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Una
de las figuras más ingratamente olvidadas en los relatos épico-gloriosos
de los Sitios, es sin duda,
D. Antonio
de Torres Gimeno. Militar
profesional y hombre de gran prestigio en Zaragoza, fue el
primer comandante de la Aljafería sublevada, donde quedó de
garante del depósito de armas y de los prisioneros-las
depuestas autoridades- allí encarcelados. Leal
a Palafox desde el principio, intervino fogosamente en su
proclamación como Caudillo. Se distinguió al mando de la Compañía
de Fusileros de Aragón (llamados popularmente miñones) en
la Batalla de las Eras ya mencionada (Casamayor califica
de decisiva su intervención), e igualmente en la peligrosísima
embestida francesa del 2 de julio. Palafox premió su valerosa y
determinante actuación con el ascenso a brigadier. D.
Jerónimo de Torres, padre de D. Antonio de Torres Jimeno y de
su hermano Jerónimo (que ostentaban los grados de Coronel y
Tte. Coronel respectivamente, en mayo de 1808) fue el primer
capitán y organizador de la Compañía de Miñones, en 1766. Se
trataba de una tropa escogida compuesta por 200 hombres, a modo
de "Guardia Civil", y que serían la base de los
futuros Fusileros del Reino, organizados ya por los segundos
Torres, y que se distinguieron gloriosamente en los Asedios. Pero
sus más gloriosas (y a la vez amargas) horas, por las que bien
pudiera merecer el título de salvador de Zaragoza (así lo
reconoce el General de la Sala Valdés), corresponden a la
triste jornada del 4 de Agosto. En
ese día en efecto, y viéndose la ciudad perdida,
Palafox
determinó pasar el Ebro con su Estado Mayor- para reunirse con
las tropas acantonadas entre Pina y Osera, e intentar crear una
situación de contraataque. Su cargo de General en Jefe de los
Ejércitos de Aragón, así se lo exigía. Difícil decisión la
que debió tomar el General Palafox, sabedor de una parte, del
gran efecto moral que su partida produciría, y comprendiendo de
otra, el inútil sacrificio que suponía dejarse coger
tontamente. Y a riesgo además, de sufrir menoscabo en su honor,
por ser mal interpretado. Incluso Casamayor sabedor de una
parte, del gran efecto moral que su partida produciría, y
comprendiendo de otra, el inútil sacrificio que suponía
dejarse coger tontamente. Y a riesgo además, de sufrir
menoscabo en su honor, por ser mal interpretado. Incluso
Casamayor "murmurar-recrimina-pues ignoran el
justo motivo de su partida". En
tan trágicas circunstancias, recibió D. Antonio de Torres el
mando de la comprometida plaza, que flaqueaba por momentos. Con
los franceses dueños del Carmen y del Coso (algunas vanguardias
penetraban ya por la Puerta Cineja hacia la calle del Peso,
actual 4 de agosto), y empujando fuertemente por las
Tenerías, la situación se tornaba crítica por momentos. Y
en ese difícil trance, es cuando el temple del Brigadier Torres
se impone al pánico que comienza a desatarse a su alrededor:
sella a bayoneta y cañón cargado, los accesos al Puente de
Piedra para impedir el primer impulso de huida que hubiera
provocado el derrumbe total, y arenga a los aterrados
defensores. Consigue contagiarles su fervor patriótico de tal
modo, que la tropa antes despavorida, reacciona con energía y
bate al enemigo por todo el Trenque, rechazándolo de nuevo tras
la línea del Coso, y obligándolo a parapetarse en las ruinas
del Hospital de Ntra. Sra. de Gracia y de San Francisco. La
ciudad-por el momento- se ha salvado. Así
lo manifestó D. Antonio de Torres en el parte que envió a
Palafox. Tras lamentarse de la ausencia de VE. y de sus señores
hermanos en día de tanta gloria, se atreve a solicitar su
inmediato regreso con los refuerzos, ... pues ni yo ni nadie
podrá librar a esta plaza del comprometimiento en que se la ha
dejado, siendo como son los enemigos, tan feroces. En
su calidad de Gobernador de la ciudad (antes de ser sustituido
por el Marqués de Lazán, apenas transcurridas veinticuatro
horas), aún habría de recibir y rechazar el escrito
conminatorio de rendición -arrogante y amenazador en grado
sumo- enviado por el
General
Léfèbvre en la mañana del día 5. Pues
bien, hacia la mitad de la calle D. Jaime I (antes San Gil),
habiendo dejado atrás la Parroquia (de gran renombre, como
prueba de la ascendencia de la Parroquia, encontramos la firma
de "el Cura de San Gil" en el Acta de Capitulación de
Zaragoza, junto a nombres tan ilustres como Pedro Mª Ric, Sas,
Cerezo, Villahermosa...) y la antigua Plaza del Teatro
(aproximadamente la actual José Sinués, que es donde
Miguel
Salamero tenía sus talleres textiles)
encontramos todavía hoy la casa donde vivió y murió (en 1832)
el ilustre militar, D. Antonio de Torres. En
efecto, sobre la fachada de la casa nº30 (las remodelaciones
municipales han sido la causa de que este número varíe de unas
fuentes bibliográficas a otras), una placa en piedra nos
recordaba hasta hace pocos años:
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Al
insigne General / D.ANTONIO DE TORRES GIMENO / Caudillo defensor
de Zaragoza / en aquel día para siempre memorable / 4 de agosto
de 1808. / Dedican esta memoria / en el I Centenario de los
Sitios/ la Patria y la ciudad agradecidas. Se
desconoce dónde está actualmente. Sí se respeta su memoria en
La Muela, pueblo del que eran oriundos los Torres. |
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