VIAJAR POR ARAGÓN

Octubre de 2002

 


LA HUERTA DE SANTA ENGRACIA:
ESPACIO DEL PASADO, EJEMPLO PARA EL FUTURO

Francisco Escribano y Santiago Gonzalo.

 

 
 

Sin duda, uno de los espacios más agradables de Zaragoza es la Plaza de Los Sitios y sus alrededores. Hace cien años esta zona se repartía entre la huerta del convento de Santa Catalina, el Jardín Botánico y, sobre todo, la llamada Huerta de Santa Engracia, que abarcaba la inmensa explanada delimitada por la calles Escar y San Miguel y los paseos de la Mina y de la Constitución. Esta última había sido adquirida por el Ayuntamiento en 1896 por la importante cantidad de ciento setenta mil pesetas y se arrendaba para pastos y aprovechamiento de leña. Pero en 1902, cuando un grupo de importantes ciudadanos decidió impulsar la celebración del Primer Centenario de Los Sitios, todo ese espacio comenzó a sufrir una transformación extraordinaria, pues estaba llamado a ser sede de uno de los acontecimientos más significativos de tan magna conmemoración, la Exposición Hispano-francesa, que tanto impulsó el desarrollo económico y urbanístico de la ciudad.

En Los Sitios la zona resultó devastada, a excepción del monasterio de Santa Engracia, cuya colosal estructura hizo que, pese a la destrucción sufrida, quedase en pie lo suficiente para permitir el regreso de los monjes hasta su abandono definitivo en 1835, como consecuencia de la desamortización de Mendizábal. Especialmente destacable era el soberbio claustro (aproximadamente en el cruce de las calles Costa e Isaac Peral), mezcla de gótico-mudéjar y plateresco, hermano mayor del Patio de la Infanta, con quien compartía autor, el maestro Juan Sanz de Tudelilla. Tras unos años de utilización castrense, fue derribado en 1908 para que la vetusta mole no quitara vistosidad a la inminente inauguración de la Exposición. Clausurada ésta y desmontados sus pabellones, se procedió a urbanizar la zona. Nació así la Plaza de Castelar, luego de José Antonio y actualmente de los Sitios, denominación muy acorde con sus orígenes y evolución histórica.

En 1808 ....
 
          La Puerta de Santa Engracia (a la altura del actual edificio de Correos) se abría a la calle del mismo nombre (hoy Paseo de la Independencia), fue escenario de sangrientos combates. El mismo día en que los franceses llegaron ante Zaragoza, el 15 de junio, fue uno de los tres puntos del ataque (junto con las Puertas del Carmen y del Portillo) con el que los invasores pretendieron resolver de forma definitiva la toma de la ciudad. Destacaron entonces la audacia y el arrojo con que el coronel Renovales cerró la brecha que los lanceros polacos habían abierto.
 

            Era ésta una zona vulnerable: a excepción de los gruesos muros del Real Monasterio de los Jerónimos de Santa Engracia, todo el frente que, siguiendo el río Huerva, llevaba hasta la Puerta Quemada (hoy calle Heroísmo) estaba cerrado por una tapia de apenas dos metros de altura. Cierto es que se apoyaba en un terraplén revestido de piedra y argamasa que caía con fuerte pendiente sobre la corriente del Huerva (bajo el Paseo de la Constitución). Pero la dificultad que este obstáculo podía presentar al atacante quedaba contrarrestada por encontrarse en un saliente de la ciudad, lo que impedía el cruce de fuegos de los defensores.

          De ahí que el propio Napoleón indicara que las brechas debían abrirse en ese lienzo de "murallas", como ocurrió en el decidido esfuerzo francés del 4 de agosto. Tras un intenso bombardeo y después de seis horas de encarnizados combates en los que se disputó el terreno palmo a palmo, el invasor consiguió penetrar por la huerta y el convento de Santa Engracia, y se apoderó del convento de Santa Catalina y del Jardín Botánico, hasta alcanzar al mediodía la Cruz del Coso; fue un momento crítico para la defensa, salvado gracias al arrojo de varios grupos de paisanos.
 

          Hasta el final del Primer Sitio, los combates fueron muy intensos a lo largo de las calles de Santa Engracia y San Miguel. Al levantar el sitio el 13 de agosto, los franceses volaron una parte del monasterio, con tal precipitación que enterraron bajo los escombros a más de doscientos de sus propios heridos que allí se albergaban.

          En el Segundo Sitio, el espacio de la huerta quedó vacío pues los defensores colocaron su batería principal en las tapias del Jardín Botánico (donde hoy está el Café Monumental). De ahí que el centro de gravedad de los combates se trasladara hacia el actual Paseo de la Independencia. Pero la penetración se hizo igualmente atravesando los muros de Santa Engracia. De nuevo la resistencia fue tan enérgica que se hizo preciso volar las defensas con minas subterráneas para permitir a los polacos del Segundo Regimiento del Vístula apoderarse del convento el 27 de enero de 1809. En esta ocasión el avance francés fue más lento y sangriento, quedando detenido entre el Coso y Santa Catalina. En definitiva todo el esfuerzo resultó inútil, pues la ciudad capituló el 21 de febrero.

La Exposición Hispano-Francesa de 1908

El proyecto empezó a tomar forma en 1893, cuando Segismundo Moret retomó la vieja propuesta de levantar en Zaragoza un gran monumento conmemorativo de Los Sitios. Desde que en 1812 las Cortes de Cádiz proclamaran el ejemplo de nuestra ciudad como modelo de resistencia, heroísmo y sacrificio, y decidieran que era justo rendirle un homenaje de agradecimiento y admiración, la nación entera estaba en deuda con la Zaragoza heroica.

          Y aunque había pasado mucho tiempo sin que se materializara de ningún modo tal homenaje, el sentimiento seguía latente. La proximidad de las fechas en que iba a cumplirse el Primer Centenario "de los gloriosos asedios que pusieron a la ciudad de Zaragoza los exércitos del infamante invasor extranjero" propició la creación de una Junta Magna del Centenario, el 10 de mayo de 1902. Se formaron las correspondientes comisiones y subcomisiones, y se comenzó a trabajar de inmediato. Desde el primer momento se pensó en organizar una gran Exposición que no sólo recordara las gestas de los defensores sino que sirviera también para hermanar a los antiguos bandos enfrentados. Sin embargo, el Gobierno no dio su visto bueno a la iniciativa hasta el 22 de enero de 1907, con una ley que la dotaba con la importante cantidad de dos millones y medio de pesetas, obtenidos de recargos en la Lotería Nacional.


          El Ayuntamiento se adelantó poniendo generosamente a disposición del Comité Ejecutivo los terrenos de la Huerta de Santa Engracia para la instalación de la Exposición, y se contó con la estrecha y entusiasta colaboración de eminentes personalidades de la vida activa zaragozana. Entre los más renombrados, Juan Moneva y Pujol, José Valenzuela de La Rosa, José Gascón y Marín, Nicolás y Manuel de Escoriaza, Gonzalo Calamita, Demetrio Galán, Averly, Lorenzo Pardo, Loscertales, Portolés, Laguna de Rins...

Hemos citado unos pocos, pero fueron más de trescientos los integrantes de las distintas Comisiones y Vocalías, que fueron dando forma a tan extraordinario acontecimiento. En su construcción y mantenimiento trabajaron cerca de 37.000 operarios. Mención muy especial merece el que fuera magnífico coordinador de todos aquellos esfuerzos, D. Basilio Paraíso, a cuyos desvelos y perfecto sentido de la organización se debe sin duda el éxito alcanzado.

La Exposición se inauguró el 15 de mayo de 1908 y se clausuró el 5 de diciembre. Y durante los siete meses en que se mantuvo abierta (dos más de lo previsto) fue visitada por más de medio millón de personas. Debe destacarse la presencia de los Reyes de España, en repetidas ocasiones, y de numerosas personalidades políticas y culturales. Y es que el recinto ferial pretendía recoger cuanto de novedoso había en los más diversos campos de la técnica y la economía. Así, junto a pabellones dedicados a las Bellas Artes, la Pedagogía o la Higiene había otros en los que se mostraban los últimos progresos de la Agricultura, la Mecánica o las Industrias Químicas, hasta un total de 17 secciones. Aragón, siempre sensible al problema del agua, trató muy especialmente el tema en la dedicada al Canal de Aragón y Cataluña. Y todo ello acompañado por un gran número de actividades culturales, seminarios y congresos que convirtieron a Zaragoza en un foco de la atención nacional. Se alcanzó así con creces el propósito de quienes habían lanzado la idea, que no era sino aprovechar la ocasión del Centenario de los Sitios para impulsar la ciudad hacia el futuro.

Una anécdota para la pequeña historia: la exposición finalizó con superávit. Cerca de medio millón de las pesetas de entonces pudieron ir a La Caridad, Beneficencia, Colonias Escolares, a remozar el Gran Casino, etc.

Hoy día podemos recordar aquel acontecimiento al pasear por la Plaza de Los Sitios, presidida por el gran Monumento, y el Parque Primo de Rivera. En éste se pueden admirar el Quiosco de la Música diseñado por los hermanos Martínez Ubago y, sobre todo, el monumento erigido en recuerdo a la Exposición.  

“El monumento más bello de Zaragoza”

De forma tan categórica define la Guía Histórico-Artística de Zaragoza al grupo escultórico de más de 19 metros de altura de la Plaza de Los Sitios. Realizado por el escultor catalán Agustín Querol y Subirats, fue inaugurado el 28 de octubre de 1908 por el rey Alfonso XIII. Su coste ascendió a 150.000 pesetas, incluidas la escalinata y el zócalo.

Planteado como un diorama circular, encontramos representadas diferentes escenas, alegorías y símbolos. Las palabras del Rey cuando visitó el taller del escultor resumen perfectamente la sensación que inspira: "Ya veo que, a pesar de su fecunda producción en Europa y América, se reserva para su patria. Es de lo mejor que he visto nunca. No admite elogios, se impone el silencio de un éxtasis admirativo".

En su cara anterior, bajo la inscripción “PATRIA” aparece Agustina de Aragón en la batería del Portillo. La heroína es seguida por un grupo de paisanos y artilleros, mientras al fondo se ve a Palafox ante la Torre Nueva. Al otro lado del fuste, un grupo de mujeres, encabezado por la condesa de Bureta, arrastra un cañón, en el que quizás sea el grupo más conseguido, tanto por la angustia de los rostros como por la ternura del niño colgado del pecho de su madre. Al fondo, la Virgen del Pilar observa el dramático cuadro.

  En un lateral vemos el episodio de la “Sublime Puerta” del Convento de Santa Isabel. A sus pies aparece un canto mudo y solemne a la tragedia: un montón de escombros y varias figuras que representan las secuelas de la guerra (desesperación, dolor, hambre, ruina...). Y todo ello sobrevolado por el águila napoleónica.  

En la cumbre, la figura de Zaragoza extiene de su mano como amparando a su ciudad, mientras con la otra sostiene el escudo. A sus pies, el cadáver de un baturro rodeado de laurel, cardo y pasionarias, símbolos de la gloria, el patriotismo y la fe.

El mismo esquema fue empleado por Querol para el conocido Monumento a la Carta Magna y las cuatro regiones argentinas o de los Españoles, uno de los más importantes de Buenos Aires, no en vano es dos veces y medio mayor que su antecesor zaragozano.

La Plaza de Los Sitios

Tras la clausura vino la reorganización del espacio que había acogido a la Exposición. Casi todos los pabellones habían sido construidos con arquitectura provisional, desmontable, de tipo modernista. El "Quiosco de la Música" es un claro ejemplo: de su primitivo emplazamiento fue desmontado una primera vez para ser instalado en el bulevar peatonal de Independencia, frente a la calle Costa; de allí sería desplazado, de nuevo a la Plaza de los Sitios, para ser finalmente llevado al Parque Primo de Rivera.

La ordenación urbanística de la zona estaba hecha desde mucho antes, siguiendo los planes del insigne arquitecto municipal Ricardo Magdalena Tabuenca. Así, tras el desmontaje de los pabellones provisionales, el 26 de febrero de 1909 nacía la Plaza de Castelar, que fue siendo ampliada y completada paulatinamente: en 1911 comenzó la construcción del Grupo Escolar “Gascón y Marín”, terminado en 1919, y en 1912 se trasladaba el Jardín Botánico, permitiendo el enlace con las calles de Felipe Sanclemente (otro olvidado héroe de los Sitios) y Jerónimo Zurita. Pero no fue hasta los años 20 cuando la iniciativa privada dio un fuerte impulso a la construcción de los elegantes edificios que hoy conocemos.

Pero, ¿qué queda hoy de la Exposición?. Sólo los tres edificios construidos con carácter permanente, que han llegado hasta nosotros en su ubicación original aunque remodelados. El primero, el Palacio de los Museos, actual Museo de Zaragoza, que albergó las exposiciones artísticas. Se merece un artículo por sí mismo, tanto por la calidad de su diseño como por la importancia de sus fondos arqueológicos y artísticos. Aquí sólo queremos invitar al paseante a que admire en su fachada las estatuas alegóricas de las Bellas Artes y los medallones dedicados a importantes artistas; a que entre (es gratuito) y contemple su magnífico patio, admire la escalera dedicada a los Héroes de Los Sitios y disfrute de los cuadros con escenas de la Guerra de la Independencia y su época, entre ellos varios Goyas.

El segundo, el llamado Edificio de la Caridad, en la calle Moret. Y el tercero, el que más vicisitudes ha sufrido, el entonces llamado Edificio de Escuelas (Textiles, Economía Social e Industrias), posteriormente Escuela de Comercio y Biblioteca Pública de la Ciudad, hasta hace muy pocos años Escuela de Artes y Oficios, y actual Escuela de Artes Aplicadas y Escuela Universitaria de Estudios Empresariales. Sus fachadas han permanecido intactas a lo largo de todas esas transformaciones, con sus estolas repletas de nombres y fechas, en recuerdo de algunos de los principales defensores, tanto civiles como militares. Pero sus estructuras accesorias han sufrido apreciables (y lamentables) mutilaciones. Han desaparecido los espigados adornos que remataban los seis pilares exteriores (cuatro en las esquinas de la planta base más dos en el antecuerpo de entrada), un barroco balconcillo en friso almenado en lanzas y el aguzado y orgulloso cupulín con soberbio reloj.

         Del trabajo global de la Junta del Centenario queda mucho más. Se inauguraron por toda la ciudad numerosas lápidas conmemorativas de los principales hechos y personajes de Los Sitios, se remodeló la Plaza del Portillo, embelleciéndola con el Monumento a Agustina de Aragón y demás heroínas, se editaron múltiples trabajos de investigación histórica, memorias de combatientes, tanto españoles como franceses...  

El monumento a la Exposición Hispano-francesa

Perdido al fondo de la Avenida de los Bearneses, en el Parque Primo de Rivera, se encuentra el monumento que Zaragoza dedicó a su Exposición de 1908. Aunque rodeado de jardines, suscita una lamentable impresión de descuido y abandono, al que contribuyen no poco las inclementes, y parece que inevitables, pintadas. Mal cumple su compromiso de alzarse "EN HONOR DE BASILIO PARAISO", según reza su leyenda frontal.

 

Como la Exposición había logrado tan extraordinario éxito, la ciudad estimó que el acontecimiento y su organizador, Basilio Paraíso Lasús, merecían un reconocimiento imperecedero. Por ello se hizo el encargo a dos afamados escultores catalanes, los hermanos Miguel y Luciano Oslé, que conjugaron, en una composición alegórica muy al gusto de la época, los deseos de paz con la vecina Francia “ayer enemiga y hoy hermana” con la decidida apuesta de progreso de la Zaragoza mercantil e industrial del momento. El monumento iría colocado en una plaza que por acuerdo del Ayuntamiento recibiría el nombre de Paraíso.

De inspiración francesa y con diseño de Ricardo Magdalena Gallifa (hijo del artífice de la Exposición) muestra al amigable aunque poderoso león zaragozano flanqueado por la Industria y el Comercio, simbolizados en dos robustos angelotes con sus correspondientes atributos, caduceo, casco alado y triunfo. Las caras del basamento muestran escenas relativas a la Agricultura y las Artes, y en una de ellas un reconocimiento a la Exposición, distinguiéndose claramente algunos de los pabellones. Y con el busto de Paraíso en el frontal.

Inaugurado el 16 de enero de 1910, el acto no contó con la presencia de Paraíso. El exagerado sentido de la modestia de D. Basilio le llevó a excusar su asistencia y, pretextando motivos de salud, se ausentó de la ciudad, con lo que se privó del merecido aplauso de sus conciudadanos. Es más, sus reiteradas declaraciones "como hombre de trabajo, sencillo y sin ambiciones" que no hallaba modo "de compaginar la exageración de la propuesta con mi humildad y pequeñez" le llevaron a solicitar que no se colocase su busto. De modo que el monumento fue inaugurado con todo el boato previsto, pero sin presencia alguna de Paraíso.


          Estuvo emplazado frente a la Facultad de Medicina y Ciencias hasta mayo de 1947, cuando las necesidades urbanísticas hicieron que fuera desmontado. En septiembre de 1951 se ubicó en su actual emplazamiento. Y en una fría y nevada mañana de enero de 1952, veintitrés años después de su muerte, una reducida comisión municipal colocó por fin el busto de Basilio Paraíso en el pedestal que le aguardaba desde 1908.

No cabe duda que en el Primer Centenario de los Sitios se consiguió, con el esfuerzo de todos, una adecuada celebración del más importante hecho histórico protagonizado por Zaragoza. Todo un modelo a seguir para cuantos pretendemos que la heroica defensa de nuestros antepasados no caiga en el olvido y se conmemore en su Segundo Centenario, próximo ya, con un brillo similar al alcanzado en 1908. ¿Seremos capaces?