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Vamos
a tratar de honores y condecoraciones respecto a Zaragoza y su provincia.
Puede ser una historia interesante, todavía por hacer. Aunque alguna vez
salga al paso la vanidad o cualquiera otra influencia, daremos siempre al
honor una preferencia única. Si la vanidad es condición humana, un
honor, otorgado en justicia, requiere inevitablemente cierta selección.
Ya
dijo Don Mendo:
Honor
que otorga el favor
¿para
qué, si no es honor?...
FUE
EN 1814...
El
segundo Sitio de Zaragoza terminó con la capitulación de la ciudad el día
20 de febrero de 1809. Zaragoza quedó en ruinas, dando al mundo un
ejemplo que imitar. En esas ruinas brillaba el rescoldo patriótico del
pueblo. Andando el tiempo aquel fervor tenía que dar sus frutos. Todos
los zaragozanos sentían la independencia patria como raíz substancial de
su fe. El patriotismo no cabía considerarlo como un producto estancado.
Fue nexo del patriotismo el Ejército. No podía ser otro. Durante los años
1808 y 1809 ese patriotismo estuvo despierto en virtud de una reacción
extranjerizante y anticatólica. El espíritu público lo mismo que la
opinión pública es un fenómeno que corresponde a la psicología de las
multitudes y que se percibe en el ambiente. Zaragoza ante los memorables
acontecimientos que vivió dio muestras de un elevado espíritu público.
Su aliento aparecía cargado de pasión nacional, de entusiasmo
desbordante hacia el Ejército. Este espíritu público constituyó la
mejor ofrenda que pudieron brindar nuestros antepasados. Cada zaragozano
en aquellos momentos estuvo obligado a dar por la causa de la
independencia cuanto tenía a su alcance. Y lo dio. Sólo de este modo
pudo recoger la Historia esta gloriosa epopeya.
Pasaron
unos años. Zaragoza se iba reponiendo lentamente. Para un alma noble no
cabía mejor recompensa que la interior satisfacción del deber cumplido.
Mas hablando sinceramente, complacía que entre tantos recuerdos brotase
la flor del agradecimiento. Eso ha ocurrido siempre. El general Palafox
quiso cultivar esa flor, y el rey Fernando VII recalcó su deseo.
Cuando
he tratado de airear tales recompensas, confieso haberme emocionado a la
vista de estas cruces que constituían el premio a unas acciones tan
heroicas. No era el valor material lo interesante, era la fuerza que
significaban de admirable solidaridad y colaboración patriótica. Porque
estas condecoraciones suponen en la intimidad de los descendientes, algo
vinculado a la vida por una cadena de afectos, de nostalgias y de
recuerdos. Evocan vicisitudes patrias, se ven de lejos como en un sueño,
y al contemplar tales insignias en una vitrina, igual que una joya de máxima
riqueza, son un timbre de gloria. ¿Cómo olvidarlas si implican algo
perpetuo, definitivo, algo que no puede borrarse jamás porque llevan un
recuerdo perenne?
A
raíz de los asedios franceses, Zaragoza conoció la primera recompensa de
esta especie. Tardó a concederse hasta agosto de 1814, una vez alejado el
enemigo de España. Así se demostró que el transcurso del tiempo, lejos
de fomentar el olvido, mantuvo firme el propósito. No hubo en el
otorgamiento ni en el móvil de atender una apetencia por influencias, ni
el afán de crearse una capillita, a la sombra del halago, ni el deseo de
satisfacer cualquier vanidad. Por eso, estudiado caso por caso, y haciéndose
justicia, el honor alcanzó más elevada estimación.
TEXTOS
INOLVIDABLES
Siendo
Capitán General del Reino de Aragón el general Palafox, le fué
transmitida por el Ministerio de la Guerra esta Real Orden:
Queriendo
el Rey dar a los valientes defensores de Zaragoza en el SEGUNDO
SITIO que sufrió aquella plaza una nueva prueba del aprecio
que le merecen, y condescendiendo con la instancia que le ha presentado
V.E. como Capitán General del Reino de Aragón, y otros Jefes y Oficiales
que concurrieron a sus órdenes a la mencionada defensa, se ha servido S.M.
conceder a todos los Generales, Jefes y Oficiales
que se hallaron en ella el distintivo de una cruz
en la casaca al lado izquierdo del pecho, pendiente de una cinta pajiza,
con las cuatro barras de Aragón de color encarnado, compuesta de corona
mural y cuatro brazos semejantes a la de San Juan con la diferencia de ser
éstos de color de sangre, y de que las extremidades no formen dos puntos
agudos, sino un plano en línea recta, estando ocupado el centro de esta
cruz que será un óvalo blanco, por una imagen de María Santísima bajo
el título del Pilar, circulada de una rama de laurel, con la inscripción
al reverso "EL REY A LOS DEFENSORES DE ZARAGOZA", todo
conforme al modelo que incluyo a V.E.
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Y para evitar los abusos que podrían introducirse en
las pretensiones a esta gracia confundiéndose los verdaderamente
acreedores con los que no lo sean, ha resuelto S.M. que para solicitarla
se le dirijan las instancias por conducto de los respectivos jefes acompañadas
solamente de una certificación que dará V.E. a cada uno en que acredite
haberse hallado y asistido con las armas en la mano al referido segundo
sitio en clase de oficiales precisamente, a fin de que en vista de esta
prueba que no podrá suplirse con otro documento, por autorizado que sea,
se le expida por mí la correspondiente cédula, sin la cual zelarán los
Jefes, bajo la más seria responsabilidad, que ninguno use de semejante
distinción; y quiere también Su Majestad que con objeto de que V. E.
pueda proceder en la expedición de aquellas certificaciones con el
acierto que conviene, forme una Junta a sus órdenes compuesta de tres
Jefes que se hubieren hallado en el sitio, si pudiese ser, los cuales
contribuirán a enterarle por indagaciones públicas o privadas de la
verdad de las pruebas que se le presentaren para pedir las referidas
certificaciones; en el concepto de que los que se hallan en la península,
han de promover sus instancias en el término de cuatro meses, contados
desde esta fecha, y de dos años los que existan en países de Ultramar,
pasados los cuales, no se dará curso, por motivo alguno a sus
solicitudes. De Real Orden de Su Majestad lo traslado a V.E. para su
noticia y gobierno. Dios guarde a V. E. muchos años. Palacio,
a 30 de agosto de 1814.
A LOS PAISANOS, TAMBIÉN
Pocas
fechas después fué comunicada esta otra Real Orden:
Al Capitán General del Reino de
Aragón, don Josef de Palafox, digo con ,esta fecha lo que sigue: He dado
cuenta al Rey de cuanto V.E. manifiesta en su papel de 4 del actual,
relativo a hacerse extensiva la gracia concedida a los Generales, Jefes y
Oficiales por el SEGUNDO SITIO de Zaragoza a los soldados
y habitantes de aquella ciudad; y S.M. queriendo dar repetidas
pruebas de cuán satisfecha está de los servicios y heroicos esfuerzos de
todos aquellos valientes defensores que cumplieron completamente con los
deberes de morir antes que rendirse al tirano usurpador, y dar a todos una
señal de su reconocimiento, por unas acciones tan gloriosas cuan dignas
de premio; ha tenido a bien ampliar la real orden
de 30 de agosto último (que fue relativa sólo a los Generales,
Jefes y Oficiales), mandando que todos los
soldados que hubieran contribuido a la defensa de Zaragoza en su segundo
sitio gocen igual del distintivo concedido a los Oficiales, con la
diferencia de ser de inferior calidad por no gravarles en sus cortos
haberes; y que los particulares que en aquella
memorable defensa se hubiesen distinguido en alguna acción extraordinaria
personal, o hubiesen recibido alguna herida, disfruten de la cruz que se
señala a esta última clase, procediéndose en esto con las mismas
formalidades que señala la referida real orden de 30 de agosto último.
De orden de S.M. lo traslado a V. para su noticia y gobierno. Dios guarde
a V. muchos años. Palacio, a 12 de septiembre de
1814.
DOS
CRUCES MAS
Quizá por más reciente sólo
hablaba la concesión de los defensores del Segundo Sitio. Había que
reparar un olvido. ¿Y los que intervinieron en el primero? ¿Y los que
tomaron parte en los dos? A llenar tal lapsus vinieron estas dos nuevas
disposiciones:
Convencido el Rey nuestro Señor
del singular mérito contraído por los valientes guerreros que con tanto
valor y bizarría defendieron la ciudad de Zaragoza en su PRIMER SITIO, y deseando darles un
testimonio público del aprecio que le merecen unos servicios, cuya
memoria servirá de gloria eterna a la Nación española, y de oprobio a
las huestes del tirano de la Francia, se ha dignado S.M. conceder, a
petición del Capitán General de los Ejércitos D. Josef de Palafox y del
Teniente General marqués de Lazán, una nueva cruz de distinción a todos
los individuos militares que con las armas
en la mano contribuyeron a la expresada defensa de la ciudad de Zaragoza
en su primer sitio, la cual será igual a la que
disfrutan los del segundo, con la diferencia de que el esmalte de las
aspas sea blanco, su centro rojo, y en lugar de la corona mural, corona olímpica.
Y queriendo S.M. al mismo tiempo disminuir los gastos que
indispensablemente ocasionarían a los individuos que se hallaron en los DOS
SITIOS por tener que usar dos cruces diferentes, ha tenido a
bien elegir una particular para los comprendidos en este caso, la cual se
compondrá de un círculo ovalado, con esmalte
azul celeste, y en su centro, la efigie de Nuestra Señora del Pilar con
dos palmas enlazadas; del mismo centro saldrán cuatro aspas iguales
esmaltadas de blanco y rojo, y en cada uno de los ángulos de ellas una
flor de lis, teniendo sobrepuesta al aspa inferior una corona olímpica, y
en la superior una mural; sobre el aspa superior habrá una corona Real de
oro, y de ésta saldrá un anillo para llevar la cruz pendiente del ojal
de la casaca con cinta celeste con cuatro filetes a los extremos
interpolando los colores rojo y amarillo.
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Los
que se hallen con derecho a esta nueva condecoración dirigirán sus
instancias por conducto de sus jefes respectivos a los Inspectores del
Arma de que dependan, quienes con su informe las remitirán al Ministerio
de mi cargo, en el concepto de que deberán verificarlo en el término de
dos meses los existentes en la península y de seis los de fuera de ella,
pues finalizado este término no se dará curso a ninguna instancia de
esta naturaleza. De Real Orden lo aviso a V. para su conocimiento y
efectos correspondientes. Dios guarde a V. muchos años. Palacio,
a 25 de marzo de 1817.
HONOR
A LOS ZARAGOZANOS
Días
más tarde llegó esta Circular del Ministerio de la Guerra:
Al
Capitán General de los reales ejércitos D. José de Palafox y Melzi digo
con fecha 4 de mayo actual (1817) lo que
sigue: Deseando el Rey nuestro Señor dar un público testimonio del
particular aprecio que le merecen los servicios; hechos durante su
cautiverio por los habitantes de la inmortal
Zaragoza, y especialmente los que contrajeron en
su primera memorable defensa, se ha servido S.M. condescendiendo con las
solicitudes de V.E. como Capitán General que fue de aquel Reino y del
actual marqués de Lazán, hacer extensiva a
todos los particulares que, con las armas en la mano contribuyeron
a inmortalizar la referida defensa, el mismo distintivo que con igual
motivo se dignó señalar a los individuos militares por su real orden de
25 de marzo próximo pasado, en el supuesto de que los particulares que
estuvieren anteriormente condecorados con la cruz dispensada a sus
defensores en el segundo sitio, y obtuviesen la del primero, deberán usar
el mismo distintivo que se ha señalado para los militares en igual caso;
con el fin de evitar abusos en la pretensión y uso de la referida
condecoración quiere S. M.
que los particulares que se consideren con derecho a ella lo expongan y
justifiquen ante la Junta que se deberá formar a las inmediatas órdenes
del Capitán General marqués de Lazán, a quien dirigirán todas sus
solicitudes en el término de dos meses, contados desde esta fecha; bien
entendido de que no tendrá efecto ninguna que carezca de este requisito.
AQUEL
REAL DECRETO...
Resultaba
perfectamente justificado que militares y paisanos ansiasen poseer tan
preciadas distinciones. Un Real Decreto dado en el Alcázar de Sevilla
el 9 de marzo de 1809 había matizado las acciones heroicas dándoles
un realce extraordinario. Su texto es éste:
Considerando el Rey nuestro señor D. Fernando
VII, y a su real nombre, la Junta Suprema gubernativa del reino, que los
servicios hechos a la Patria deben regularse más por el valor y por los
sacrificios que por el éxito, el cual muchas veces depende de la fortuna;
atendiendo a que Zaragoza no sólo no era inexpugnable, sino que,
considerada por principios militares, ni era defendible siquiera y sin
embargo ha hecho una defensa cual no se cuenta de plaza alguna en el
mundo, por fortificada que haya esta, a que los honores y recompensas que
se conceden a un pueblo tan benemérito de la patria, son para los que han
perecido, el justo premio debido a su valor y a su martirio: a los que han
quedado un motivo de consuelo y un auxilio necesario para moderar el rigor
de su infortunio, y a los demás un estímulo poderoso para que sigan su
ejemplo; conociendo que Zaragoza, presente siempre en la memoria de los
españoles, será un manantial perenne de acciones heroicas y virtudes cívicas,
que son las que han de salvar al Estado en la borrasca que le atormenta,
apreciando como es debido la gloria singular que resulta en la Nación
Española de la defensa admirable que ha hecho aquella ciudad, tan
preciosa a los ojos de la virtud y del patriotismo, como la más insigne
victoria; y queriendo, en fin, dar en señal de la alta estimación en que
tiene a Zaragoza y sus habitantes, en testimonio. tan singular y grandioso
como el mérito, sobre que recae, se ha servido decretar lo que sigue:
PRIMERO.-
Que Zaragoza, sus habitantes y guarnición sean tenidos por beneméritos
de la Patria, en un grado heroico y eminente.
SEGUNDO.-
Que luego que el digno y bizarro capitán general de Aragón sea
restituido a la libertad, para lo cual no se omitirá medio ninguno, la
junta, a nombre de la Nación, le dé aquella recompensa que sea más
digna de su constancia invencible, y de su vehemente patriotismo,
TERCERO.-
Que se conceda un grado a todos los oficiales que se han hallado en el
Sitio, y a los soldados se les considere con la graduación y sueldos de
sargentos.
CUARTO.-
Que todos los defensores de Zaragoza, sus vecinos y sus descendientes
gocen de la nobleza personal.
QUINTO.-
Que a las viudas y huérfanos de los que hubieren perecido en la defensa,
se les conceda por el Estado, una pensión proporcionada a su clase y
circunstancias.
SEXTO.-
Que el haberse hallado dentro de la plaza, durante el Sitio, sea un mérito
para ser atendido en las pretensiones.
SEPTIMO-
Que Zaragoza sea libre de todas las contribuciones por diez años,
contados desde el día en que se haga la paz.
OCTAVO.-
Que desde aquella época se empiecen a reedificar sus edificios públicos
a costa del Estado, con toda magnificencia.
NOVENO.-
Que en su plaza se erija un monumento para memoria perpetua del valor de
sus habitantes y de su gloriosa defensa.
DECIMO.-
Que en las de todas las capitales del reino se ponga desde ahora una
inscripción que contenga las circunstancias más heroicas de los dos
sitios que ha sufrido Zaragoza.
DECIMO
PRIMERO.- Que se acuñe una medalla en su honor como testimonio de
gratitud nacional por tan eminente servicio.
DECIMO
SEGUNDO.- Que a cualquiera ciudad de España que resista con la misma
constancia un sitio igualmente porfiado y tenaz se le conceda los mismos
honores y prerrogativas.
DECIMO
TERCERO.- Que se excite a los poetas y oradores españoles a ejercitar sus
talentos en un asunto tan sublime, y se ofrezca a nombre de la Nación un
premio de una medalla de oro y 100 doblones al que presente el mejor
poema, y otro igual al que escriba el discurso más bien trabajado sobre
este sitio inmortal; llevándose por objeto en una y otra obra, no sólo
recomendar a la memoria y admiración del siglo presente y de la
posteridad el valor, la constancia y patriotismo de Zaragoza, sino
inflamar con la mayor vehemencia el entusiasmo nacional, y llenar los
corazones españoles del mismo amor a la libertad, y del mismo horror a la
tiranía.
Tendreislo
entendido y dispondréis lo conveniente a su cumplimiento. -El Marqués de
Astorga, Vicepresidente. -Real Alcázar de Sevilla, 9 de Marzo de
1809. -A Don Martín de Garay.
Ante
el honor de poseer tan preciado galardón, surgieron infinidad de
peticiones. Salían "héroes" por todas Partes. Muchísimas
demandas quedaron desechadas. Estaban todavía muy próximos los hechos
cuando se publicaron las Reales Ordenes transcritas, para que el afán de
satisfacer una vanidad empañase la más estricta justicia. Por eso, con
extraordinaria minuciosidad fueron estudiadas las solicitudes cumpliendo
órdenes severas del general Palafox. De otro modo, prodigando las
concesiones, habrían perdido tan codiciadas cruces su valor intrínseco y
su elevada significación.
A
LOS CIEN AÑOS
Zaragoza
en su llanura preparaba la conmemoración de una manera especial. No podía
ser como las regiones de montaña que viven de los ecos. La llanura no
admite este juego acústico. Así como en la montaña una voz son cien
voces que rebotan de una oquedad a otra hasta perderse en un susurro, aquí
sólo era una voz sobria, precisa... menos que una voz seguramente. Los
horizontes, pasada una centuria, los conquistábames con el recuerdo y la
voluntad. Iba a celebrarse el Centenario de los Sitios de Zaragoza. La
ciudad se vestía de gala a partir del día primero de mayo de 1908, fecha
de inaugurar la Exposición Hispano-Francesa.
Independientemente
de la insignia de la Junta del Centenario, distintivo de cuantos la
integraban, se acordó crear la Medalla
del Centenario de los Sitios, encomendando el concurso abierto
para su confección entre artistas aragoneses a la Real Academia de Nobles
y Bellas Artes de San Luis. Los gastos se costearon con cargo a un legado
que dejó el acaudalado propietario don José Aznárez y Navarro, alcalde
que fué de Zaragoza, fallecido el 20 de enero de 1902.
Tomáronse
en el pliego de condiciones del concurso algunas prevenciones para que no
pudieran concurrir artistas extraños y burlasen el requisito de
aragonesismo con sólo estampar la firma un artista de la tierra. La
gloria debía quedar en Aragón. Aquella vez, menos mal, nos sentimos
francamente aragoneses.
| UN
SECRETO A VOCES
Tan pronto fueron expuestos
los bocetos, comenzó a enconarse el asunto. En la lucha de artistas para
obtener un fallo favorable y modelar tan interesante galardón, jugaron en
seguida toda clase de influencias. Antes de abrir las plicas, se conocían
los nombres de los autores, cosa fácilmente explicable, si éstos, al
buscar apoyo, comunicaban las características de su obra.
Recuerdo
que los alumnos de la Escuela de Industrias y Bellas Artes acudían a ver
la Exposición de bocetos como a terreno conquistado, Lo sabían todo con
plena seguridad. Esta medalla que lleva de lema "Por mi tierra'' es
de nuestro director don Dionisio Lasuén. Vamos a mirar esta titulada
"Iberia", presentada por don Ricardo Magdalena (hijo). Aquí
tenemos el lema "Edetania", de don Carlos Palao Ortubia. Para mí
-decía uno-ésta es la mejor, la que presenta el lema "LO que
Zaragoza vale” de don Emilio Fortún Sofi. En ese plan de absoluta
claridad iban exponiendo sus juicios los alumnos. Para uno más avispado y
enterado, la del señor Fortún no pedía lograr el premio. Conocía que
dicho señor no se dedicaba a modelar y que mediaba un industrial barcelonés
llamado Monserrat, con taller abierto en la calle de Balmes, de la Ciudad
Condal. Era el mismo que modeló los leones colocados junto al estanque en
el Parque del Retiro de Madrid. Ni para el experto alumno, ni para muchos
zaragozanos, hubo en el run run de la capital secreto alguno. ¡Abajo las
plicas! -escribía cierto periódico en un sendo y furibundo artículo.
Vox
populi. Seguía el Jurado sin reunirse para calificar y ya la Prensa daba
nombres y pormenores, y, lo que es peor, emitía juicios y apuntaba varias
deficiencias. Un periódico local, al pronunciarse decididamente por el
boceto de don Dionisio Lasuén, la tomó contra el que se creía
triunfante.
Conocido
el fallo del Jurado el 17 de febrero de 1908, declarando premiado el
boceto de don Carlos Palao y merecedor de un accésit el del señor Fortún,
se encresparon de nuevo los ánimos en determinado sector, más todavía
cuando supieron los comentaristas que se les tildaba de ignorantes. En
seguida apareció el articulista diciendo: "Que se nos acuse de
ignorantes es cosa de poca monta, porque los del Jurado pueden hacer como
aquel cura de Medinaceli que cada domingo ponía y quitaba reyes en
Castilla. Caer en un error no es un delito, es un achaque de la
inteligencia humana. No nos indigna el fallo pero sí nos
entristece".
Haciéndose
eco de los clamores de protesta, la casa Rodríguez y Compañía, de
Barcelona, por las razones que fueran, mandó una carta proponiendo que
para que no quedase inédita la obra escultórica de don Dionisio Lasuén
ante el acierto en la expresión de la remembranza de los épicos sucesos
de 1808 y 1809, ofrecía, si recibía el modelo en yeso, grabar sin
estipendio alguno los troqueles de la medalla aludida. Y, efectivamente,
en marzo de 1908 estaba hecha la segunda medalla conmemorativa,
naturalmente que sin curso oficial.
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SIGUIENDO
SU CAMINO
Al
margen de tales apreciaciones disidentes del fallo del Jurado, la Junta
del Centenario continuó su camino en busca de la declaración oficial del
distintivo y elevó una instancia al Gobierno. ¡Qué más se quiso
saber!...
Inmediatamente
surgió la voz del descontento. Conservo en mi archivo un artículo en el
que se leía: "Escasos deben ser los asuntos a tratar por la Comisión
ejecutiva cuando apenas comenzada la conmemoración ya se ocupa de las
recompensas y cursa al Rey por el buzón de Antonio Maura una
solicitud‑mensaje planeando el programa de las mismas. Resulta
espectáculo grotesco este aluvión de medallas, medallitas y medallones
que como nube de pedrisco se hincha sobre el caserío de la ciudad
inmortal amenazando dar con nosotros en el fangoso Asfáltites, de la
vanidad y del engolillamiento. Medallas de oro para las primeras partes,
de plata para los partiquinos y de cobre para coristas y guardarropía"...
En síntesis, eso decía. Ya era bastante. Con ello se entretenían y la
gozaban cuantos concedían al asunto una “enorme" importancia.
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