mallén el 13 y en Alagón al día
siguiente. Pero, finalmente, el 15 y ante las puertas de Zaragoza lograron ser
detenidos en la llamada «batalla de las Eras o del Campo del Sepulcro», iniciándose
el primer Sitio.
De entonces es este cantar:
«En
el campo del sepulcro
ya
no crecen amapolas,
lo
que salen de la tierra
son
escarapelas rojas»
(9)
Estas
escarapelas, ante las dificultades existentes para uniformar a los voluntarios,
constituyeron en muchos casos durante el primer Sitio su único distintivo, y aún
en el segundo, pese a haberse logrado ya una relativa uniformidad merced, a los
esfuerzos realizados por Palafox en el período intermedio.
No
todas fueron simplemente rojas, ya que los walones a nuestro servicio las usaban
con un ribete negro y los suizos blanco, siendo además relativamente frecuente
el que luciesen en su centro efigies de Fernando VII o lemas tales como «Vivir
o Morir por Fernando VII» o «Por la Religión, el Rey y la Patria», escritos
sobre un círculo de cartón blanco a cuyo alrededor se cosía fruncida una
cinta roja formando la escarapela; en los retratos de D. Felipe Sanclemente y de
D. Mariano Cerezo, de la serie «Las Ruinas de Zaragoza»,
parecen apreciarse escarapelas de este tipo.
Dos
testimonios nos confirman, no obstante, el uso en Zaragoza de escarapelas con
lemas; el primero es del inglés Vaughan que en septiembre de 1808 conoció a
Palafox describiéndonoslo así: «el
uniforme era una guerrera azul sin adornos, bordada en plata; tenía un bonito
cinto y llevaba en el gorro una escarapela que era en parte inglesa pues llevaba
en ella los nombres de los reyes Jorge y Fernando» (10). Sin duda se trató
de una delicadeza del General hacia su visitante Doyle. El otro es de un
veterano que en 1815 y desde Francia cuenta a Palafox que luchó en las cias.
del Arrabal y que «todavía llevo mi
escarapela encarnada con un letrero que dice Viva Fernando VII, Rey de España»
(11).
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En
el momento de la capitulación (21-II-1809) y en el relato del polaco Brandt,
que formaba parte del ejército sitiador, se nos vuelve a hablar de «cierto
número de jóvenes de edades comprendidas entre los 16 y los 18 años, sin
uniformes, luciendo capas grises y escarapelas rojas, fumando indiferentes».
A partir de esa fecha los ocupantes, si bien reconocieron el uso de la
escarapela roja a fin de intentar dar una apariencia de legalidad al reinado de
José I, restringieron su uso por el siguiente decreto del 27-II: Art. 7.º «Que
nadie lleve escarapela sino los individuos de la Junta suprema y los militares
que continuarán con la española» (12). El 18-VII, por un Real Decreto,
José I declaraba como propia de su ejército la escarapela roja, al tiempo que,
curiosamente, en el bando borbónico iba extendiéndose el uso de escarapelas
rojas y negras en señal de su alianza con Inglaterra, pero esto excede ya el
período que nos ocupa.
Tipo
popular de Los Sitios, con escarapela en su sombrero (D. Mariano Cerezo)
1)
y 2) escarapelas patrióticas, 3) la común roja
y
4) roja y negra usada por los Guardias Walones (Walonas de Aragón)
Notas:
1.
ALCAIDE YBIECA, Agustín, «Historia de los dos Sitios que pusieron a
Zaragoza en los años 1808 y 1809 las tropas de Napoleón» Madrid, 1830. T. 1,
pág. 6.
2.
ANONIMO, «Memoria de lo más interesante que ha ocurrido en la ciudad de
Zaragoza con motivo de haberla atacado el exercito francés», Madrid, 1808.
3.
CASAMAYOR ZEBALLOS, Faustino, «Diario de los Sitios de Zaragoza, con prólogo
y notas de D. José Valenzuela de la Flosa», Zaragoza, 1908, págs. 14-16.
4.
Libro de Actas del Ayto. de Ejea de los Caballeros, 1808, manuscrito,
fol. 225.
5.
Archivo Municipal de Zaragoza, Fondo Palafox, lég. 7-4-1.
6.
El Corregidor de Barbastro, Santolaria, pagó de su bolsillo las
escarapelas de cinta roja para sus voluntarios, según datos aportados en el último
momento por L. A. Arcarazo.
7.
Archivo General de Navarra, sección de Guerra, lég. 14, cap. 58 y 63,
8.
«Estudios de la Guerra de la Independencia»
Zaragoza, 1967, T. 111, pág. 309.
9.
GADEA, Santiago, «El intendente del Primer Sitio de Zaragoza, Calvo de
Rozas y otros soldados y patriotas»
Madrid, 1909, pág. 8.
10.
BRANDT, Heinrich von, «Souvenirs d'un officier polonais... 1808-1812»,
París, 1877, citado por RUDORFF, Raymond, «Los Sitios de Zaragoza»,
Barcelona, 1977,pág.357.
11.
A.M.Z. fondo Palafox, Lég. 81. Lamberto Gracia a Palafox (Montpellier,
22VIM815).
12.
CASAMAYOR ZEBALLOS, Faustino, «Años políticos e históricos».
Biblioteca Universitaria Zaragoza, Manuscrito 125.