Diario de una ciudad ocupada. Faustino Casamayor

Jueves 1 de julio de 1813

Se mantuvo la tropa en los mismos puntos, y por la tarde se pasó revista general en Torrero a toda la infantería y caballería por el general en jefe Clauzel asistido del general Paris y demás generales y toda la música.

Siguió la falta de pan y no cesó la tropa de entrarse los fascales de las eras en lo que padeció mucho la gente del campo, no obstante que el Ayuntamiento y junta de Contribuciones aprontaron cuanto se les pidió para su mantenimiento.

En vista de lo ocurrido, se previno mucha gente para salir al día siguiente con la tropa para Francia, no sólo del convoy, sino también de las autoridades y funcionarios, pero el general Paris no concedió licencia alguna, aunque sí mandó estuviesen todos listos y que las oficinas ligasen sus papeles, con otras providencias al intento, concediéndolo únicamente al Excelentísimo señor obispo gobernador, don fray Miguel Suárez de Santander, con su familia y canónigos de Huesca, quien pasó un oficio al Ilustrísimo Cabildo dándole noticia que las circunstancias no le permitían permanecer más tiempo en la ciudad ni arzobispado y que así nombrasen uno de sus individuos para que gobernase esta diócesis.

Todo el día fue un clamor por la escasez de pan porque, de resultas de haber pedido el general Clauzel 50.000 raciones para su ejército, no se vendió nada porque, como la tropa era tan perversa, la gente no quiso sacar a vender a la plaza cosa alguna de temor pues, así en las casas como en los cuarteles donde estuvieron alojados, lo robaban todo, y aun sucedió en el palacio de San Juan de los Panetes, ahora seminario conciliar, que se alojaron a 600, que no contentos con romper puertas y ventanas para quemarlas, se llevaron toda la plata de la sacristía, hasta el mismo copón. En Torrero, donde también hubo muchos, hicieron mil destrozos llevándose los muebles y enseres de los asalariados del Canal, e igualmente en el colegio de San Vicente, todo lo que hizo presente el barón de Paris al general Clauzel, afeándole la mala conducta de su tropa y que daría cuenta al mariscal [Suchet] y al emperador de su mal proceder, así en esto como en el daño causado a los labradores en la siega de sus campos, sobre cuyo particular estuvieron para sacar las espadas, llegando hasta querer hacer el general Clauzel un registro de las casas, o más bien un saqueo por su tropa, lo que no permitió Paris, a lo que debe estar agradecida esta ciudad, pues si su firmeza y valor no lo hubiera contenido se hubiere visto Zaragoza en un grande apuro, pero todo se contuvo y se dispuso a marchar al día siguiente.