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Sin duda, uno
de los espacios más agradables de Zaragoza es la Plaza de Los Sitios y
sus alrededores. Hace cien años esta zona se repartía entre la huerta
del convento de Santa Catalina, el Jardín Botánico y, sobre todo, la
llamada Huerta de Santa Engracia, que abarcaba la inmensa explanada
delimitada por la calles Escar y San Miguel y los paseos de la Mina y de
la Constitución. Esta última había sido adquirida por el Ayuntamiento
en 1896 por la importante cantidad de ciento setenta mil pesetas y se
arrendaba para pastos y aprovechamiento de leña. Pero en 1902, cuando un
grupo de importantes ciudadanos decidió impulsar la celebración del
Primer Centenario de Los Sitios, todo ese espacio comenzó a sufrir una
transformación extraordinaria, pues estaba llamado a ser sede de uno de
los acontecimientos más significativos de tan magna conmemoración, la
Exposición Hispano-francesa, que tanto impulsó el desarrollo económico
y urbanístico de la ciudad.
En Los Sitios la zona resultó devastada, a excepción
del monasterio de Santa Engracia, cuya colosal estructura hizo que, pese a
la destrucción sufrida, quedase en pie lo suficiente para permitir el
regreso de los monjes hasta su abandono definitivo en 1835, como
consecuencia de la desamortización de Mendizábal. Especialmente
destacable era el soberbio claustro (aproximadamente en el cruce de las
calles Costa e Isaac Peral), mezcla de gótico-mudéjar y plateresco,
hermano mayor del Patio de la Infanta, con quien compartía autor, el
maestro Juan Sanz de Tudelilla. Tras unos años de utilización castrense,
fue derribado en 1908 para que la vetusta mole no quitara vistosidad a la
inminente inauguración de la Exposición. Clausurada ésta y desmontados
sus pabellones, se procedió a urbanizar la zona. Nació así la Plaza de
Castelar, luego de José Antonio y actualmente de los Sitios, denominación
muy acorde con sus orígenes y evolución histórica.
En
1808 ....
La
Puerta de Santa Engracia (a la altura del actual edificio de Correos) se
abría a la calle del mismo nombre (hoy Paseo de la Independencia), fue
escenario de sangrientos combates. El mismo día en que los franceses
llegaron ante Zaragoza, el 15 de junio, fue uno de los tres puntos del
ataque (junto con las Puertas del Carmen y del Portillo) con el que los
invasores pretendieron resolver de forma definitiva la toma de la ciudad.
Destacaron entonces la audacia y el arrojo con que el coronel Renovales
cerró la brecha que los lanceros polacos habían abierto.
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Era ésta una zona vulnerable: a excepción de los
gruesos muros del Real Monasterio de los Jerónimos de Santa Engracia,
todo el frente que, siguiendo el río Huerva, llevaba hasta la Puerta
Quemada (hoy calle Heroísmo) estaba cerrado por una tapia de apenas dos
metros de altura. Cierto es que se apoyaba en un terraplén revestido de
piedra y argamasa que caía con fuerte pendiente sobre la corriente del
Huerva (bajo el Paseo de la Constitución). Pero la dificultad que este
obstáculo podía presentar al atacante quedaba contrarrestada por
encontrarse en un saliente de la ciudad, lo que impedía el cruce de
fuegos de los defensores.
De ahí que el propio Napoleón indicara que las
brechas debían abrirse en ese lienzo de "murallas", como ocurrió
en el decidido esfuerzo francés del 4 de agosto. Tras un intenso
bombardeo y después de seis horas de encarnizados combates en los que se
disputó el terreno palmo a palmo, el invasor consiguió penetrar por la
huerta y el convento de Santa Engracia, y se apoderó del convento de
Santa Catalina y del Jardín Botánico, hasta alcanzar al mediodía la
Cruz del Coso; fue un momento crítico para la defensa, salvado gracias al
arrojo de varios grupos de paisanos.
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Hasta
el final del Primer Sitio, los combates fueron muy intensos a lo largo de
las calles de Santa Engracia y San Miguel.
Al levantar el sitio el 13 de agosto, los franceses volaron una parte del
monasterio, con tal precipitación que enterraron bajo los escombros a más
de doscientos de sus propios heridos que allí se albergaban.
En el Segundo Sitio, el espacio de la huerta quedó
vacío pues los defensores colocaron su batería principal en las tapias
del Jardín Botánico (donde hoy está el Café Monumental). De ahí que
el centro de gravedad de los combates se trasladara hacia el actual Paseo
de la Independencia. Pero la penetración se hizo igualmente atravesando
los muros de Santa Engracia. De nuevo la resistencia fue tan enérgica que
se hizo preciso volar las defensas con minas subterráneas para permitir a
los polacos del Segundo Regimiento del Vístula apoderarse del convento el
27 de enero de 1809. En esta ocasión el avance francés fue más lento y
sangriento, quedando detenido entre el Coso y Santa Catalina. En
definitiva todo el esfuerzo resultó inútil, pues la ciudad capituló el
21 de febrero.
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La Exposición Hispano-Francesa de 1908
El proyecto empezó a tomar forma en 1893, cuando
Segismundo Moret retomó la vieja propuesta de levantar en Zaragoza un gran
monumento conmemorativo de Los Sitios. Desde que en 1812 las Cortes de Cádiz
proclamaran el ejemplo de nuestra ciudad como modelo de resistencia, heroísmo y
sacrificio, y decidieran que era justo rendirle un homenaje de agradecimiento y
admiración, la nación entera estaba en deuda con la Zaragoza heroica.
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Y aunque había pasado mucho tiempo sin que se
materializara de ningún modo tal homenaje, el sentimiento seguía latente. La
proximidad de las fechas en que iba a cumplirse el Primer Centenario "de
los gloriosos asedios que pusieron a la ciudad de Zaragoza los exércitos del
infamante invasor extranjero" propició la creación de una Junta Magna
del Centenario, el 10 de mayo de 1902. Se formaron las correspondientes
comisiones y subcomisiones, y se comenzó a trabajar de inmediato. Desde el
primer momento se pensó en organizar una gran Exposición que no sólo
recordara las gestas de los defensores sino que sirviera también para hermanar
a los antiguos bandos enfrentados. Sin embargo, el Gobierno no dio su visto
bueno a la iniciativa hasta el 22 de enero de 1907, con una ley que la dotaba
con la importante cantidad de dos millones y medio de pesetas, obtenidos de
recargos en la Lotería Nacional.
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El Ayuntamiento se adelantó
poniendo generosamente a disposición del Comité Ejecutivo los terrenos de la
Huerta de Santa Engracia para la instalación de la Exposición, y se contó con
la estrecha y entusiasta colaboración de eminentes personalidades de la vida
activa zaragozana. Entre los más renombrados, Juan Moneva y Pujol, José
Valenzuela de La Rosa, José Gascón y Marín, Nicolás y Manuel de Escoriaza,
Gonzalo Calamita, Demetrio Galán, Averly, Lorenzo Pardo, Loscertales, Portolés,
Laguna de Rins...
Hemos citado unos pocos, pero fueron más de
trescientos los integrantes de las distintas Comisiones y Vocalías, que fueron
dando forma a tan extraordinario acontecimiento. En su construcción y
mantenimiento trabajaron cerca de 37.000 operarios. Mención muy especial merece
el que fuera magnífico coordinador de todos aquellos esfuerzos, D. Basilio Paraíso,
a cuyos desvelos y perfecto sentido de la organización se debe sin duda el éxito
alcanzado.
La Exposición se inauguró el 15 de mayo de 1908 y
se clausuró el 5 de diciembre. Y durante los siete meses en que se mantuvo
abierta (dos más de lo previsto) fue visitada por más de medio millón de
personas. Debe destacarse la presencia de los Reyes de España, en repetidas
ocasiones, y de numerosas personalidades políticas y culturales. Y es que el
recinto ferial pretendía recoger cuanto de novedoso había en los más diversos
campos de la técnica y la economía. Así, junto a pabellones dedicados a las
Bellas Artes, la Pedagogía o la Higiene había otros en los que se mostraban
los últimos progresos de la Agricultura, la Mecánica o las Industrias Químicas,
hasta un total de 17 secciones. Aragón, siempre sensible al problema del agua,
trató muy especialmente el tema en la dedicada al Canal de Aragón y Cataluña.
Y todo ello acompañado por un gran número de actividades culturales,
seminarios y congresos que convirtieron a Zaragoza en un foco de la atención
nacional. Se alcanzó así con creces el propósito de quienes habían lanzado
la idea, que no era sino aprovechar la ocasión del Centenario de los Sitios
para impulsar la ciudad hacia el futuro.
Una anécdota para la pequeña historia: la
exposición finalizó con superávit. Cerca de medio millón de las pesetas de
entonces pudieron ir a La Caridad, Beneficencia, Colonias Escolares, a remozar
el Gran Casino, etc.
Hoy día podemos recordar aquel acontecimiento al
pasear por la Plaza de Los Sitios, presidida por el gran Monumento, y el Parque
Primo de Rivera. En éste se pueden admirar el Quiosco de la Música diseñado
por los hermanos Martínez Ubago y, sobre todo, el monumento erigido en recuerdo
a la Exposición.
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“El
monumento más bello de Zaragoza”
De
forma tan categórica define la Guía Histórico-Artística
de Zaragoza al grupo escultórico de más de 19 metros de altura de la Plaza
de Los Sitios. Realizado por el escultor catalán Agustín Querol y Subirats,
fue inaugurado el 28 de octubre de 1908 por el rey Alfonso XIII. Su coste
ascendió a 150.000 pesetas, incluidas la escalinata y el zócalo.
Planteado como un diorama circular, encontramos
representadas diferentes escenas, alegorías y símbolos. Las palabras del Rey
cuando visitó el taller del escultor resumen perfectamente la sensación que
inspira: "Ya veo que, a pesar de su
fecunda producción en Europa y América, se reserva para su patria. Es de lo
mejor que he visto nunca. No admite elogios, se impone el silencio de un éxtasis
admirativo".
En
su cara anterior, bajo la inscripción “PATRIA” aparece Agustina de Aragón
en la batería del Portillo. La heroína es seguida por un grupo de paisanos y
artilleros, mientras al fondo se ve a Palafox ante la Torre Nueva. Al otro lado
del fuste, un grupo de mujeres, encabezado por la condesa de Bureta, arrastra un
cañón, en el que quizás sea el grupo más conseguido, tanto por la angustia
de los rostros como por la ternura del niño colgado del pecho de su madre. Al
fondo, la Virgen del Pilar observa el dramático cuadro.
En
un lateral vemos el episodio de la “Sublime Puerta” del Convento de Santa
Isabel. A sus pies aparece un canto mudo y solemne a la tragedia: un montón de
escombros y varias figuras que representan las secuelas de la guerra
(desesperación, dolor, hambre, ruina...). Y todo ello sobrevolado por el águila
napoleónica.
En
la cumbre, la figura de Zaragoza extiene de su mano como amparando a su
ciudad, mientras con la otra sostiene el escudo. A sus pies, el cadáver
de un baturro rodeado de laurel, cardo y pasionarias, símbolos de la
gloria, el patriotismo y la fe.
El
mismo esquema fue empleado por Querol para el conocido Monumento a la Carta Magna y las cuatro regiones argentinas o de
los Españoles, uno de los más importantes de Buenos Aires, no en vano es
dos veces y medio mayor que su antecesor zaragozano.
La Plaza de Los Sitios
Tras la clausura vino la reorganización del
espacio que había acogido a la Exposición. Casi todos los pabellones habían
sido construidos con arquitectura provisional, desmontable, de tipo modernista.
El "Quiosco de la Música" es un claro ejemplo: de su primitivo
emplazamiento fue desmontado una primera vez para ser instalado en el bulevar
peatonal de Independencia, frente a la calle Costa; de allí sería desplazado,
de nuevo a la Plaza de los Sitios, para ser finalmente llevado al Parque Primo
de Rivera.
La ordenación urbanística de la zona estaba hecha
desde mucho antes, siguiendo los planes del insigne arquitecto municipal Ricardo
Magdalena Tabuenca. Así, tras el desmontaje de los pabellones provisionales, el
26 de febrero de 1909 nacía la Plaza de Castelar, que fue siendo ampliada y
completada paulatinamente: en 1911 comenzó la construcción del Grupo Escolar
“Gascón y Marín”, terminado en 1919, y en 1912 se trasladaba el Jardín
Botánico, permitiendo el enlace con las calles de Felipe Sanclemente (otro
olvidado héroe de los Sitios) y Jerónimo Zurita. Pero no fue hasta los años
20 cuando la iniciativa privada dio un fuerte impulso a la construcción de los
elegantes edificios que hoy conocemos.
Pero, ¿qué queda hoy de la Exposición?. Sólo
los tres edificios construidos con carácter permanente, que han llegado hasta
nosotros en su ubicación original aunque remodelados. El primero, el Palacio de
los Museos, actual Museo de Zaragoza, que albergó las exposiciones artísticas.
Se merece un artículo por sí mismo, tanto por la calidad de su diseño como
por la importancia de sus fondos arqueológicos y artísticos. Aquí sólo
queremos invitar al paseante a que admire en su fachada las estatuas alegóricas
de las Bellas Artes y los medallones dedicados a importantes artistas; a que
entre (es gratuito) y contemple su magnífico patio, admire la escalera dedicada
a los Héroes de Los Sitios y disfrute de los cuadros con escenas de la Guerra
de la Independencia y su época, entre ellos varios Goyas.
El segundo, el llamado Edificio de la Caridad, en
la calle Moret. Y el tercero, el que más vicisitudes ha sufrido, el entonces
llamado Edificio de Escuelas (Textiles, Economía Social e Industrias),
posteriormente Escuela de Comercio y Biblioteca Pública de la Ciudad, hasta
hace muy pocos años Escuela de Artes y Oficios, y actual Escuela de Artes
Aplicadas y Escuela Universitaria de Estudios Empresariales. Sus fachadas han
permanecido intactas a lo largo de todas esas transformaciones, con sus estolas
repletas de nombres y fechas, en recuerdo de algunos de los principales
defensores, tanto civiles como militares. Pero sus estructuras accesorias han
sufrido apreciables (y lamentables) mutilaciones. Han desaparecido los espigados
adornos que remataban los seis pilares exteriores (cuatro en las esquinas de la
planta base más dos en el antecuerpo de entrada), un barroco balconcillo en
friso almenado en lanzas y el aguzado y orgulloso cupulín con soberbio reloj.
Del trabajo global de la Junta del Centenario queda
mucho más. Se inauguraron por toda la ciudad numerosas lápidas conmemorativas
de los principales hechos y personajes de Los Sitios, se remodeló la Plaza del
Portillo, embelleciéndola con el Monumento a Agustina de Aragón y demás heroínas,
se editaron múltiples trabajos de investigación histórica, memorias de
combatientes, tanto españoles como franceses...
El monumento a la Exposición Hispano-francesa
Perdido al fondo de la Avenida
de los Bearneses, en el Parque Primo de Rivera, se encuentra el monumento
que Zaragoza dedicó a su Exposición de 1908. Aunque rodeado de jardines,
suscita una lamentable impresión de descuido y abandono, al que contribuyen no
poco las inclementes, y parece que inevitables, pintadas. Mal cumple su
compromiso de alzarse "EN HONOR DE BASILIO PARAISO", según reza su
leyenda frontal.
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Como la Exposición había logrado tan
extraordinario éxito, la ciudad estimó que el acontecimiento y su organizador,
Basilio Paraíso Lasús, merecían un reconocimiento imperecedero. Por ello se
hizo el encargo a dos afamados escultores catalanes, los hermanos Miguel y
Luciano Oslé, que conjugaron, en una composición alegórica muy al gusto de la
época, los deseos de paz con la vecina Francia
“ayer enemiga y hoy hermana” con la decidida apuesta de progreso de la
Zaragoza mercantil e industrial del momento. El monumento iría colocado en una
plaza que por acuerdo del Ayuntamiento recibiría el nombre de Paraíso.
De inspiración francesa y con diseño de Ricardo
Magdalena Gallifa (hijo del artífice de la Exposición) muestra al amigable
aunque poderoso león zaragozano flanqueado por la Industria y el Comercio,
simbolizados en dos robustos angelotes con sus correspondientes atributos,
caduceo, casco alado y triunfo. Las caras del basamento muestran escenas
relativas a la Agricultura y las Artes, y en una de ellas un reconocimiento a la
Exposición, distinguiéndose claramente algunos de los pabellones. Y con el
busto de Paraíso en el frontal.
Inaugurado el 16 de enero de 1910, el acto no contó
con la presencia de Paraíso. El exagerado sentido de la modestia de D. Basilio
le llevó a excusar su asistencia y, pretextando motivos de salud, se ausentó
de la ciudad, con lo que se privó del merecido aplauso de sus conciudadanos. Es
más, sus reiteradas declaraciones "como
hombre de trabajo, sencillo y sin ambiciones" que no hallaba modo
"de compaginar la exageración de la propuesta con mi humildad y pequeñez"
le llevaron a solicitar que no se colocase su busto. De modo que el monumento
fue inaugurado con todo el boato previsto, pero sin presencia alguna de Paraíso.
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Estuvo emplazado frente a la Facultad de Medicina y
Ciencias hasta mayo de 1947, cuando las necesidades urbanísticas hicieron que
fuera desmontado. En septiembre de 1951 se ubicó en su actual emplazamiento. Y
en una fría y nevada mañana de enero de 1952, veintitrés años después de su
muerte, una reducida comisión municipal colocó por fin el busto de Basilio
Paraíso en el pedestal que le aguardaba desde 1908.
No cabe duda que en el Primer Centenario de los
Sitios se consiguió, con el esfuerzo de todos, una adecuada celebración del más
importante hecho histórico protagonizado por Zaragoza. Todo un modelo a seguir
para cuantos pretendemos que la heroica defensa de nuestros antepasados no caiga
en el olvido y se conmemore en su Segundo Centenario, próximo ya, con un brillo
similar al alcanzado en 1908. ¿Seremos capaces?
Para saber más:
Expo Zaragoza 2008
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