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LAS
“MÉMOIRES” DEL GENERAL BARÓN DE MARBOT
SOBRE LOS SITIOS DE ZARAGOZA
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Javier Cañada Sauras
7 de Diciembre de 2011 |
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Presentamos
la traducción del texto de las “MÉMOIRES” escritas por el general
del Imperio francés Juan-Bautista Antonio
Marcelino, Barón de MARBOT (1782-1854),
que participó en el Segundo Sitio de Zaragoza, llegando
incluso a estar a las puertas de la muerte al haber sido
gravemente herido por un zaragozano en 1809, según él
mismo nos relata. |
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Hijo de Antonio de Marbot, antiguo guardia de Corps del
Rey que llegó a general de división del ejército
francés, nació el 18 de agosto de 1782 en el castillo
de Larivière en Altillac, en la Dordogne francesa.
Entró en el Primer Regimiento de Húsares el 28 de
septiembre de 1799. El primero de diciembre siguiente
fue nombrado suboficial de caballería, equivalente a
sargento de infantería, y el 31 del mismo mes,
subteniente. De un valor y una audacia poco comunes, en
su larga vida militar fue herido once veces.
Fue sucesivamente ayuda de campo de Augereau en 1803 y
de Lannes en Zaragoza desde el 2 de noviembre de 1808,
llegando a ser nombrado jefe de escuadrón el 3 de junio
de 1809. Quince días más tarde, ocupaba el mismo
puesto junto al mariscal Masséna. Ascendió en la
jerarquía militar, sobre todo en los estados mayores.
Nombrado coronel en 1812, fue puesto al frente del 23º
Regimiento de Cazadores a Caballo con el que hizo las
campañas de Rusia y Alemania. Como coronel del 7º Regimiento de Húsares hizo la
campaña de Bélgica.
Durante los Cien Días, se unió de nuevo al emperador
Napoleón y fue testigo privilegiado de la batalla de
Waterloo. Nombrado general
en 1830, siguió al príncipe real Duque de Orléans
como ayuda de campo en el sitio de Amberes y en la
conquista de Argelia. General de división en 1840, fue
creado Par de Francia en 1845. Jubilado de las armas en
1848, murió en París el 16 de noviembre de 1854. |
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El coronel Barón de
Marbot en 1812 |
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Tumba
del Barón de Marbot en el Père-Lachaise |

Recuerdos
del Barón de Marbot |
Sus
restos reposan en el cementerio parisino del Père-Lachaise
(44ª división).- Recuerdos del General Marbot (sable,
shako y sombrero) están depositados en los Inválidos,
Museo del Ejército.
A él se deben
tres volúmenes de sus MÉMOIRES
que se leen como una novela, a pesar de sus
inexactitudes -las escribió muy posteriormente a los
hechos-, pero apasionantes. Las dedicó en marzo de 1844
a su mujer y a sus dos hijos, afirmando expresamente que
“había servido en el estado mayor de Napoleón a
cinco de sus más célebres mariscales: Bernadotte,
Augereau, Murat, Lannes y Masséna”.
Desde
su publicación original en 1891, las MÉMOIRES
de Marbot son uno de los clásicos de las “Mémoires”
del Imperio, habiéndose reeditado más de cien veces.
Nosotros hemos seguido el texto francés de la edición
81ª, fechada hacia 1910.
Entusiasmado
por sus escritos de tema militar,
Napoleón Bonaparte le hizo en su Testamento un legado
personal de cien mil francos y le citó así: “… Yo
le comprometo al coronel Marbot a seguir escribiendo por
la defensa de la gloria de los ejércitos franceses y a
confundir con ello a los calumniadores y los apóstatas…”.
Cuando
murió en París el 16 de noviembre de 1854, Marbot había
cumplido fielmente esta solemne recomendación.
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Editorial Castalia.- Portada de la edición de
1965
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La Editorial Castalia publicó en el año 1965 estas
MEMORIAS bajo el título de “MEMORIAS.-
CAMPAÑAS DE NAPOLEÓN EN LA PENÍNSULA IBÉRICA”,
y las reeditó en 2008 como recuerdo conmemorativo del
Bicentenario de la Guerra de la Independencia. Fueron
traducidas al castellano por Jesús Ramos, a quien hemos
seguido en sus acertados textos.
De estas CAMPAÑAS se encuentran dos ejemplares en la
Biblioteca Pública de Zaragoza, en la calle del Dr.
Cerrada, e incluyen entre sus páginas, naturalmente,
una minuciosa descripción de los Sitios de Zaragoza y
el relato que el propio general Barón de Marbot nos
hace de su actuación personal en los mismos.
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Editorial Castalia.-
Portada de la edición de 2008
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TEXTO DE LAS “MÉMOIRES”
DEL GENERAL BARÓN DE MARBOT
SOBRE LOS SITIOS DE ZARAGOZA
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"Al día siguiente, abandonamos Valladolid para
dirigirnos a cortas marchas con nuestros caballos a
Zaragoza, donde el mariscal Lannes tomó el mando de
todas las tropas que asediaban la ciudad y cuyo número
se elevaba a 30.000 hombres, a saber: el 5º Cuerpo del
Gran Ejército, llegado de Alemania, a las órdenes del
mariscal Mortier, y el antiguo Cuerpo del mariscal
Moncey, a quien Junot acababa de relevar. Estas últimas
tropas eran de reciente formación, pero como ya no
tenían más marchas largas que hacer y, por lo demás,
envalentonadas por su éxito en la batalla de Tudela,
combatieron con gran valor.
Antes de la gran insurrección
motivada por el cautiverio de Fernando VII, la ciudad de
Zaragoza no estaba fortificada, pero, al tener noticia
de los acontecimientos de Bayona y las violencias que
Napoleón quería llevar a cabo en España para colocar
a su hermano José en el trono, Zaragoza dio la señal
de la resistencia. Su numerosa población se levantó
como un solo hombre; los frailes, las mujeres e incluso
los niños tomaron las armas. Enormes conventos, de
espesos y sólidos muros, rodeaban la ciudad; se les
fortificó situando cañones en ellos; todas las casas
fueron aspilleradas, y las calles, protegidas con
barricadas; se fabricó pólvora, proyectiles de cañón,
balas, y se les aprovisionó con abundantes víveres.
Todos los habitantes se alistaron y tomaron como jefe
al conde (sic) Palafox, uno de los coroneles de los
guardias de Corps y amigo incondicional de Fernando VII,
que le había seguido hasta Bayona, de donde había
regresado a Aragón después de la detención de su rey.
En el verano de 1808, el Emperador tuvo noticias de la
revuelta y los proyectos de defensa de Zaragoza, y como
todavía mantenía la ilusión que los despachos de
Murat le habían hecho nacer en su espíritu, consideró
esta insurrección como una llamarada que se apagaría
en cuanto se acercaran a la ciudad algunos regimientos
franceses. Sin embargo, antes de emplear la fuerza de
las armas, quiso intentar el método de la persuasión. |
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Así, se dirigió
al príncipe Pignatelli, uno de los principales señores
de Aragón, que se encontraba entonces en París, y lo
comprometió a usar de su influencia sobre los
aragoneses para calmar su efervescencia. El príncipe
Pignatelli aceptó esta misión de paz y llegó a
Zaragoza. La población corrió a su encuentro, no
dudando de que, a ejemplo de Palafox, venía a combatir
a los franceses, pero, en cuanto Pignatelli habló de
sumisión, se vió asaltado por la multitud que le
hubiese colgado si Palafox no le hubiera metido en un
calabozo donde pasó de 8 a 9 meses.
Sin embargo, varias
divisiones francesas al mando del general Verdier, se
presentaron en junio de 1808 ante Zaragoza, cuyas
fortificaciones eran todavía muy endebles. Se quiso
intentar un ataque, pero, apenas nuestras columnas
estuvieron en las calles, un fuego mortífero que salía
de las ventanas, de los campanarios, de los tejados y de
los respiraderos de las bodegas, les causó tales pérdidas
que se vieron obligadas a batirse en retirada. Entonces,
nuestras tropas cercaron la plaza, comenzando su asedio
de una forma más metódica. Y se hubiera conseguido
probablemente, si la retirada del rey José no hubiera
obligado a retirarse también al Cuerpo francés que
sitiaba Zaragoza, abandonando una parte de su artillería.
Así fracasó este Primer Sitio; pero nuestras
tropas habían entrado victoriosas en Aragón, y el
Mariscal venía en 1809 a atacar de nuevo a Zaragoza.
Esta ciudad se encontraba ahora en mejores condiciones
de defensa, porque sus fortificaciones se habían
terminado, y toda la población levantada en armas de
Aragón se había concentrado en la plaza, cuya guarnición
había sido reforzada por una gran parte de las tropas
españolas del ejército de Castaños, derrotadas por
nosotros en Tudela, de modo que el número de los
defensores de Zaragoza se elevaba a más de 80.000
hombres, y el Mariscal no contaba más que con 30.000
para sitiarla; pero nosotros teníamos excelentes
oficiales. El orden y la disciplina reinaban en nuestras
filas, mientras en la ciudad todo era inexperiencia y
confusión. Los sitiados no estaban de acuerdo más que
en un solo punto: defenderse “¡hasta la muerte...! ¡Los
campesinos eran los más encarnizados! Habían entrado
en la ciudad con sus mujeres, sus hijos e incluso sus
rebaños, y a cada grupo se le había asignado el barrio
o la casa que debía habitar, jurando defenderla.
Allí vivían todos
amontonados, entremezclados con su ganado y hundidos en
la suciedad más repugnante, puesto que no arrojaban
ninguna basura fuera de sus casas. Las vísceras de los
animales se pudrían en los patios, en las habitaciones,
y los sitiados no se molestaban siquiera en recoger los
cadáveres de las víctimas después de la horrible
epidemia que semejante negligencia no tardó mucho
tiempo en extender.
El fanatismo religioso y el amor sagrado a la patria
exaltaban su valor y se abandonaban ciegamente a la
“voluntad de Dios…”. Los españoles han conservado
mucho del carácter de los árabes y son fatalistas; y,
así, repetían sin cesar: “Lo que tiene que pasar, ¡pasará!”.
En consecuencia, no tomaban ninguna precaución.
Atacar a semejantes hombres por la fuerza, en una ciudad en la que cada
habitación era una fortaleza, hubiera sido repetir el
fallo cometido durante el Primer Sitio y exponerse a
grandes pérdidas, sin ninguna posibilidad de éxito. El
mariscal Lannes y el general Lacoste, jefe de
ingenieros, actuaron entonces con un prudente método,
que, a pesar de su lentitud, había de conseguir la
rendición o la destrucción de la ciudad.
Así,
según la costumbre, se comenzó a abrir zanjas para
alcanzar las primeras casas; llegados a ellas, estas
casas se minaban; se las hacía estallar con sus
defensores; después se minaban las siguientes, y así
sucesivamente. Pero los franceses hacían estos trabajos
corriendo grandes peligros, pues en cuanto aparecía uno
de ellos, era blanco de los disparos de los españoles
escondidos en los edificios vecinos. Así pereció el
general Lacoste, en el momento en que se situaba ante
una lumbrera para examinar el interior de la ciudad.
El
encarnizamiento de los españoles era tan grande que
mientras se minaba una casa y el ruido sordo de los
martillazos les anunciaba la cercanía de la muerte,
ninguno abandonaba la habitación que había jurado
defender… Nosotros les oíamos cantar sus letanías;
después, tan pronto como los muros volaban al aire, se
desplomaban con estrépito, aplastando a la mayor parte
de ellos; todos los que escapaban al desastre se
agrupaban en los escombros y trataban de defenderlos
parapetándose detrás del menor refugio desde donde ¡volvían
a tirotear...!. Pero nuestros soldados, atentos al
momento en el que debía estallar la mina, se hallaban
prevenidos y en cuanto se producía la explosión, se
lanzaban rápidamente sobre los escombros, mataban a
todos los que encontraban, se colocaban detrás de los
lienzos de pared, levantaban barricadas con muebles y
vigas, y en medio de estas ruinas practicaban pasadizos
para los zapadores que iban a minar la casa inmediata…
Habiendo quedado destruído de este modo un gran tercio
de la ciudad, las comunicaciones establecidas en este
montón de ruinas formaban un intrincado dédalo en el
que sólo era posible orientarse con la ayuda de jalones
colocados por los oficiales de ingenieros. Además de
las minas, los franceses emplearon numerosa artillería
y arrojaron hasta ¡11.000
bombas! en la ciudad...
A pesar de todo, ¡Zaragoza
resistía siempre...!. En vano el Mariscal, emocionado y
apiadado de estos heroicos defensores, envió un
parlamentario para proponerles una capitulación
honrosa…, pero no fue aceptada. El sitio continuó.
Pero si las minas conseguían destruir las casas, no
sucedió lo mismo con los grandes conventos
fortificados, porque ello hubiera exigido grandes
esfuerzos. Nos limitábamos, pues, a hacer saltar un
lienzo de sus espesos muros, y, en cuanto se abría la
brecha, se lanzaba allí una columna al asalto. Los
asediados acudían en su defensa, que resultaba
terrible. Así fue cómo en esta clase de ataques
perdimos el mayor número de nuestros soldados.
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Los conventos
mejor fortificados eran los de la Inquisición y el de
Santa Engracia. Nuestros zapadores, cercanos ya a este
último, habían minado uno de sus muros, cuando el
Mariscal, mandándome llamar a media noche, me dijo que,
para conseguir pronto el grado de jefe de escuadrón, me
había reservado una de las misiones más importantes:
“Al despuntar el día, se pegará fuego a la mina
destinada a abrir el muro de Santa Engracia; ocho compañías
de granaderos están preparadas para el asalto; he
ordenado que todos los capitanes de las mismas fuesen
elegidos entre los menos antiguos que Vd. Os doy el
mando de esta columna. ¡Vaya a conquistar el convento y
estoy seguro de que uno de los primeros correos de París
me traerá vuestro despacho de jefe de escuadrón!”.
Acepté con agradecimiento, aunque me encontrase en
aquellos instantes muy dolorido a causa de mi antigua
herida. Al cicatrizarse, las carnes habían formado una
especie de relleno que me hubiera impedido llevar
cualquier gorro militar; además, el doctor Assalagny,
cirujano mayor de los Cazadores de la Guardia, lo había
reducido con nitrato de plata. Habiéndoseme practicado
la misma víspera esta operación tan dolorosa, había
tenido fiebre toda la noche, y me encontraba, por
consiguiente, en bastante malas condiciones para
lanzarme al asalto. ¡No importa! No había que dudar.
Por lo demás, confesaré que estaba muy orgulloso del
mando que el Mariscal me confiaba: “Ocho compañías
de granaderos, a mí, simple capitán, ¡era algo magnífico…!” |
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Corrí, pues, a
hacer mis preparativos y, al despuntar el día, me
vuelvo a las trincheras, en la que me encuentro al
general Razout, el cual, después de haberme entregado
el mando de los granaderos, me aconseja que, no pudiendo
pegar fuego a la pólvora antes de una hora, haría bien
en aprovechar este tiempo para ir a examinar la muralla
que la mina debía derribar, y calcular la anchura de
la brecha resultante, a fin de preparar mi ataque. Me
voy acompañado de un ayudante de ingenieros que debía
guiarme en medio de las ruinas de un inmenso barrio ya
derruído, y llego al fin al pie del muro del convento.
Allí
terminaba el terreno conquistado por nosotros. Me hallé
en un pequeño patio; un piquete de “voltigeurs”
(tiradores), que ocupaba una especie de bodega contigua,
había colocado en este patio un centinela resguardado
de los disparos por un montón de planchas y puertas.
El ayudante de
ingenieros, mostrándome entonces un grueso muro situado
en frente de nosotros, me dijo que ése era el que se
iba a hacer saltar en el momento en que se cargase la
mina. .
En uno de los rincones del patio, en el que se
había arrancado una bomba de agua, la caída de
algunas piedras había dejado un hueco; el centinela me hace
observar que, agachándome, se veían por esta abertura las
piernas de una numerosa tropa enemiga situada en el jardín
del convento. Para
verificar el hecho y reconocer la configuración del terreno
en el que iba a combatir, me agacho…, pero, en ese mismo
instante, un español apostado en el campanario de Santa
Engracia me dispara con su arma de fuego, y ¡caigo sobre el
suelo...!
En principio no experimenté ningún dolor, y pensé
que el ayudante cercano a mí me había empujado
inadvertidamente; pero pronto la sangre salió a
borbotones: “Había recibido una bala en el costado
izquierdo, ¡a poca distancia del corazón…!”. El ayudante
me ayudó a levantarme, y entramos en la bodega en que se
encontraban los “voltigeurs”. Perdí tanta sangre que
estuve a punto de desmayarme. Como no teníamos camillas, los
soldados me pasaron entonces un fusil bajo los brazos y otro
bajo las pantorrillas, y me llevaron así a través de los mil
y un pasadizos practicados en las ruinas de este extenso
barrio hasta el sitio en que había dejado al general Razout.
Allí recuperé el sentido. El general quería hacerme curar,
pero yo prefería ser atendido por el doctor Assalagny, y,
comprimiendo la herida con mi pañuelo, me hice llevar al
cuartel general del mariscal Lannes, situado a una distancia
de un tiro de cañón de la ciudad, en el enorme edificio de
una posada abandonada en el lugar conocido por las ESCLUSAS
DEL CANAL DE ARAGÓN.
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Asalto a Santa
Engracia, 8 de febrero de 1809.
General Barón Lejeune, 1827
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Viéndome llegar todo cubierto de sangre, llevado por soldados
uno de los cuales me sostenía la cabeza, el Mariscal y mis
compañeros me creyeron muerto. El doctor Assalagny aseguró
lo contrario y se apresuró a curarme; pero no sabían dónde
instalarme, porque todos los muebles del mesón se habían
quemado durante el asedio, no quedaba ya ni una sola cama, por
lo que nos acostamos sobre los ladrillos con que estaban
pavimentadas las habitaciones. El Mariscal y todos mis compañeros
me ofrecieron al instante sus capotes, con los que se formó
un montón en el que me acostaron. El doctor inspeccionó mi
herida y advirtió que había recibido en el cuerpo un
proyectil que debía tener una forma plana,
ya que había pasado entre dos costillas sin romperlas, lo que
no habría podido hacer una bala ordinaria.
Para
localizar el proyectil, Assalagny metió una sonda en mi
herida, pero… ¡no encuentra nada…! Su rostro se vuelve
preocupado, y viendo que no cesaba de quejarme al experimentar
fuertes dolores en los riñones, me dio la vuelta sobre el
vientre y exploró mi espalda… Pero en cuanto tocó el lugar
en que las costillas se unen a la espina dorsal, no pude
contener un grito de dolor: ¡allí estaba el proyectil!.
Assalagny, tomando entonces un bisturí, hizo una gran incisión,
y, al observar un cuerpo metálico que había entre dos
costillas, trató de extraerlo con unas pinzas. Pero no
pudiendo llegar a él a pesar de hacer violentos esfuerzos que
me levantaban, mandó sentar a uno de mis compañeros sobre
mis hombros y a otro sobre mis pantorrillas, y logró al fin
arrancar una bala de plomo del calibre más grueso, a la que
los fanáticos españoles habían dado la forma de un pequeño
escudo aplanándola a martillazos. En cada una de sus caras se
había grabado una cruz; en fin, unas muescas practicadas
alrededor de toda la pieza hacían semejante esta bala a la
rueda de un reloj. Eran precisamente esta especie de dientes
los que, al estar clavados entre los músculos, habían hecho
tan difícil la extracción. Una bala así aplastada
presentaba demasiada superficie para entrar en un fusil, y debía
haber sido disparada por un trabuco naranjero; al incidir de
canto, había obrado como un instrumento cortante, pasando
entre dos costillas y rodeando la caja torácica para salir de
la misma manera que había entrado, conservando felizmente la
fuerza necesaria para atravesar los músculos y la carne de mi
espalda.
El Mariscal, queriendo dar a conocer al Emperador el fanático
encarnizamiento con que se defendían los habitantes de
Zaragoza, le envió la bala extraída de mi cuerpo. Napoleón,
después de haberla examinado, mandó llevarla a mi madre,
anunciándole que iba a ser nombrado jefe de escuadrón.
El doctor Assalagny era uno de los primeros cirujanos de la
época, y, gracias a él, mi herida, que podía haber sido
mortal, fue una de las que se curaron más rápidamente. El
Mariscal poseía una cama plegable que le acompañaba
a todas partes en campaña; tuvo la deferencia de
prestarme un colchón y sábanas; mi portamantas sirvió de
almohada, y mi capote, de manta. A pesar de todo, me
encontraba muy mal, porque la habitación no tenía ni
puertas ni ventanas, y el viento e incluso la lluvia
penetraban en ella. Añadid a esto que la planta baja de la
posada servía de hospital, y tenía por debajo de mí a un
gran número de heridos, cuyos gemidos agravaban mis dolores.
El olor nauseabundo que despedía este hospital penetraba
hasta mí. Más de doscientos cantineros habían levantado sus
tenderetes alrededor del cuartel general y había un
campamento cerca de allí. Todo eran, pues, cánticos, gritos,
redobles continuos de tambor, y, para completar esta música
infernal, el fondo lo interpretaban numerosas bocas de fuego,
¡disparando noche y día contra la ciudad…! No me era
posible dormir. Pasé quince días en esta triste situación
hasta que, al fin, mi fuerte constitución se sobrepuso y pude
levantarme.
Como el clima de Aragón era muy suave, aproveché para dar
cortos paseos, apoyado en el brazo del buen doctor Assalagny o
del amigo De Viry; pero sus obligaciones les impedían
permanecer largo tiempo conmigo, y me aburría a menudo. Mi
asistente vino un día a anunciarme que un viejo húsar, bañado
en lágrimas, pedía verme; adivinaréis que se trataba de mi
viejo mentor, el sargento de caballería Pertelay, cuyo
regimiento acababa de llegar a España, y que, al saber que
estaba herido, había acudido a verme. Me alegró volver a ver
a este hombre tan valeroso y lo recibí maravillado; además,
venía a hacerme compañía a menudo y me distraía con sus
interminables historias y sus originales consejos que él creía
poder darme todavía. Mi convalescencia fue corta, y hacia el
15 de marzo (sic) me encontré casi restablecido, aunque muy débil
todavía.
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La muerte hacía
estragos espantosos entre los habitantes y la guarnición de
Zaragoza, a quienes el tifus, el hambre, el hierro y el fuego
habían hecho perecer a más de un tercio de su población,
sin que los restantes pensaran en rendirse, pese a que los
fuertes más importantes se habían tomado y las minas habían
destruído ya una parte muy considerable de la ciudad. Pero
como los frailes habían convencido a estos desgraciados de
que los franceses los degollarían, ninguno se atrevía a
salir de la plaza, hasta que la casualidad y la clemencia del
mariscal Lannes consiguieron poner fin a este asedio tan
memorable.
El 20 de marzo (sic), los franceses tomaron al asalto un
convento de religiosas, encontrando en su interior no
solamente a las monjas, sino también a más de trescientas
mujeres de toda condición que se habían refugiado en la
iglesia. A todas se las trató con gran miramiento y fueron
llevadas a presencia del Mariscal. Estas desgraciadas,
sitiadas por todas partes durante varios días, no habían
podido recibir víveres de la ciudad y ¡se morían de
hambre...! El buen mariscal Lannes las condujo él mismo en
persona al mercado del campamento, donde, mandando llamar a
todos los cantineros, les ordenó dar de comer a estas
mujeres, añadiendo que él mismo se encargaría del pago. La
generosidad del Mariscal no se limitó a eso, sino que las
hizo a todas ellas regresar a Zaragoza. A su entrada en la
ciudad, la población, que desde lo alto de los tejados y de
los campanarios las había seguido con la vista, corrió a su
encuentro para escuchar el relato de su aventura. Todas
hicieron elogios del Mariscal y de los soldados franceses, y,
desde aquel momento, la exaltación de la desventurada población
se apaciguó y se acordó la rendición. Esa misma noche,
Zaragoza capituló.
El mariscal Lannes, temiendo que, antes de entregar las
armas, algunos fanáticos degollasen al príncipe Fuentes
Pignatelli, puso como primera condición que se le entregase
vivo. Pronto vimos llegar a este desgraciado, conducido por un
carcelero de rostro temible quien, después de haberlo
maltratado muy duramente durante su largo cautiverio, tuvo la
insolencia de escoltarlo, con los pistolas al cinto, hasta la
misma cámara del Mariscal, queriendo conseguir un recibo de
su entrega, según decía, de propia mano del jefe del ejército
francés. El Mariscal mandó que lo echasen; pero como este
hombre no quería irse sin un recibo, Labédoyère, muy poco
paciente, se enfureció y le hizo bajar las escaleras dándole
grandes patadas en el trasero... En cuanto al príncipe
Pignatelli, daba verdadera pena verlo, ¡por lo mucho que había
sufrido durante su estancia en prisión! La fiebre lo
devoraba, y no había una sola cama que ofrecerle; porque, así
como lo he dicho antes, el Mariscal se había alojado en una
casa enteramente vacía, pero que tenía la ventaja de estar
situada cerca del punto de ataque, mientras que el general
Junot, mucho menos escrupuloso, se había instalado a una
legua larga de la ciudad, en un rico convento. Allí llevaba
muy buena vida y ofreció la hospitalidad al príncipe, que éste
aceptó. Pero esta hospitalidad se convirtió en funesta para
él, pues, a causa de las juergas que Junot le hizo pasar, su
estómago, deteriorado por el régimen de la prisión, no pudo
soportar tan brusco cambio, y ¡el príncipe Pignatelli murió
en el momento en que su regreso a la libertad le volvía tan
feliz! ¡Dejó más de 900.000 francos de renta a un familiar
colateral que no tenía casi nada!
.
Cuando una plaza capitula, es costumbre que los oficiales
conserven sus espadas. Así se hizo con los de la guarnición
de Zaragoza, excepto con el gobernador Palafox, sobre el que
el mariscal había recibido instrucciones directas del
Emperador. He aquí los motivos. El conde (sic) Palafox,
coronel de los guardias de Corps y amigo personal de Fernando
VII, le había seguido a Bayona. La abdicación del príncipe
y la de Carlos IV habían sumido en la consternación a los señores
españoles que Napoleón había reunido en asamblea nacional,
y casi todos reconocieron a José por su rey, porque, al verse
en Francia bajo el poder del Emperador, temían ser
encarcelados. Parece ser que el conde Palafox, que había
tenido los mismos temores, había reconocido también al rey
José, pero en cuanto regresó a España, se apresuró a
protestar contra la violencia moral que pretendía se le había
hecho, y corrió
a ponerse al frente de los sublevados de Zaragoza.
El Emperador consideró este comportamiento como una
perfidia, y ordenó que, después de la toma de la ciudad, el
conde Palafox sería tratado no como prisionero de guerra sino
como prisionero de “ESTADO”, por lo que fue desarmado y
conducido al torreón de Vincennes. El mariscal Lannes se vio
pues obligado a enviar a un oficial a arrestar al gobernador
de Zaragoza y tomarle su espada. Esta misión se la confió a
Alburquerque, a quien le pareció tanto más penosa no sólo
porque él era también español, sino además pariente,
antiguo compañero y amigo de Palafox. ¡Nunca pude comprender
los motivos que impulsaron al Mariscal a hacer tal elección
para aquella misión!. Alburquerque, obligado a obedecerle,
entró más muerto que vivo en Zaragoza. Se presentó en casa
de Palafox, el cual, entregándole su espada, dijo con noble
orgullo: “Si vuestros abuelos, los ilustres Alburquerque,
volvieran al mundo, no habría ni uno sólo que no prefiriera
más encontrarse en el puesto del prisionero que entrega esta
espada cubierta de gloria, ¡en vez de en el del renegado que
viene a tomarla en nombre de los enemigos de España, su
patria...!" .
El pobre Alburquerque, aterrorizado y casi desmayado, tuvo
que apoyarse en un mueble. Esta escena nos la relató el capitán
Pascual, el cual, designado por el Emperador para hacerse
cargo de Palafox después de su detención, asistía a la
entrevista de este general y de Alburquerque. El conde Palafox
fue conducido a Francia, donde permaneció desde el mes de
marzo de 1809 hasta 1814.
Pero, ¡ironía de las cosas humanas! Palafox que había
sido proclamado gobernador de Zaragoza en el momento de la
insurrección, la fama y la historia le han atribuído el mérito
de la heroica defensa de la ciudad, y, sin embargo, bien poco
contribuyó a ella, porque había caído gravemente enfermo
desde los primeros días del sitio, y había
entregado el mando al general Saint-Marc, un belga al servicio
de España; éste fue quien verdaderamente sostuvo todos
nuestros ataques con un valor y un talento admirables.
Pero, como se trataba de un “extranjero”, el orgullo español
otorgó toda la gloria de la defensa a Palafox, cuyo nombre
pasará a la posteridad, mientras que el del valiente y
modesto general Saint-Marc ha quedado ignorado, sin ninguna
reseña histórica hacia su persona.
Al día siguiente de la
capitulación, la guarnición de Zaragoza, después de
desfilar ante el mariscal Lannes, depuso las armas y fue
enviada a Francia como prisionera de guerra; pero como todavía
contaba con un número aproximado de 40.000 hombres, dos
tercios de ellos consiguieron evadirse para seguir matando
franceses, uniéndose a varios guerrilleros que nos hacían
una guerra encarnizada. Sin embargo, una gran parte de los
hombres que salieron de Zaragoza murieron del tifus, cuyo
germen ellos mismos portaban. En cuanto a la ciudad, sus
calles, casi enteramente destruídas, ¡eran verdaderos
cementerios llenos de muertos y moribundos! El contagio llegó
a extenderse incluso a las tropas francesas que formaron la
nueva guarnición."
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