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Charla impartida el 15
de febrero de 2002 en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza,
dentro del acto anual de entrega de premios y medallas de la Asociación
Cultural “Los Sitios de Zaragoza”.
0. Introducción
Agradezco mucho a los
organizadores de esta sesión, tan entusiastas estudiosos y promotores de
cuanto se relaciona con Los Sitios de Zaragoza, su invitación a participar
en ella, como historiador interesado en las cosas de Aragón. Lo haré en esa
condición, procurando enmarcar lo que significó la fecha, tan emblemática,
de 1908, en que tuvo lugar la por tantos motivos celebérrima Exposición
Hispano‑Francesa de 1908, verdadero quicio entre dos tiempos bien
definidos de nuestra historia, tanto que con frecuencia he señalado con
ella la verdadera división entre el siglo XIX y el XX, entre el fin de
una sociedad regida por una burguesía progresista y el comienzo de una etapa
convulsa por la lucha de clases y el aferramiento a viejos privilegios y
prácticas políticas egoístas. Culmina con tan magna manifestación un tiempo
de fe en la industria y el progreso, una era aún romántica en muchas cosas,
una sociedad bastante tradicional, con clases sociales instaladas y alejadas
unas de otras. Acercarse, pues, a 1908, con el ánimo de comprender qué
significó en el ir y venir de los aragoneses, puede tener, pienso, y por eso
estoy aquí, alguna utilidad para cuantos, además, soñamos con el año 2008
como un nuevo hito de empuje y desarrollo para la ciudad y el territorio de
que es capital.
1. Las grandes exposiciones
internacionales.
Aunque
tuvo aspectos muy específicos y singulares, no cabe duda de que la
Exposición Hispano‑Francesa de 1908 representa la culminación, para
Zaragoza, de una línea de emulación a escala internacional, frustrada por
dos veces en 1868 y 1885, en que sendas exposiciones aragonesas fueron casi
abortadas, la primera por los acontecimientos políticos de la Revolución
"Gloriosa" o septembrina, que terminó con el reinado de Isabel II, y la
segunda por la tremenda epidemia de cólera que acabaría ese mismo año con la
vida de su hijo Alfonso XII.
Las
grandes exposiciones internacionales o universales del siglo XIX
fueron manifestaciones que querían mostrar a grandes públicos, propios y
extranjeros, el éxito de la industrialización para, por sus realizaciones,
convencer a los faltos de fe en el nuevo sistema. Pero no sólo eso. Además,
fueron "escenarios de la historia social interdisciplinaria. Pusieron de
manifiesto la complejidad de los fenómenos socioculturales, ya que en las
exposiciones se hallaban en una estrecha interconexión informaciones
industriales, formación técnica, comunicaciones, congresos y movimientos
internacionales, artes plásticas, así como también manifestaciones del
colonialismo. Las exposiciones mundiales fueron piezas didácticas de la
historia cultural".
En
muchos países de Europa se fueron haciendo exposiciones de interés con
ámbito estatal y, en algunas ocasiones, alcance internacional. En el caso de
España se había promulgado un decreto en fecha tan temprana como la de 1827,
por el cual cada tres años debería realizarse una exposición industrial. Se
hizo, sí, en 1828, pero ya no hasta las de 1841, 1845 y 1850, y aun entonces
con relativamente escasa importancia. Ya no habrá otra exposición en Madrid
hasta 1871, pero sí, en esas dos décadas, en ciudades como Barcelona,
Valencia, Valladolid o la citada de Zaragoza en 1868. Y en 1865 se celebra
en Oporto la que es considerada por algunos autores como, en realidad, la
primera gran exposición industrial de la Península.
Nada
comparable, desde luego, con la magna exposición que, recién doblado el
siglo, el 1 de mayo de 1851, se inaugurará en Londres, "taller del mundo" y
capital del Imperio Británico. En el Palacio de Cristal se exhibieron las
nuevas maravillas tecnológicas de toda Europa. Patrocinada por la realeza,
esta exposición londinense simbolizó el optimismo de los gobernantes y de
los industriales de vanguardia" y su confianza en el progreso material, y se
presentó como la culminación de la técnica empírica, dando a conocer los
métodos de producir gas para el alumbrado, amoníaco o benzol y preparar el
caucho, la gutapercha y el cemento hidráulico.
Los
ecos de esta exposición no se hicieron esperar, pues en 1853 Nueva York tuvo
la suya propia con su correspondiente Palacio de Cristal. Por su parte,
Napoleón III no se quedó atrás. La exposición de París de 1855 que siguió a
la del Palacio de Cristal fue la más espléndida y opulenta nunca vista.
Todavía hubo otra gran exposición parisina, en 1862, casi simultánea con una
celebrada en Londres. Sin embargo, la más grande del mundo hasta la fecha y
la más esplendorosa fue la Exposición de París de 1867. La ciudad tiene por
entonces un millón de habitantes, y es una de las más hermosas del mundo.
Tenemos la suerte de que el joven Joaquín Costa fuera becado por la
Diputación de Huesca para trabajar en la construcción del Pabellón Español y
luego como portero en el recinto y relatase en unos textos muy interesantes
esa extraordinaria experiencia.
Otras
muchas exposiciones se realizaron en años sucesivos, hasta nuestros días, en
América del Norte y en otros continentes, siguiendo ese espíritu y ese
entusiasmo por el progreso. En esa línea debe insertarse, sin duda, la
zaragozana de 1908, y, por supuesto, la que todos confiamos llegue, de 2008.
2. La
Zaragoza del cambio de siglo
Zaragoza en torno a fines del siglo XIX y comienzos del XX, es todavía un
gran poblachón monegrino, aunque no tan despectivamente tratable como esa
vieja y chusca expresión quiere significar. La ciudad alcanza los cien mil
habitantes, cota entonces de lo que se entiende por "una gran ciudad", poco
después de comenzar el siglo XX.
Si se
llega a ella por tren, ‑esa reciente maravilla‑, procedentes de Barcelona,
desde el otro lado del Ebro se ve cómo alrededor del Pilar se agolpan casas
y callejas, en el Arrabal que se pisa hay apenas unas pocas industrias
importantes, y lo común es ver transitar algún que otro carro o carreta, o
tranvías de tracción animal. Un gran hueco, desde 1893 ya no está en su
sitio la Torre Nueva, la más esbelta y señorial de todas las torres que
vigían la ciudad. Si, por el contrario, el tren llega a la estación del
Campo del Sepulcro, desde Madrid o Logroño y Pamplona, se está prácticamente
en el extra‑radio urbano, justo en las afueras de la segunda muralla, aunque
apenas reflejada en la Puerta del Carmen junto a la que se alza el nuevo
café de Levante, hermano menor de una auténtica leyenda ciudadana: el Ambos
Mundos, tenido por el más grande de Europa, y ubicado casi también en la
linde municipal, donde viene a terminar el Salón de Independencia, gran
paseo con sus arcadas y sus paseantes de toda clase y condición.
Si,
desde el sur, se contempla el paisaje urbano desde los altos de Torrero hay
una vista totalizadora sobre el conjunto, rodeado en esa linde sur por la
Huerva, el pequeño río que al llegar a su término acaricia la Huerta de
Santa Engracia y San Miguel y la Puerta del Duque, la torre de Bruil y algún
viejo cuartel extramuros.
Avenida abajo, muy cerca de la plaza de la Constitución, están el viejo y
magnífico Teatro Principal, y su rival, el Teatro Circo. Es la zona del Coso
Bajo, que con la calle de San Miguel y sus aledañas forman nuestro pequeño
Wall Street y nuestra peculiar calle de los periódicos londinense. Allí se
agrupan casi todos los diarios, los despachos de abogados, los bancos aún
escasos e incipientes... Y todavía, en su fachada izquierda según se sube,
ocupa Independencia una serie de servicios benéficos y algún salón de baile,
hasta llegar a la gran iglesia de Santa Engracia, destruida en buena parte
durante los Sitios.
En
fin, la ciudad guarda sus joyas arquitectónicas con respeto y orgullo,
aunque la Aljafería sea un cuartel. La “Zaragoza artística, monumental e
histórica" de los hermanos Gascón de Gotor, publicada en 1890, refleja la
calidad de sus edificios. Basta asomarse a ese primoroso libro, hace poco
reeditado, para descubrir ese paisaje y esos recuerdos. Además, será ocasión
de comprobar cómo en ese fin de siglo están a punto de llegar las grandes
transformaciones urbanas: la plaza de Aragón y la calle de Canfranc se
habían modificado en torno a la primera Exposición Aragonesa, de 1868,
mientras que la de 1885 permitió urbanizar el llamado barrio del Bajo
Aragón, en tomo a Miguel Servet. Y las viejas puertas, salvo la del Carmen,
han desaparecido, aunque por el momento se construyeron de nuevo las de
Santa Engracia (más al norte de la anterior, subiste hasta 1904) o la del
Duque (junto a San Miguel). Otros proyectos habrán de esperar mucho, como la
apertura de la futura calle de Conde de Aranda (que no se inicia hasta 1914
ni acaba hasta 1931), o la de la Yedra (luego de San Vicente de Paúl,
terminada ya en la posguerra).
Pero
la principal, la gran reforma del barrio de Santa Engracia (planteada ya por
el alcalde Cantín y Gamboa en el Ateneo, el 31 de diciembre de 1898,
mediante la prolongación de las calles de San Miguel, Zurita y Sanclemente,
la adquisición del convento de Jerusalén y el cuartel de Santa Engracia y la
parcelación en solares de toda esa zona), no se logrará sino diez años
después, con motivo de la Exposición que nos ocupa. Es uno de sus grandes
legados.
3. El progreso de una ciudad
Zaragoza es, desde luego, una ciudad ya industrial, ...pero todavía muy
agraria: en el Arrabal (y en los barrios rurales), se encuentran aún las
huertas y los campos de cultivo, ricos y abundosos, que surten el mercado
local. Puede decirse que salvo unos cinco mil obreros de todo tipo, la
mayoría de la población tiene, aún, lazos rurales, incluyendo a los ricos
propietarios que se reúnen en el Casino Principal, la Asociación de
Agricultores de Zaragoza, que agrupa a arrendatarios, colonos y jornaleros
de la huerta, en general exitosos supervivientes de una crisis que a ellos
no afectó mucho. Gracias a la Granja Agrícola, que desde fines del siglo
introduce la semilla de la remolacha y a sus grandes campañas de promoción,
se inician en la vega del Ebro los nuevos cultivos, como el maíz ya
desarrollado a la europea, el trébol y la alfalfa, y, sobre todo, ese
preciado tubérculo que, molturado, se convierte en azúcar.
Se
alzan ya, en el entorno de Zaragoza varias azucareras. La gran tradición
metalúrgica, que aprovecha la ubicación en una situación privilegiada por la
red ferroviaria, da trabajo y vida a fábricas como Averly, Mercier,
Maquinista Aragonesa, Montaut y García, Laguna de Rins, o la primera fábrica
española de espejos, La Veneciana.
El
entramado urbano, y la moderna visión de sus plutócratas, se enorgullecen de
una notable expansión industrial, cuajará en tomo a 1900, cuando ya han
surgido las compañías que están articulando la propiedad carbonífera en
Utrillas, la Industrial Química, la Tudor, la papelera La Montañanesa y
otras muchas. Un nuevo puente sobre el Ebro, el del Pilar, cuyos hierros
recuerdan la torre Eiffel, conecta las nuevas zonas industriales con el
centro urbano. Y funcionan ya modernas hidroeléctricas como la Compañía
Aragonesa de Electricidad y Electra Peral. Y toda esa trama de negocios
disfruta ya de la posibilidad de telefonear, y cuenta con un sistema
financiero todavía pequeño, en el que destacan el Banco de Crédito de
Zaragoza, y la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, pero están a punto de
aparecer ‑será en 1910‑ el Banco de Aragón y el Zaragozano. Por su parte, el
veterano comercio, agrupado en la calle de Alfonso I el Batallador y en la
de Don Jaime I, se agrupa para su defensa en la muy activa Cámara de
Comercio, que preside desde 1893 Basilio Paraíso.
También debemos reseñar que, desde 1895, aparece en Zaragoza Heraldo de
Aragón, pronto en solitario al desaparecer los más veteranos salvo, por un
breve tiempo, el Diario de Avisos, y de nuevo con rival desde 1901: El
Noticiero. Fueron magníficas las grandes campañas del Heraldo abogando por
la Exposición de 1908 y por otros muchos asuntos. La prensa tiene ya un gran
predicamento social, y su diaria aparición suscita todo tipo de comentarios
en las nutridas tertulias en cafés, tiendas y reboticas.
La educación, desde que, en
1902, Romanones ha decidido la adscripción de la enseñanza primaria al
presupuesto general del Estado, y contando con un Ayuntamiento que tiene a
gala atender más que mínimamente este servicio ciudadano, cuenta con
ilustres maestros como Marcelino López Omat, Andresa Recarte, María Díaz,
Pedro Joaquín Soler... En enseñanza media, junto al único Instituto (ubicado
en el Coso Bajo, junto a la Universidad Literaria ‑Derecho y Letras‑),
destacan los colegios de Jesuitas (en el que es profesor de Ciencias
Naturales el P. Longinos Navás), y Escolapios y los femeninos de Santa Rosa
y La Enseñanza, a los que se van uniendo otros de diversas órdenes de
procedencia extranjera. Hay, además, otros centros de nivel medio como la
Escuela de Artes y Oficios, las Normales de Maestros y Maestras, la Escuela
de Comercio, y diversos colegios privados y academias.
En
cuanto a la Universidad, que posee un nuevo y muy flamante edificio desde
1893 para las Facultades de Ciencias y de Medicina al sur de la ciudad,
fuera del recinto de Santa Engracia, cuenta con profesores eminentes como el
matemático Zoel García de Galdeano, los químicos Bruno Solano, Savirón y
Calamita, el veterinario Pedro Moyano y los historiadores Julián Ribera y
Eduardo Ibarra, que encabezan una renovación que tiene su seña en la
"Extensión Universitaria", en que Zaragoza es pionera.
En
cuanto a la vida cultural, los melómanos mantienen una Sociedad de
Conciertos y una Escuela Municipal de Música; una escasa pero interesante
actividad en el Ateneo y los Casinos y centros políticos; una interesante
página artística en manos del arquitecto Ricardo Magdalena, los pintores
Unceta, Barbasán, H. Estevan, Pradilla, etc., mientras que ya lejos de
Aragón, aunque sin olvidar su tierra y escribiendo en su recuerdo, nombres
tan ilustres como los de Marcos Zapata, Mariano de Cavia, Eusebio Blasco,
Julio Cejador, Joaquín Dicenta.
Mientras tanto, el sistema iniciado con la Restauración continúa y se
desarrolla y, en cierto sentido, perfecciona. Ya hay sufragio universal,
aunque sólo votan los varones mayores de edad. Pero apenas han cambiado las
cosas, y siguen mandando mucho el liberal Segismundo Moret, los
conservadores Tomás Castellano Villarroya y Luis Franco y López, y los
republicanos Joaquín Gil Berges, Marceliano Isábal, Gil y Gil, y los ya
citados Costa y Paraíso.
Este
movimiento obrero está aún bastante poco organizado, no lo estará hasta bien
entrado el siglo XX. Por el momento, destacan el anarquismo, doctrina
radical contra la sociedad fuertemente clasista y desigual, y el socialismo
(el PSOE y la UGT, que congregan a unos pocos cientos de obreros) y
celebran, desde fines del siglo anterior el 1 de mayo reivindicando para
todos una jornada laboral de no más de ocho horas, mayores cuidados en los
trabajos de riesgo o insanos, ciertas ventajas a las mujeres embarazadas y a
los niños menores de doce años...
4. El
Regeneracionismo
La
pérdida de las últimas colonias había provocado, no sólo un profundo cambio
literario, la consecuencia más conocida popularmente, bajo la discutida
denominación de "generación del 98", grupo de enorme importancia en nuestra
cultura, pero en el que no se suelen incluir a los grandes reformadores
sociales como Lucas Mallada, Ganivet, Picavea, Isern, Sánchez de Toca, y
gentes de la Institución Libre de Enseñanza como Altamira, Azcárate, Giner
y, sobre todo, claro es, a Joaquín Costa, quien, con sus mensajes a las
Cámaras Agrarias aragonesas había logrado la creación de una Asamblea
Nacional de Productores, y tras el Desastre y sus duros ataques al sistema
corrupto de la Restauración, junto a las Cámaras de Comercio y a los
propietarios agrarios castellanos de Santiago Alba formaría la Unión
Nacional, especie de nuevo tipo de partido político populista y muy
crítico con el sistema de la Restauración.
El
Regeneracionismo tuvo un importante eco en Aragón; hubo en él un claro
componente de resurgir aragonesista, pero se trataba de un aragonesismo
crítico, nada autocomplaciente y con proyección de futuro, más en lo
cultural que en lo político. Hubo también un claro contenido regnícola, un
deseo de recuperar y dar brillo a una tradición más o menos mítica, como
base para la reafirmación de los aragoneses en el presente y su proyección
hacia el futuro.
En ese
sentido habríamos de citar a los impulsores de la "Biblioteca de Autores
Aragoneses" que, entre 1876 y 1915 "rescató para la cultura aragonesa"
numerosas obras fundamentales de nuestra historia y cultura. Y a la
arquitectura, que evoca tiempos pasados con el neomudejarismo, o retorna al
estilo aragonés, y cuyo mayor representante es Ricardo Magdalena; o la
pintura, dominada igualmente por el historicismo. 0 revistas culturales como
la Miscelánea Turolense (1891‑1901), la Revista de Aragón"
(1900‑1905), la Revista de Huesca" (1903‑1905), el Boletín de
Historia y Geografía del Bajo Aragón (desde 1907), todas ellas
aparecidas en los años inmediatamente precedentes a la Exposición de 1908.
En
cuanto a la producción literaria el viejo y ya agotado costumbrismo típico
de la segunda mitad del XIX da paso a otro que rechaza los chistes fáciles,
los tópicos baturros, los estereotipos denigrantes, y en el que destacan
Romualdo Nogués, Polo y Peyrolón, Cosme Blasco, José María Matheu y
el de mayor vuelo, el que con más propiedad podríamos adscribir al
regeneracionismo, Luis López Allué. Y, en una segunda fila, por su frecuente
desmesura o su menor calidad, los M. Baselga, Pamplona Escudero, Casañal,
Sixto Celorrio, García Arista, Peiró ("Antón Pitaco"), etc. Junto a ellos,
otro tipo de escritores plenamente regeneracionistas como Pascual Queral y
los grandes científicos: el ya citado geólogo y paleontólogo Lucas Mallada,
el criminólogo Rafael Salillas, y el médico Santiago Ramón y Cajal.
5. La
generación de 1908
He
llamado hace más de un cuarto de siglo "generación de 1908" no sólo a los
organizadores del Certamen sino también a sus beneficiarios. Los más
importantes, quizá, aparecen en un célebre cuadro de Juan José Gárate. De
izquierda a derecha aparecen el propio pintor; el periodista Jerónimo Vicent,
el pintor Francisco Pradilla, Santiago Ramón y Cajal, el dramaturgo Marcos
Zapata, el político Segismundo moret, el escritor costumbrista José María
Matheu, el industrial Basilio Paraíso, el periodista Mariano de Cavia, el
sacerdote Florencio Jardiel. ¿Por qué falta Costa?. Quizá porque fue hecho
tras su muerte, en 1911, quizá porque esta generación, más joven, tiene
otros afanes...
Una
pista más: la "Revista Aragonesa", en su nº 8 (noviembre de 1907) da cuenta
del banquete celebrado el 7 de ese mes en el Hotel Europa, en gratitud a
cuantos han colaborado en el nº extraordinario de preparación del Centenario
de los Sitios. A la cena asistió la plana mayor de esta generación, muchos
de ellos, claro, ya los hemos visto en el cuadro de Gárate: anotamos los más
conocidos, los industriales Paraíso y Portolés; los juristas Marceliano
Isábal y José Gascón y Marín; los médicos Gimeno Riera, Félix Cerrada y
Marín Corralé; el banquero Juan Enrique Iranzo; los profesores Moneva,
Giménez Soler, Ripollés, Vicén, Ibarra; el arquitecto Félix Navarro; el
escultor Lasuén, el pintor Gárate; el abogado Valenzuela; los escritores
Pamplona Escudero y García Arista; los periodistas José García Mercadal y
Aznar Navarro; el fotógrafo Freudhental...
Precisamente este último obtuvo una placa memorable de la reunión, que pude
estudiar hace muchos años con detalle gracias a la ayuda de uno de los
presentes, don José García Mercadal, y a don Genaro Poza, algo más joven,
pero que me confirmó uno por uno los nombres de los asistentes.
Al
acto se adhirieron, además, por carta, otros muchos, como el catedrático y
médico Royo Villanova, el erudito Mariano de Pano, los escritores Casañal y
Sixto Celorrio, etc. Por otra parte, hay muchos otros que escriben en la
revista y no se excusan ni adhieren, ni falta que les hace: entresacamos a
Cavia, Blas y Ubide, Costa, Gil Berges, Dicenta, Domingo Gascón...
Y hay
más, aunque no todos con el aliento intelectual y científico de muchos de
los nombrados, citemos a algunos ilustres católicos, seguidores desde 1891
del mensaje modernizador y de mayor compromiso social del Papa León XIII, la
encíclica "Rerum Novarum", como los clérigos Florencio Jardiel, Juan Buj,
Pedro Dosset, Santiago Guallar y, sobre todo, una de las grandes cumbres de
la ciencia española, Miguel Asín Palacios, gran arabista y filólogo; los
catedráticos de la Universidad Hernández Fajarnés, Iranzo, La Figuera;
aristócratas como los marqueses del Valle Ameno y Montemuzo y el conde de la
Viñaza; el hombre de negocios y crítico de arte Mariano de Pano; el
novelista Pamplona Escudero, el jurista La Sala Valdés, el canonista y
pulsador cívico Juan Moneva y Puyol, el médico Félix Cerrada, el librero
Cecilio Gasca, el industrial Izuzquiza, el banquero y escritor M. Baselga,
los maestros Cándido Domingo y Ezequiel Solana, el director de la Escuela de
Comercio Juan Cancio Mena, el abogado Eduardo de No, el terrateniente Gaspar
Castellano.
Es
precisamente a la altura de 1908, fecha en que va a tener lugar la
Exposición Hispano‑Francesa, cuando puede decirse que culmina una gran
generación de esforzados científicos, escritores, artistas, periodistas,
gentes de negocios, profesores, y un largo etcétera, que creyeron en su
patria chica y lucharon por ella denodadamente: Aragón ha vuelto a encontrar
su camino, por mucho que quede por recorrer. Y, lo que es muy importante,
nunca un acontecimiento, hasta entonces, había convocado en Aragón tal serie
de personas, por su calidad, por su cantidad y variedad ideológica.
6. Los preparativos.
Debemos a la pluma de Enrique Bernad la indagación sobre cómo se fue
organizando la Exposición. Con suficiente antelación, en 1902, el
Ayuntamiento decidió "crear una Junta Magna para organizar tal celebración,
y llamar a colaborar a todas las fuerzas vivas zaragozanas, así como a
representaciones de todas las cabezas de partido aragonesas. La junta
organizadora preparó festejos y actos tradicionales; también se pensó en una
exposición industrial, sin poder especificar su magnitud, ya que se
desconocían los fondos económicos con los que se podía contar.
"Pero
en diciembre de 1906, el gobierno comunicó a la junta su decisión de
subvencionar el Centenario con dos millones y medio de pesetas.
Inmediatamente se creó en el seno de aquélla el comité ejecutivo de la
Exposición, presidido por Basilio Paraíso, quien se dedicaría intensamente a
planificar y realizar el magno certamen. Paraíso planteó la Exposición como
un acontecimiento económico y social moderno, acorde con las ideas que él
mismo defendiera años antes desde la Unión Nacional; como una muestra de la
moderna industrialización aragonesa (aunque concentrada en Zaragoza), así
como un proyecto de futuro para la economía regional, es decir, planteó la
Exposición también como un acontecimiento aragonés, de significado
regionalista; y, además, concibió el certamen como un acto de acercamiento y
reconciliación con Francia, país representante del progreso europeo al que
la burguesía regionalista aragonesa representada por Paraíso, aspiraba a
alcanzar algún día".
En
efecto, si con la Exposición, como es lógico, se trataba de rememorar
heroicas gestas zaragozanas pasadas y aprovecharse de la gloriosa efemérides
para un reforzamiento de la conciencia regional, de la preocupación
ciudadana, había el claro propósito de superar (¡había pasado un siglo!) los
lejanos enfrentamientos con Francia. Por una parte, realizando un esfuerzo
de comprensión histórica y un acercamiento internacional por encima de
viejos estereotipos; pero por otra, ese acercamiento al país vecino no
olvidaba que éste era un natural mercado para futuras transacciones
comerciales, que se deseaban fortalecer.
7. La
Exposición Hispano ‑ Francesa
El
Certamen, ubicado en la vieja Huerta de Santa Engracia e inaugurado el 1 de
mayo de 1908, servirá, como ya hemos adelantado, para remodelar todo el
sector urbanísticamente y abrir más allá del Huerva la nueva ciudad. Los
magníficos edificios, según puede verse en las preciosas fotografías de la
época, se debieron en buena parte al arquitecto Magdalena, otros a Lafiguera,
Yarza, Navarro o Bravo, y fueron decorados por escultores como Palao, Lasuén
Benlliure... Muchos todavía permanecen en pie en parte, cobijando los
futuros Museo de Bellas Artes, La Caridad, la Escuela de Artes y Oficios y
de Comercio, configurando la que primero se llamará plaza de Castelar, que
años después se completa con el grupo escolar Gascón y Marín, la Cruz Roja,
y otros emblemáticos edificios, alguno diseñado por Fernando García Mercadal.
La plaza, hoy precisamente llamada de Los Sitios, la más hermosa de la
ciudad, conserva en su centro el bello grupo escultórico diseñado para la
ocasión por Querol.
Pero
es que, además, como acaba de recordarnos Concha Lomba, no sólo esta zona,
sino que toda "la fisonomía de Zaragoza cambió sustancialmente al erigirse
el kiosko de la música, la fuente central, los monumentos... a Agustina de
Aragón [en la plaza del Portillo] y a la propia Exposición [en el inicio del
entonces paseo de Pamplona, hoy en el Parque Grande], la Cruz del Puente de
Piedra, el Obelisco del reducto del pilar y el Mausoleo de las Heroínas".
La
Exposición, magníficamente glosada en su "Libro de Oro", contó con numerosas
secciones, sitas en diversos edificios: el Pabellón Central, el Gran Casino,
el Pabellón Agrícola de la Casa Real, la sección del Ministerio de Fomento
(Agricultura, Montes, Caminos, el Canal de Aragón y Cataluña, recientemente
inaugurado); la Exposición Mariana, las de Arte (retrospectivo y
contemporáneo), la Sala Catalana, la de Pedagogía, Libros y Planos; la de
las Escuelas de Artes y Oficios; la de Patología; la de Economía Social; las
dedicadas a las industrias (de alimentación, mecánicas y manufactureras).
De
nuevo recurrimos a Enrique Bernad, que da cuenta de cómo "el problema del
agua fue tratado especialmente en la sección dedicada al Canal de Aragón y
Cataluña [que se había inaugurado hacía poco]. [También] "se instaló un
magnífico y amplio pabellón francés en el que hubo secciones de agricultura,
alimentación, varias industrias, arquitectura, pedagogía, economía social,
etc. y la muy llamativa para los zaragozanos de entonces dedicada a
presentar la industria automovilística francesa".
Además, se celebraron por aquellas fechas una serie de congresos: el de la
Exportación Agrícola Nacional, el Internacional de Turismo, el de las
Cámaras de Comercio, el de las Sociedades Económicas de Amigos del País, el
Histórico Internacional de la Guerra de la Independencia, el Pedagógico, el
católico de la Buena Prensa, el Congreso Mariano Nacional ... los del
Progreso de las Ciencias, de Naturalistas, sobre la Tuberculosis... Zaragoza
sonó en toda España, y sonó bien.
Las
repetidas visitas de Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia, la presencia
en otras ocasiones de la reina Madre María Cristina de Habsburgo, del líder
Antonio Maura, de otras muchas personalidades de toda España y muchas de
Francia y otros países, de numerosísimo público, hacen de Zaragoza un foco
de atracción y prestigio. Bernad estima que "el certamen fue un éxito, se
prolongó dos meses más de lo previsto; recibió a medio millón de visitantes,
entre los que hubo representantes de las ciencias, las artes, la economía,
la política, etc. Debe destacarse la presencia... de numerosos extranjeros,
de más de 36.500 obreros, así como la importante participación de Cataluña".
También fue ocasión de edición de numerosos estudios sobre Los Sitios por
Allué, Borobio, Lasala Valdés, Herrera Cerdá, G. Mercadal, etc., y de
ediciones de fuentes como la de la parte relativa a esos años del célebre
diario manuscrito de Faustino Casamayor... constituyen, sin duda, una
manifestación de primer orden, que sirve de "puesta de largo" de esta ciudad
que avanza en su industrialización, en sus proyectos y esperanzas.
Así lo
entiende Mariano de Pano, cronista oficial del Centenario de los Sitios, al
presentar el precioso volumen catálogo de la Exposición retrospectiva de
Arte: "Renace por momentos Aragón a la vida moderna; el espíritu de
asociación multiplica en él los esfuerzos y las aptitudes; cunden por todas
partes saludables iniciativas".
Precisamente sobre la otra sección de Arte, la de arte contemporáneo, ha
dicho Concha Lomba, a la que me complace citar de nuevo: "Gracias a esta
última, los ciudadanos tuvieron la oportunidad de admirar una selección de
artistas contemporáneos, franceses y españoles sobre todo; si bien es cierto
que la participación española no fue todo lo multitudinaria que habría
cabido esperar y que los aragoneses no estuvieron a la altura de los
acontecimientos. Entre los franceses destacó la presencia de figuras como
Rodin y Corot; entre los españoles, los vascos, y especialmente los
catalanes (Llimona, Blay, Fuxá, Mir, Ramón Casas, Masriera, Rusiñol ... );
entre los aragoneses se contaron Unceta, Marín Bagüés, Gárate, García Condoy,
Torres Clavero, Bueno, los fotógrafos Coyne, Escolá y Méndez León... y
Acevedo, que logró la medalla de oro en Artes Decorativas".
8.
Una consideración final
No
querría cansar más su atención, que agradezco mucho. Acaso únicamente
algunas consideraciones al hilo de la preparación para dentro de seis años
de un nuevo certamen conmemorativo de ambas fechas: la de 1808, porque
Zaragoza no debe olvidar nunca esos episodios de valor y entrega de sus
ciudadanos, uno de sus hechos históricos principales; la de 1908, porque es
muestra de una buena manera de conmemorar, un siglo después, la primera
efemérides. Hubo, incluso, un sesquicentenario en 1958, con bastantes actos
y publicaciones.
Aprendamos de 1908 muchas cosas: la preparación con tiempo y tiento; el
logro de ayudas oficiales; la convocatoria de todas las fuerzas vivas de la
sociedad, la economía y la cultura... y lo menos implicada posible la
política partidista. Y cuando he dicho todas esas fuerzas, no me he quedado
en Zaragoza ni en Aragón, sino, claro es, en toda España y en Francia y en
otros países de Europa y del mundo. La amplitud de miras, la variedad de
temas, incluyendo sin excluir. La mirada historicista, erudita,
rigurosamente científica hacia el pasado, editora de estudios y fuentes;
pero también la mirada hacia el futuro, que ha de deparar cuanto sepamos
lograr desde ahora mismo. Nada más, y muchas gracias.
Bibliografía del autor sobre el tema
1975,
Aragón Contemporáneo. Siglo XXI, Madrid, 204 pp.
1978,
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1989,
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1992,
(con C. Forcadell), Crecimiento económico, diversificación social y
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1999,
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económicas para obreros. Las habitaciones de alquiler barato en la
Exposición Universal de París en 1867, Zaragoza, IFC.
1999,
Zaragoza en el siglo XX, t. XIII de la Historia general ed. por el
Ayuntamiento.
[1]
Esta conferencia es una
reelaboración de diversos textos ya publicados por su autor,
fundamentalmente los que se señalan en la Bibliografía al final. Tomo
también algunos datos de Enrique Bemad, voz "Exposición Hispano‑Francesa" en
la GEA, tomo V, pag. 1309, y de Concha Lomba, artículo sobre 1908 en el tomo
IV Apéndice de la GEA (2001), pag. 239. |
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