| Sumario |
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Palabras
del presidente.
Queridos
amigos:
Este
año nuestra Asociación celebra el decimoquinto Premio Los Sitios, una meta
para muchos impensable, haber llegado hasta aquí, con un premio que cada año
se consolida dentro del panorama cultural de nuesta ciudad.
Todo
ello posible gracias a la ayuda moral y económica de los socios que la forman y
de instituciones que desde el primer momento nos han apoyado en nuestra
singladura.
Recientemente han comenzado a manifestarse algunos grupos particulares y políticos para la creación de entes, fundaciones y asociaciones- con el loable ánimo de conmemorar el próximo Bicentenario de Los Sitios; bienvenidas todas las iniciativas y proyectos que sirvan para coadyuvar la gesta histórica de nuestros antepasados, de la que Zaragoza no debe olvidarse nunca.
Nosotros
como Asociación, y desde su inicio, hemos venido recordando y reclamando aquéllos
hechos. Si bien es cierto que con modestia de medios, no lo es menos que con un
profundo respeto a tan bella página de la historia y a sus gentes, evocando las
fechas más memorables a lo largo de quince años, siendo así, prácticamente
los únicos que hemos mantenido viva la memoria de Los Sitios de Zaragoza.
Acabaré
diciendo que el año anterior es digno de mantener en la memoria. ¡Al fin!, se
firmó el convenio para la realización de la estatua del General Palafox,
encargo del Exmo. Ayuntamiento a nuestra Asociociación. Esperamos que en breve
pueda inaugurarse el monumento, dando así cumplida satisfacción al deseo de
los defensores de Zaragoza para con su Jefe, expresado hace 200 años (14 de
Septiembre de 1808).
Esperando
reunirnos todos el día de la inauguración, os envio mi más afectuoso saludo.
Carlos
Melús Abós
Presidente
de la Asociación
ECOS
DE LA ASOCIACIÓN................
Luisa
Fernanda Rudi, descubrió la placa conmemorativa del 190 aniversario de la
capitulación de los Sitios de Zaragoza. Dicha placa fue instalada en las Casas
del Canal, ubicadas en el barrio de Casablanca. Al acto asistieron el
representante militar de la embajada de Francia en España, y la cónsul Mme.
Ledesma entre otras autoridades.
Miguel
Plou Gascón
En
la Casa Blanca, junto al Canal Imperial. Cuartel General del mariscal Lannes,
jefe del ejército sitiador.
Los
franceses se apoderan de los conventos de Jesús, de San Lázaro y de todo el
Arrabal; el general O´Neille, segundo jefe de nuestras tropas, postrado en cama
aquejado de la epidemia reinante; nuestros combatientes extenuados, muchos
rostros macilentos por el tifus incubado en sus organismos, queman sus últimos
cartuchos; nuestras mujeres lloran de rabia y de dolor, mientras el estruendo de
las bombas, minas y cañonazos convierten la ciudad en un infierno
A
finales de la segunda decena del mes de febrero de 1809 los franceses están
librando con gran furia la batalla final del 2º Sitio puesto a la Ciudad de
Zaragoza; sus cañones disparan del otro lado del Ebro hacia nuestros últimos
baluartes defensivos; el Barón de Warsage, que en durísimo combate se había
internado en el puente de Piedra para frenar el avance del invasor, cae
mortalmente herido, es el día 18 de febrero 1809, y muere al día siguiente..
Palafox,
también enfermo, envía a su ayudante de Campo capitán Casellas a la Casa
Blanca, cuartel general del ejército sitiador, con una carta al mariscal Lannes
instándole a que, con arreglo a su anterior propuesta, hecha días antes,
suspendiera los combates por tres días a fin de que algunos de los oficiales
españoles pudieran salir a cerciorarse del estado y progreso de las tropas
francesas, para formarse un juicio aproximado de la situación, añadiendo que
si se llegaba a capitular la guarnición debería incorporarse a los ejércitos
españoles que luchaban por otros territorios del país.
Lannes
recibió estas proposiciones con no disimulada irritación que muestra en el
escrito con que contesta, firmado en la “Trinchera abierta delante de Zaragoza
el 19 de febrero de 1809”, negando toda posibilidad a la defensa, sólo
ofreciendo un perdón a los habitantes de Zaragoza y el respeto para sus vidas y
haciendas.
Todavía
se insistió con otro enviado mal recibido por el mariscal y sin que atendiera
las demandas de Palafox. Éste, ante un agravamiento de su enfermedad, y con el
enemigo ya a las puertas de su Capitanía general establecida en el palacio
arzobispal, es trasladado a un edificio de la calle de Predicadores anexo al
palacio de los duques de Villahermosa.
A
tenor de los informes rendidos por los comandantes y mandos de los distintos
puntos a la Junta Suprema de Gobierno, creada en la noche del día 18 al 19 de
febrero bajo la presidencia de don Pedro María Ric, se llega al conocimiento de
que la situación es desesperada en todos los sectores en los que todavía se
resiste. Por falta de tropas, sólo quedaban dos mil ochocientos hombres aptos
para la lucha y doscientos sesenta caballos; por falta de pólvora, únicamente
se contaba con los seis quintales que se fabricaban cada treinta horas; por la
peste, que estaba matando tantos defensores como los que nos producía el
invasor.
Pese
a ello, no hubo unanimidad en la capitulación, de los cuarenta miembros que
componían la mencionada Junta ocho votaron en contra. El propio primer jefe de
la defensa en ese momento, general Saint Marcq; el duque de Villahermosa,
ayudante de Palafox; el brigadier, Antonio de Torres; el padre José de la
Consolación... quieren continuar la lucha hasta el último extremo, y cuando
todo esté perdido intentar romper el cerco y unirse a los otros ejércitos españoles
que luchan por distintos puntos de nuestra geografía.
Pero
la mayoría impuso la realidad, trágica y triste realidad de que nada más se
podía hacer, y una comisión de la Junta, con su presidente Pedro María Ric,
barón de Valdeolivos y regente de la Audiencia; el marqués de Fuente Olivar,
don Mariano Domínguez, el barón de Purroy, don Mariano Cerezo y don Miguel
Dolz (éstos, juntos y en la presencia del mariscal Lannes, son los que firmaron
inicialmente el acta) resolvieron acudir a la Casa Blanca dando un rodeo en el
camino para evitar que la gente combatiente, que no aceptaba la idea de rendición,
percibiera este movimiento y con violencia no controlada pudieran echar al
traste las determinaciones tomadas, yendo en primer lugar a la Aljafería y de
allí a la presencia del mariscal. Y su regreso lo hacen al mismo castillo donde
pasan la noche y desde allí, por miedo a entrar en la Ciudad, comunicaron a los
demás el resultado de la entrevista. Temían las iras de aquellos defensores
que con la entrega se consideraban traicionados.
Lannes,
en ello coinciden casi todos los historiadores, los recibió de mal talante,
reprochándoles el haber llevado la defensa a términos tan extremos, a la vez
que desplegando un mapa de la Ciudad les mostró las cargas de explosivos que
tenía preparadas para un ataque inmediato, las minas colocadas en la calle del
Coso y las voladuras de edificios de primer orden a ejecutar, si no se plegaban
a una rendición sin condiciones.
La
discreción y mucha ponderación de Pedro María Ric se vio alterada por
exigencias tan brutales y replicó diciendo que si el mariscal insistía en esa
manera de hacer siguiese atacando a la Ciudad, adonde él se volvería con sus
compañeros y seguirían defendiéndose, “pues aún había armas, municiones y
puños”.
Rebajando
el tono de la conversación, reprimiendo cada uno la tensión del momento como
pudo, se empezaron a tratar las condiciones de la capitulación con la urgencia
que el caso requería, las cuales, atenuadas las exigencias del vencedor, fueron
las siguientes:
“Artº.
1º. La guarnición de Zaragoza saldrá mañana 21 a mediodía de la Ciudad con
sus armas por la puerta del Portillo, y las dejará a cien pasos de dicha
puerta.
Artº.
2º. Todos los oficiales y soldados de las tropas españolas harán juramento de
fidelidad a S.M.C el rey José Napoleón primero.
.Artº.
3º. Todos los oficiales y soldados que habrán prestado el juramento de
fidelidad quedarán en libertad de entrar en el servicio de S.M.C.
Artº
4º. Los que de entre ellos no quisieren entrar en el servicio irán prisioneros
de guerra a Francia.
Artº.
5º. Todos los habitantes de Zaragoza y los extranjeros, si los hubiere, serán
desarmados por los alcaldes, y las armas puestas en la Puerta del Portillo el 21
al medio día.
Artº.
6º. Las personas y las propiedades serán respetadas por las tropas del
emperador y rey.
Artº.
7º. La religión y sus ministros serán respetados, y serán puestos centinelas
en las puertas de los principales templos.
Artº.
8º. Las tropas francesas ocuparán mañana al medio día todas las puertas de
la Ciudad, el Castillo y el Coso.
Artº.
9º. Toda la artillería y las municiones de toda especie serán puestas en
poder de las tropas de S.M. el Emperador y Rey mañana al medio día.
Artº.
10. Todas las cajas militares y civiles (es decir las tesorerías y cajas de
regimiento) serán puestas a la disposición de S.M.C. Todas las
administraciones civiles y toda especie de empleados harán juramento de
fidelidad a S.M.C.
Artº.
11. La justicia se distribuirá del mismo modo, y se hará a nombre de S.M.C. el
rey José Napoleón primero. Cuartel general delante de Zaragoza a 20 de febrero
de 1809.”
Por
exigencias de Lannes, al pie de este documento, con fecha del día siguiente 21,
se añade: Vista
la precedente capitulación por la Junta Suprema de Gobierno la aprueba,
confirma y ratifica. Zaragoza 21 de Febrero de 1809, con las firmas de: Juan de
Butler, El Duque de Villahermosa, Felipe de Saint Marcq, Joaquín Ignacio
Escala, Alejandro Borgas, Joaquín Gómez, Isidro Ezquerra, José de Larrumbide,
Santiago Piñuela, Pedro Ruiz, Pedro Atanasio Pardo, arcediano de Zaragoza;
Francisco Beruete y Urquía, arcediano de Belchite; Cristóbal López Ucenda,
Nicolás García, cura de San Lorenzo; Santiago Sas, Juan Francisco de
Inurrigarro, José Zamoray, Pedro Manuel Garcés, cura de San Gil; Miguel
Marraco, Francisco Javier de Garde, luminero de Santiago; José Royo, luminero
de San Pedro; Gregorio Sánchez, Manuel Irañeta, Domingo Estrada, Fray José de
la Consolación, Vicente Alonso, Basilio de Santiago, Mariano Castillón,
luminero de San Juan; Felipe Sanclemente, Francº Barber, Vicente de Marcellano
y Miguel Dolz, secretario.
¿QUÉ
CONSERVA ZARAGOZA DE LA ÉPOCA DE LOS SITIOS? (III)
José
Luis Perla
Con
este capítulo, cerramos el interesante paseo que venimos dando de la mano del
autor. Gracias a su prosa, seremos capaces de escuchar a nuestro paso la ilustre
historia que nos susurran sus centenarias piedras, edificios y monumentos.
Santo
Cristo de la Cama:
Se
conserva actualmente en la iglesia de Santa Isabel, conocida también como de
San Cayetano. Tras las obras de restauración el templo ha recobrado todo su
antiguo esplendor, quedando el Santo Cristo expuesto a la devoción de los
visitantes. Atrás quedan también aquéllos años en los que sólo podía verse
la imagen durante la procecesión del Santo Entierro que recorre la ciudad el
Viernes Santo.
Ya
en las postrimerías del siglo XIII se tiene noticia de que la Hermandad de la
Preciosísima Sangre de Cristo se establece en el Convento de San Francisco,
extramuros de la ciudad. Tras sucesos internos que no vienen al caso, en la época
los Sitios volvía a tener la Sangre de Cristo su Capilla en el Convento de San
Francisco ( en la hoy Plaza de España ), que fue volado por una mina y asaltado
por los franceses el 10 de febrero de 1809. El día 17 una mujer del pueblo, María
Bánquez ( la del Santo Cristo, como figura en la inscripción de la Capilla de
las Heroinas de la iglesia del Portillo ) dándose cuenta del riesgo que corría
la venerada imagen, la sacó por una brecha, siendo ayudada por algunos mozos
que con gran riesgo de sus vidas la depositaron en el Palacio Arzobispal, de
donde, por orden del General Palafox fue trasladada a la Santa Capilla del
Pilar, lugar en el que permaneció hasta el fin del asedio.
En
el traslado recibió la imagen algunos impactos de bala, por lo que como
mutilado de guerra, tiene concedida la medalla de oro del Centenario de los
Sitios. Más recientemente, en 1998, la Hermandad recibió la merecida Medalla
de Honor de la Asociación Cultural “Los Sitios de Zaragoza”.
Puente
de Piedra:
Es
naturalmente otro importante símbolo de los Sitios, aunque en estos momentos no
queda huella ninguna de los numerosos combates librados en él o en sus
inmediaciones. Al final de la ocupación francesa, el 9 de julio de 1813, el
General París, comandante militar francés de Zaragoza, que la abandonaba por
el Arrabal y la carretera de Huesca ante la presión de los ejércitos españoles,
ordenó a sus zapadores la voladura del puente, no dándoles tiempo
afortunadamente más que para volar la última arcada, la más proxima al
Arrabal. Restablecido el paso al poco tiempo por los zapadores españoles y
reconstruido el puente poco después. Tras las sucesivas obras y remiendos,
incluida la resstauración a fondo llevada a cabo hace pocos años, no queda
ninguna huella de su histórico pasado.
Casas
de la calle Palomar:
En
esta calle llamada así durante los Sitios, y hoy del Dr. Palomar, existen
varias casas iguales. La primera de ellas, el nº 8, que hace esquina con la
Calle del Pozo, aparte del interés como muestra de la arquitectura zaragozana
del siglo XVIII, tiene para nosotros y para la historia el de ser el único
edificio de carácter civil que conserva profundas cicatrices de impactos de cañón
y fusilería. La citada esquina precisamente por hacer saliente con el resto de
la calle fue un blanco perfecto, por lo que hoy podemos apreciar claramente la
violencia de los combates. Los impactos no son de armas francesas, sino
zaragozanas, pues avanzando el enemigo desde el convento de San Agustín,
conquistado el 31 de enero de 1809, hacia el Coso y la Magdalena, recibían el
intenso fuego los aragoneses les hacían desde la torre de dicha iglesia y desde
el Arco de Valencia, hoy desaparecido, que cerraba la Plaza de la Magdalena en
su salida al Coso.
Convento
y Torre de San Agustín:
Al
final de la calle del Dr. Palomar se llega a la Plaza de San Agustín, precioso
recinto enmarcado por el convento y la iglesia, que todavía conserva, la
fachada y la torre. Allí se desarrollaron, desde el 26 de enero que se abrió
brecha en la tapia de la Calle del Asalto hasta el 18 de febrero, violentos
combates casa por casa, inmortalizados en el célebre cuadro de Santos Dumont
sobre la defensa del púlpito de su iglesia.
El
edificio pedía a gritos una intervención urgente si no queríamos ver una vez
más un importante retazo de nuestra historia convertido en solar. En esta ocasión
el Exmo. Ayuntamiento de Zaragoza, ha recogido la llamada, y parece que haciéndose
cargo de la rehabilitación del antiguo convento, tiene para él el ambicioso
proyecto de adecuarlo como Centro de Historia de Zaragoza.
Convento
de Las Mónicas:
Inmediato
al de San Agustín, hoy día sólo queda de 1808 la iglesia, habiendo sido
construido un convento nuevo más pequeño junto a ella sobre parte del antiguo
solar.
Tapia
del Asalto:
En
la Calle del Asalto, llamada así por se el lugar por el que el 26 de enero de
1809 abrió brecha el ataque francés. Sigue el curso del río Huerva por su
orilla izquierda, y conserva un buen trozo de la “ muralla“ defensiva que
rodeaba Zaragoza durante los Sitios. Como puede verse se trata de una simple
tapia de ladrillo de escasa fortaleza. El trozo conservado va desde el nº 55 al
63, y pasada la Calle Cantín y Camboa, se conservan algunos metros más. Sobre
la primera parte pueden verse aún dos cañoneras de la llamada “Batería alta
de Palafox”, en la que encontró heróica muerte el día 12 de enero el Jefe
de Ingenieros de la defensa de Zaragoza Coronel Sangenís, como se indica en la
lápida que le recuerda.
Es
de agradecer a los arquitectos que construyeron los edificios que actualmente
existen detrás de la Tapia, la forma técnica y artística de resolver el
problema; no sólo conservando la tapia histórica, sino dando a su vez entrada
a los edificios.
Creemos
que el resultado es francamente digno, y ha salvado los restos históricos.
Molino
de aceite de Goicoechea:
Frente
a esta empalizada y antes de cruzar el Huerva se encuentran en los jardines del
Parque Bruil los restos, formados por grandes piedras y una larga viga de madera
de lo que fue una antigua prensa o molino de aceite. Recolocados hace unos años
más o menos en su forma original falta, a nuestro parecer, una leyenda que
explique que aquéllo fue el famoso Molino de aceite de Goicoechea, pieza clave
para la alimentación de defensores y sitiadores de Zaragoza y por cuya posesión
se luchó encarnizadamente con resusltados contradictorios que permitían
abastecerse de aceite a unos o a otros durante los días que lo mantenían en su
poder.
La
Alfranca:
Cerca
del pueblo de Pastriz se conservan en la finca de la Alfranca la iglesia y el
palacio de los Marqueses de Ayerbe, donde vivió Palafox al regreso de Bayona,
terminada la misión que le había sido encomendada.
La
actitud pasiva del Capitán General de Zaragoza ante los sucesos del 2 de mayo
en Madrid y el posterior alzamiento del día 24 en Zaragoza, hicieron que se
trasladaran hasta la finca un nutrido grupo de labradores en busca de D. José
de Palafox y Melci, con el ruego de que aceptara el nombramiento de Capitán
General de Aragón. El actual estado de ruina y decadencia en que se encuentran
estos edificios, nos hace solicitar a quién corresponda que se tomen las
medidas oportunas para evitar su total hundimiento.
Con
ésto se termina la relación de símbolos que sufrieron la epopeya de los
Sitios y han conseguido sobrevivir hasta nuestros días. Posteriormente, sobre
todo con motivo del I Centenario, se han colocado monumentos, lápidas e incluso
construido edificios conmemorativos, pero éstos no han sido citados aquí
porque no vivieron ni sufrieron los horrores de la guerra
En
Febrero de 1999 un pequeño grupo de amigos, miembros de nuestra asociación,
emprendimos la aventura de reconstruir los uniformes, equipo y armamento de uno
de los cuerpos que más se habían distinguido en la defensa de Zaragoza durante
los Sitios: el Batallón de Infantería Ligera 1º de Voluntarios de Aragón.
La
tarea fue lenta y difícil, pues desde el inicio nos impusimos mantener el máximo
rigor posible hasta en los detalles más pequeños del uniforme, como son los
botones, para lo cual fue necesario tallar réplicas fieles de los originales,
hacer moldes y fundirlos después de uno en uno.
Quiso
la casualidad que, cuando a mediados de Julio tuvimos ya terminados nuestros dos
primeros uniformes, llegase a nuestros oídos la noticia de que en La Coruña
iba a celebrarse, entre el 29 de Julio y el 1 de Agosto, la primera reunión
internacional de “reen-actors napoleónicos” en España, con motivo de la
conmemoración de la batalla de Elviña , en la cual murió heroicamente el
General inglés Sir John Moore, Jefe del Cuerpo Expedicionario Inglés, al que
sucedería el más famoso Lord Wellingtom.
Puestos
en contacto con los organizadores, “la sección del 3 er. Rgto. del Real
Cuerpo de Artillería”, todo fueron facilidades, pues junto a ellos somos- por
el momento- los únicos reen-actors existentes en España, frente a un número
muy elevado de extranjeros que tenían confirmada su asistencia. Las normas muy
sencillas, cada uno se pagaba su viaje, y el organizador, como es lo usual en
estos actos, proporcionaba alojamiento, comida, caballos y pólvora.
Iniciada
la aventura salimos en tren, rumbo a La Coruña Manolo Baile y mi hijo Luis,
vestidos de fusileros, y yo de oficial, y tras un largo viaje que duró toda la
noche llegamos a nuestro destino a eso de las 10 de la mañana del viernes día
30.
Nuestro
alojamiento era un antiguo cuartel habilitado como residencia, y la primera
impresión que tuvimos nada mas entrar no pudo ser mejor: en la puerta los
artilleros, con sus casacas azules y rojas se hallaban montando uno de sus
antiguos cañones, mientras que en la terraza del patio varios Cazadores a
Caballo de la Guardia Imperial bebían sus jarras de cerveza, y sobre el cesped
unos infantes ingleses, vestidos con sus casacas rojas, desmontaban y limpiaban
sus fusiles de chispa, preparándolos para el desfile de la tarde.
A
lo largo de la mañana no cesaron de llegar nuevos grupos, y así cuando a las 8
se inició la parada éramos ya un total de casi 500 “soldados”,
distribuidos del siguiente modo:
Ingleses:
-en realidad británicos, escoceses, norteamericanos y hasta australianos- unos
300, con su Estado Mayor a caballo, pelotón de húsares, artilleros, escoceses
y los famosos casacas rojas.
Franceses:
-en realidad franceses, rusos, alemanes, etc..- unos 150, a los que nos unimos
los aproximadamente 40 españoles a fín de nivelar un poco más los dos ejércitos
.
Tras
el largo desfile por las principales calles de la ciudad, al son de tambores de
caja de madera y de las gaitas de los escoceses, el Alcalde de la ciudad nos pasó
revista en la plaza de María Pita, escoltado por los dobles del General Moore y
del Mariscal Soult, ambos perfectamente equipados y encarnados respectivamente
por un inglés que hablaba español con acento argentino, y por un ruso profesor
de historia en San Petersburgo.
Por
la noche, y como era de imaginar, la típica fiestecilla en el campamento, con
damas vestidas al estilo imperio, cantos guerreros y brindis por parte de uno y
otro ejército, y para que no faltara de nada, hubo hasta un duelo a sable entre
un oficial español y otro inglés.
En
la mañana del sábado 31 se instaló el campamento museo inglés en la
explanada de la torre de Hércules, y por la tarde se celebró el plato fuerte
de la concentración: la batalla.
Ante
la masiva asistencia de un público que rondaría las 25000 personas, y en un
incomparable marco, a lo largo de casi 3 horas se escenificaron los movimientos,
desplieges y formaciones típicos de la época: avances por lineas, cargas de
caballería, formación del cuadro, contrataques, salvas de artillería, y al
final muerte del General Moore.
Dada
nuestra inexperiencia tanto mis dos fusileros como quien esto suscribe acudimos
al combate armados con piezas de atrezo, que ni siquiera disparaban, lo que
resultó un poco frustrante, ya que mientras nuestros aliados realizaban
ruidosas salvas, nosotros tan sólo haciamos ¡¡PUM!! con la boca. A mí me
mataron dos veces y una formación de escoceses nos enseñó el postquam levantándose
las faldas a modo de provocación, mientras que un coracero francés, auténtico
gigante a caballo, sufría una aparatosa caida al soltársele las cinchas en
plena carga. Ni siquiera el Mariscal Soult se libró de que su caballo le
propinara un doloroso pisotón , cuando para colmo era un servidor quien le
sujetaba las riendas. En fin, como esta paqueña muestra mil anécdotas más que
ocuparían hojas y hojas.
En
resumen, fue una inolvidable experiencia, que deseamos se repita, y que
sobretodo supone un ejemplo para nosotros, cara al ya no tan lejano Zaragoza
2008.
“En
un trasvase enloquecedor, y lógicamente poco favorable para la moral de las
tropas, los jinetes se utilizan para defender plazas, como Badajoz, Cádiz,
Valencia o Zaragoza, transformándolas bien en artilleros, bien en infantes de
preferencia”
(Albi)
1.
El Primer Sitio
En
Mayo de 1808 no había en Aragón unidad de Caballería alguna. Sin embargo,
tras el Dos de Mayo, el Regimiento de Dragones del Rey, de guarnición en Madrid, “el
día veinte emprende la marcha para Aragón, y al llegar a Sigüenza recibe la
noticia del alzamiento de Zaragoza, pero en el mismo momento se comunica a su
Coronel estrecha orden del generalísimo para retroceder a Madrid a marchas
forzadas; reúne inmediatamente toda la oficialidad, lee la orden, exigiendo su
obediencia en el acto, pero halló una oposición tan general que no tuvo más
remedio que tocar botasilla, y formado el cuerpo, continúa su marcha a
Zaragoza” (Clonard, p.237). De tal forma, a principios de Junio, Palafox
podía contar con unos 300 dragones, aunque sólo 90 de ellos montados.
Al
mismo tiempo, dentro de la ciudad se organizaba frenéticamente la defensa,
gracias a la llegada de soldados fugados. “El
Coronel don Bernardo Acuña, encargado de formar uno (cuerpo)
de Caballería de Aragón, logró perfeccionarlo algún tanto, y arregló el
plan, fijándolo en tres escuadrones de cuatro compañías, cada una de
doscientas veinte y seis plazas montadas y cuarenta desmontadas” (Alcaide,
I, p.146). De este párrafo resulta una fuerza montada descomunal (12 compañías
de 266 hombres: más de 3.000 jinetes), lo que es completamente absurdo. En
realidad, el cronista había cometido una errata, pues en la Caballería española
de la época cada Escuadrón se componía de dos Compañías, cada una con 71
hombres (57 a caballo más un pelotón de servicios a pie, que incluía el
equipo de herraje)(Stampa, p.121). Por tanto, en el párrafo realmente nos dice
que Palafox contaba con unos 700 jinetes.
Sin
embargo, gran parte de lo organizado en Mayo y Junio queda desbaratado en los
combates de Mallén y Alagón (11 y 14 de Junio). Los de Rey se distinguen en
Mallén al rescatar la artillería que había sido capturada por lanceros
polacos y se merecen los vítores del ejército (Clonard, p.238). Cuando
comienza el Primer Sitio (15 de Junio) Zaragoza apenas cuenta con 170 jinetes.
Se producen frecuentes asaltos a los muros de la ciudad y combates callejeros,
en los que una fuerza montada tenía poca cabida. Así describe el cronista sus
intervenciones del 1 de Julio: “delante
del cuartel formaron ciento cincuenta caballos de guardias, dragones y húsares
(...)desde allí los destacaban, según la urgencia, a los puntos, y por la
ciudad, para reunir gente y hacer que acudiesen a las puertas” (Alcaide,
I, p.123).
Durante
todo Julio tienen lugar diversas escaramuzas y salidas en la ribera izquierda,
especialmente tras el establecimiento por parte de los franceses de un puente
sobre el Ebro. Comienzan a actuar en esa parte dos batallones franceses y unos
doscientos lanceros polacos, contra los que se oponen columnas con participación
de pequeñas fuerzas de Caballería, como el escuadrón de Cazadores
de Fernando VII. Esta última unidad había sido organizada por el Marqués
de Lazán, dentro del ejército de Cataluña, y “que
en simbólico número de 21 jinetes marcaría la pauta de lo que sería luego la
proliferación de unidades montadas, nacidas a golpe de entusiasmo, pero tan
poco efectivas como numerosas” (Albi, p.124). Se suceden así una serie de
choques de escasa entidad, pero muy importantes para la moral de los sitiados y
el buen nombre de los jinetes. El 10 de Julio, ante el temor de un envolvimiento
francés, “la caballería que estaba
organizándose salió a despejar el camino para que la infantería ocupase la
torre del Arzobispo; lo que se verificó, partiendo sesenta ó setenta caballos
(...) después de haber perecido veinte y cuatro hombres y algunos caballos, una
bala hirió gravemente al coronel Acuña, con cuyo motivo tomó el mando el
coronel don Antonio Torrecini.(...) dando espuelas a los caballos partieron
todos a galope tras ellos; y visto aquel arrojo por los enemigos, y la
superioridad de fuerzas, (...) y habiendo colocado una gran guardia, y
guarnecido las torres de Lapuyade y del Arzobispo, se retiraron llenos de gloria
a recibir los aplausos del pueblo, que estaba esperando con impaciencia el
resultado de aquella salida.” (Alcaide, I, p.180).
Y
el 29 de Julio “una salida de la
caballería (...) hizo alejarse a un destacamento francés, apartándolo del
barrio del Arrabal en dirección a las colinas del noroeste, e infligiendo unas
cuantas bajas al enemigo en fuga, amén de regresar a la ciudad con varios
mosquetes, cartucheras y mochilas francesas. Al día siguiente se desató otro
combate en mayor escala, cerca del referido barrio. Cuando Butrón frenaba el
avance de una columna francesa, secundada por la caballería, que había
atravesado el puente de tablones tendido sobre el Ebro por los ingenieros
franceses, el jefe hispano se vio asaltado por dos fuertes columnas enemigas,
que avanzaban sobre él desde los cerros inmediatos, y amenazaban con envolverlo
por el flanco izquierdo. Butrón replegó a sus hombres y, con ayuda de una
compañía de soldados regulares del regimiento de Extremadura, que se había
precipitado a través del puente de piedra hasta el Arrabal, se pudo retirar
finalmente sin daños. La acción fue celebrada como una victoria.”
(Alcaide, I, p.195).
Tras
el momento crítico vivido el 4 de Agosto, la lucha se encarniza en las calles
zaragozanas, sin intervención destacable de nuestras unidades. Al replegarse
los franceses, salen tras ellos varias columnas españolas, en las que se
integran los Dragones del Rey y un
Escuadrón de Dragones de Numancia,
que había llegado a Zaragoza el 13 de Julio procedente de Valencia. El resto de
Numancia va incorporándose al ejército de Aragón durante el mes de
Septiembre, quedando reunido el día 29 en Ejea de los Caballeros (Clonard,
p.468). También provenientes de Valencia, los Cazadores de Olivenza participan en los combates que se desarrollan
en la Rioja a finales de Septiembre.
2.
El Segundo Sitio
Durante
los meses de Octubre y Noviembre de 1808, el frente queda establecido en la
Rioja. El ejército español cuenta con 45.000 hombres, provenientes de Andalucía
(gran parte de ellos vencedores en Bailén), Valencia y Aragón, bajo el mando
de Castaños y Palafox. Ante el avance francés, los generales españoles
disponen una línea defensiva entre Tudela y Tarazona, que es arrasada el 23 de
Noviembre. La Caballería española estaba representada por escuadrones de los regimientos
Farnesio, Montesa, Dragones de la Reina, Olivenza, Borbón, España, Calatrava,
Santiago, Sagunto, Príncipe, Pavía, Alcántara y Numancia, pero tuvo
escasa intervención. Sin embargo, “batido
y disperso todo el ejército, pudo el jefe principal reunir a los Dragones
del Rey, decidir con su ejemplo y exhortación a que otros escuadrones se
reorganizaran a su retaguardia para contener la caballería enemiga, y salvar
algunos millares de infantes, dando y recibiendo varias cargas. Testigo de su
heroísmo el Teniente General D. Felipe de Saint-March, que veía a su División
en derrota, se une a los dragones, y en sus filas pelea con admirable modestia
como simple soldado” (Clonard, p.238). En tal acción queda muy dañado el
Regimiento de Borbón, que se sacrifica para salvar al Regimiento de
Infantería de África. Tras la derrota, el Ejército del Centro se dirigió a
Guadalajara, el de Valencia a esta ciudad y el de Aragón se encerró en
Zaragoza. En los días siguientes entran en la capital aragonesa los Regimientos
de Dragones del Rey y Numancia, así como restos
de Santiago, Lusitania, Olivenza, Borbón, Reina , Pavía y de otras
unidades de nueva creación, con lo que al comienzo del asedio había unos 2.000
jinetes.
El
21 de Diciembre se producen los primeros combates en el Arrabal, en los que Rey “hace prodigios de
valor”. Durante las primeras semanas del asedio se suceden pequeñas
salidas, entre las que destaca la del 31 de Diciembre, narrada por Pérez Galdós:
“mientras los voluntarios de Huesca, los
granaderos de Palafox y las guardias walonas arrollaban la infantería francesa,
aparecieron los escuadrones de caballería
de Numancia y Olivenza, cautelosamente salidos por la puerta de Sancho, y
que describiendo una gran vuelta habían venido a ocupar el camino de Alagón
por una puerta y el de La Muela por otra, precisamente cuando los franceses
retrocedían de la izquierda al centro, en demanda de mayores fuerzas que les
auxiliaran. Hallándose en su elemento aquellos briosos caballos, lanzáronse
por el arrecife, destruyendo cuanto encontraban al paso, y allí fue el caer y
el atropellarse de los desgraciados infantes que huían hacia Torrero”. La
realidad fue mucho más modesta de lo que parece por el relato, pues no más de
1.500 infantes y 300 jinetes -”de los Regimientos
de Fuensanta, Dragones del Rey, Numancia, Cazadores de Olivencia, Fernando VII y
partidas de Húsares de Aragón” (Alcaide, II, p.71)- intervinieron en
el ataque, consiguiendo sólo capturar algunos prisioneros y destruir unas líneas
de trincheras. Sin embargo, Palafox publicó un altisonante y hermoso bando:
“(...)
obedeciendo mi orden con más velocidad que pude darla, os arrojásteis sobre
ellos, destrozando con vuestra bizarra caballería los famosos guerreros del
Norte (...). Sonó el clarín, y a un tiempo mismo los filos de vuestras espadas
arrojaban al suelo las altaneras cabezas, humilladas al valor y al patriotismo.
¡Numancia, Olivenza!, estoy satisfecho de vuestra bizarría: ya he visto que
vuestros ligeros caballos sabrán conservar el honor de este ejército y el
entusiasmo de estos sagrados muros. (...) he dispuesto que, en testimonio de
vuestra bizarría, llevéis al pecho una cinta encarnada (...) Ceñid esas
espadas ensangrentadas, que son el vínculo de vuestra felicidad, el apoyo de la
patria, el cimiento del trono de Fernando y la gloria de vuestro general” (Alcaide,
II, p.79).
Durante
el resto del Sitio, nuestros hombres se desangran en posiciones estáticas, en
una lucha callejera que hace que en el momento de la rendición sólo quedaran
260 jinetes disponibles dentro de la plaza. Los Dragones
del Rey “perecen casi todos en derredor de las piezas de la batería del
puente de Tablas; los pocos que quedaban al sucumbir Zaragoza no eran más que
espectros, que fueron a morir en su mayor parte a orillas del Saona, cubiertos
de laurel y de ciprés” (Clonard, p.238). Por su parte, Numancia no estaba mejor, pues “todos
los dragones que quedaban de este Regimiento estaban enfermos, habiendo muerto
los demás peleando como héroes, de forma que sólo pudieron salir para Francia
ocho oficiales y setenta y tres hombres en estado de convalecencia”
(Clonard, p.468), de los cuatrocientos que habían comenzado la lucha dos meses
antes. Los numantinos se habían batido con coraje en torno a Puerta Quemada y
la Universidad. Ambos Regimientos procederían a reorganizarse en tierras
valencianas.
3.
Conclusión
“La
imprudente decisión de Palafox al encerrar al ejército en la ciudad, había
privado a las fuerzas españolas de un contingente importante que, si bien es
cierto combatió con heroísmo dentro de los muros de la plaza, hubiera sido más
eficaz fuera de ellos. En el caso concreto de la Caballería, esta medida se nos
presenta como aún más criticable. Hubo Regimientos de este Arma -cuya utilidad
en una ciudad sitiada es nula- que capitularon con el resto de las fuerzas españolas.
Este fue el caso de los Regimientos de Dragones del Rey y de Numancia” (Albi,
p.129)
BIBLIOGRAFÍA
Albi
J., Stampa L. Campañas de la Caballería
española en el siglo XIX. Servicio Histórico Militar, Madrid, 1985, Tomo
I.
Conde
de Clonard. Historia Orgánica de las
Armas de Infantería y Caballería. Madrid, 1859. Libro III, sección 1ª,
tomo XV.
Alcaide
Ibieca, Agustín. Historia de los dos
Sitios que pusieron a Zaragoza en los años de 1808 y 1809 las tropas de Napoleón.
Madrid, 1831. Ed. facsímil, DGA, Zaragoza, 1988. Tomos I y II.
Stampa
L., Albi J., Silvela J. La Caballería
española. Un eco de clarines. Madrid, 1992.
Pérez
Galdós, Benito. Zaragoza. Episodio
Nacional 6.