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Charla impartida el 16
de junio de 2006 en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza,
dentro del programa de conmemoración del 198º aniversario de la Batalla de
las Eras,
organizado por la Asociación Cultural “Los Sitios de Zaragoza”.
Buenas tardes,
En primer lugar
quiero dar las gracias a la Asociación “Los Sitios”, y en especial a su
presidente, Don Santiago Gonzalo, compañero en el Instituto desde hace
muchos años (y aún mejor amigo), por invitarme a compartir esta tarde de
conmemoración con ustedes, a los que quiero agradecer su presencia aquí, en
el Salón de Actos de esta emblemática Escuela de Artes.
Al hilo de la
celebración del día, estos hechos heroicos de comienzos del siglo XIX;
siempre remiten a la inevitable figura de Napoleón Bonaparte, bien se
analicen las causas, los propios acontecimientos, las secuelas en tiempos
posteriores, se adopte un punto de vista localista, o más universal, o una
perspectiva histórica, militar, o ideológica...
Napoleón,
personaje histórico absolutamente controvertido, admirado y odiado con la
misma intensidad, encarnó las grandes contradicciones y las inmensas
posibilidades de cambio surgidas de la Revolución Francesa. Concentró en su
persona toda la capacidad de liderazgo posible, y todo el poder absoluto
contra el que se había luchado encarnizadamente. Su nombre resulta
inseparable de la política y la guerra, pero también impregnó de forma
indeleble las artes, y por supuesto la música, motivo de esta charla.
La época de su
irrupción en la vida pública, el cambio de siglo, coincide con el final del
gran estilo musical del Clasicismo, que culminaron Haydn y Mozart, por
ejemplo. Napoleón nace en 1769, un año antes que Beethoven, el otro gran
genio que ejecuta el paso de esta estética musical sobria, y un tanto
ligera, a la grandiosidad del Romanticismo (e hijo también de un padre
exigente y con grandes expectativas para su prole).
La igualdad que
propugna la Revolución se reflejaba en la música del Clasicismo con melodías
simples, predecibles, amables, al alcance de cualquier oído (que no al
alcance de cualquier clase social; la democratización de las artes aún
tardará en llegar). Esta igualdad se transforma en complejas y largas
sinfonías para la gran orquesta que nace con el Romanticismo, óperas
extensas y los primeros divos de la música (como los conocemos hoy en día,
excéntricos y endiosados).
El Napoleón
emperador, de origen no aristocrático, se casará con una noble Asburgo,
nieta de un emperador del Antiguo Régimen, y su sobrino volverá a ser
emperador de Francia, Luis Bonaparte. El fin del Antiguo Régimen arrastra
viejos modelos pero crea otros inesperados.
Y para hablar de música lo mejor es
referirnos a ejemplos concretos, vamos con el primero.
I.
En el comienzo
de “All you need is love”, canción que aparece en la película de
estética pop “Yellow submarine”, los Beatles incorporan el inicio de
“La Marsellesa”. Un año antes del Mayo 68, los Beatles, en su
canción al amor convertida en himno pacifista, introducen el canto más
universal a la fraternidad: la revolución hippy asume “La
Marsellesa”, bien es cierto que sólo los primeros acordes, pero suficientes
para sugerir su matiz de canto partisano, del lado de los buenos ciudadanos,
como también recordaran que sucede en la archiconocida película
Casablanca.
El capitán de
ingenieros de la guarnición de Estrasburgo, Rouget de Lisle, escribió “La
Marsellesa” en abril de 1792 a raíz de la declaración de la guerra contra
Austria y se inspiró en el eslogan de un cartel de reclutamiento: “A las
armas, ciudadanos”. Desde la primera noche que la cantó ante sus compañeros
gozó de éxito entre los soldados, aunque sufrió un variado periplo hasta que
se adoptó como Himno Nacional el 14 de julio de 1795.
Primero se
tituló “Canto de guerra para el Ejército del Rihn” pero algo después en
Marsella, Mireur, general del ejército de Egipto encargado de preparar la
marcha de voluntarios desde Montpellier, lo enseñó a sus soldados como
“Canto de guerra para los ejércitos de las fronteras”, y lo entonaron al
entrar en París el 30 de julio de 1792. Los parisinos lo tomaron con
entusiasmo y pronto se hizo popular.
“La Marsellesa”, muy conocida entre los
soldados y civiles en la I República, decayó durante los dos Imperios, la
Restauración y II República, pero en 1879 la recuperó la III República como
himno oficial. El texto, que anima a los ciudadanos a tomar las armas para
liberar a su patria, tampoco resultó agradable a las fuerzas de ocupación
nazi durante la II Guerra Mundial y se asoció como el himno de la Francia
liberada, el “Canto de los partisanos”, que, finalmente, quedó como Himno
Nacional francés en la Constitución de 1958.
Como canto
revolucionario de guerra e himno de libertad, exalta el ánimo patriótico, y
no en vano, parece que Napoleón llegó a decir que “esta música nos ahorrará
muchos cañones”.
La
letra de “La Marsellesa”, violenta aunque de carácter defensivo, resultaba
perfecta en los tiempos de levantamiento nacional, pero cuando se va
logrando la estabilidad y el control desde el poder, como en la construcción
del Imperio, puede resultar demasiado encendida.[1]
II.
Étienne Nicolas
Méhul (1763-1817), músico de gran reconocimiento en toda esta época, (aunque
bastante olvidado hoy en día) compuso el “Himno de la libertad” con letra de
Marie Joseph Chenier. Estrenado el 14 de Julio de 1794 por los coros y
músicos del Conservatorio, el texto y el carácter del himno encantaron a
Robespierre, que ordenó distribuirlo a todos los ejércitos, aunque cambió el
título original de la marcha por el “Canto de la partida”.
El “Chant du
départ”, más sosegado, resignado y tranquilo que la incendiaria
“Marsellesa”, parece una pequeña obra escénica, con estribillo cantado por
un grupo de guerreros y seis estrofas interpretadas a Solo o por un pequeño
grupo de cantantes, que representa un personaje y su exaltado sacrificio por
la salvaguarda de la República: un diputado del pueblo que anima a sus
soldados, la madre que entrega a su hijo por la defensa de la patria, dos
ancianos, dos niños, la esposa, una mujer joven y tres soldados.
Este canto, el
hermano pequeño de “La Marsellesa”, fue elegido como Himno del I Imperio. El
“Chant du départ”, que aún hoy sobrevive interpretado por el Ejército
francés, desarrolla un texto que parece contradictorio con la autocoronación
como emperador pero simboliza la continuidad de los valores que lideraron la
Revolución, bajo un nuevo modelo de autoridad totalitaria.[2]
III.
En la construcción de su Nuevo Imperio,
Napoleón no olvidó ninguno de los aspectos fundamentales que lo sostuvieran:
reguló la legislación en todos los niveles que afectaban a la sociedad de
las distintas naciones y cuidó los detalles que aseguraban y resaltaban sus
hazañas, y las de sus leales.
Además de un nuevo himno que se adecuara
al Imperio, acerca del sacrificio abnegado del individuo por la patria, la
puesta en escena de sus triunfos se subrayaba con la música adecuada.
Una de estas
brillantes representaciones documentada corresponde a la entrada triunfal
del Mariscal Davout en Berlín. Como reconocimiento a la victoria de este
mariscal con el Tercer Cuerpo diez días antes en Auerstaed, Napoleón dictó
instrucciones precisas para la entrada triunfal, el 25 de octubre de 1806,
exactamente a las 12 del mediodía. Napoleón llegó brillantemente al día
siguiente.
Con el desfile
del Regimiento sonaba el “Ballet de las Euménides” de la ópera
Ifigenia de Gluck (1714-87), ya fallecido entonces. La elección de esta
obra de 1774 no es casual, Gluck fue el músico alemán que, una vez en
Francia, reformó la incipiente ópera y dictó las reglas propias del estilo
refinado y simple del Clasicismo inicial, de importante influencia italiana,
y acorde con la claridad de la nueva tragedia del Neoclásico. El Coro de
Euménides, diosas de la bondad a las que apelaban los griegos, acompañan al
cantante que representa a Edipo, al igual que reciben al mariscal
victorioso. Los mitos de la Antigüedad se diluyen en estas óperas para
evitar las partes más escabrosas, como historias elegantes y un tanto naïf,
al identificar a Edipo, en este caso, con el héroe.
El comienzo del
ballet, con una marcha instrumental de toda la orquesta y luego la entrada
del Coro con el cantante, recuerda la ambientación musical para la grandiosa
puesta en escena de una banda sonora actual.[3]
IV.
Las diferentes
situaciones y obligaciones del ejército napoleónico contaban con un
repertorio propio de Marchas y toques que permitían un uso pragmático de la
música: el ataque, la reunificación del ejército disperso, el aviso a los
habitantes del paso del ejército. Normalmente de autor desconocido, proceden
de la tradición en gran número de casos, y revelan la sistematización
concienzuda que se aplicó para organizar aspectos cotidianos de los miembros
del imperio.
Aunque del
período del Primer Consulado se conservan algunas marchas para los desfiles
con Napoleón o su guardia consular, la música del Imperio resulta más
llamativa, con marchas de carácter cortesano, más orquestales, e incluso
dedicadas a los preparativos de las grandes batallas, como la de Waterloo.[4]
V.
Además de los
estamentos militares, el control imperial se ampliaba al ámbito civil. En
este tiempo, la ópera clásica logra un importante auge, con obras y autores
como Paisiello o Cherubini, que, en general, no alcanzan el elevado nivel
artístico del Romanticismo. La ópera, forma elitista por antonomasia, ha
sido desde siempre el vehículo perfecto para transmitir mensajes y modelos
apropiados, amparados en el simbolismo de las historias representadas y
reforzados por melodías pegadizas. Desde la instauración del Imperio, la
Ópera de París, principalmente, se convierte en un foco de propaganda
controlada por una férrea censura en los argumentos. Circunstancia objeto de
numerosos estudios hoy en día.
De todos
resulta conocido el discreto entusiasmo que Napoleón sentía por la música.
Sin embargo, sí parece que fue un aficionado medio y no dudó de la valía de
su criterio personal para empeñarse en importar a Francia lo mejor de
la música italiana que él había conocido durante la Campaña en Italia. Se
instauró así una tiranía de la música italiana en el corazón de Francia.
VI.
La figura de
Napoleón y sus acciones siempre despiertan sentimientos contradictorios,
odio y admiración a su genialidad y grandeza. Pero también reconoció a los
grandes compositores aunque no simpatizaran con él.
Durante el
Sitio de Viena de 1809, mientras se sucedían los combates en las afueras de
la ciudad, colocó una guardia especial de protección en la casa del gran
compositor Joseph Haydn (1732-1809) anciano de 77 años, que ya languidecía y
que falleció tranquilamente durante el asedio. Aunque Haydn, músico
prestigiado en vida por su música y su calidad humana, se declaró siempre
simpatizante del Antiguo Régimen y nada de acuerdo con los ideales
revolucionarios.
Este
tradicionalismo de Haydn, además de las diferencias de carácter, le alejó
completamente, por otra parte, del más brillante de sus alumnos, Beethoven,
aunque se mantuvieron un gran respeto por las obras respectivas.
VII.
Beethoven,
seguramente, es el músico más napoleónico que se pueda citar. Resulta
imposible comprender su música, vida e ideología sin remitir a la propia
Revolución Francesa y los cambios que le siguieron. De la misma edad que
Napoleón, genio indiscutido, reivindicó los cambios universales que defendía
la Revolución con una fe intachable y sufrió dolorosamente la traición del
líder que veneraba.
Al igual que
Napoleón, su conciencia de elegido y su misión de transformar la música, en
su caso, le condujeron a una creación insuperable y titánica. Ninguno de los
géneros que abordó volvió a ser lo mismo a partir de sus obras.
Los nuevos
ideales políticos se reflejan en su música hasta el punto de condicionar la
explicación de muchas de ellas. Su ópera Fidelio, sobre un noble
español encarcelado por amenazar con revelar los delitos de un político,
será ejemplo de compromiso político cuando aún no existía este concepto, y
se considera la alegoría de la liberación de Europa. También compondrá la
música para el Egmont de Goethe, paradigma de los nuevos ideales. Un
símbolo de la nueva era liberal para la Humanidad lo constituye su único
ballet Las criaturas de Prometeo, una de cuyas danzas se reproduce en
el último tiempo de la Tercera Sinfonía, por si quedara alguna duda
en la intención de elegir este argumento.
Otras dos de
sus obras se inspirarán directamente en los avatares de Napoleón. La
anécdota más conocida, seguramente, se relaciona con esta Tercera
Sinfonía o Heroica, compuesta en 1804. Dedicó el manuscrito a
“Buonaparte”, e incluso italianizó su nombre como “Luigi Beethoven”, por
admiración a quien le parecía el más grande Cónsul de la historia. Meses
después, la autoproclamación de éste como emperador le produjo un ataque de
indignación, tachó arrebatado la dedicatoria y se publicó, posteriormente,
con el título de “Heroica. Dedicada a la memoria de un gran hombre”. La
Tercera, ya una de sus sinfonías de grandes dimensiones e importante,
aporta varios logros en el ámbito musical. Su título referido al “recuerdo”
de un héroe resulta significativo como desengaño y nostalgia de algo
perdido, y que el Segundo Movimiento, normalmente intimista y lírico, se
denomine “Marcha Fúnebre” le permitirá decir a Beethoven, a la muerte del
tirano, que ya hacía años que le había escrito su marcha de funeral.
La segunda obra
de Beethoven directamente napoleónica se encuadra en el género
descriptivo. Se trata de La sinfonía Wellington, Sinfonía
de la Batalla de Vitoria, Sinfonía de la Victoria, conocida con
varios títulos, ninguno certero, que conmemora la derrota de las tropas
francesas en la guerra de España, el 19 de junio de 1813, en Vitoria de la
mano del general Wellington (de igual edad que Napoleón).
Esta obra, de
unos doce minutos y un solo tiempo, no constituye una “sinfonía”, y describe
sonoramente la batalla, como una especie de Poema Sinfónico, forma que se
creará años después.
La victoria
de Wellington se estrenó en un concierto benéfico para los heridos de
guerra durante el Congreso de Viena de 1815, reunión que creará el nuevo
mapa Europeo tras la derrota de Napoleón.
La anécdota de
su creación no deja de ser jugosa. Beethoven era amigo de Juan Nepomuceno
Mälzel, el inventor del metrónomo, aparato que adoraba el compositor, y
también de un extraño artilugio: el “Panharmonikon”, que a través de aire
comprimido podía reproducir varios instrumentos de la orquesta,
especialmente de viento y percusión. En pago a una deuda que le debía,
Mälzel le sugirió a Beethoven que compusiera una obra para este invento, y
dados los últimos acontecimientos surgió la Victoria de Wellington.
Para hacerla más rentable la adaptó para orquesta y esta partitura fue la
que se estrenó con motivo del citado Congreso.
Mälzel
consideró que la obra era suya como pago de la deuda, pero esta discusión
con Beethoven puso fin definitivo a la gran amistad. Mälzel se llevó su
artefacto a Londres, patria de Wellington, donde ganó bastante dinero, y
Beethoven obtuvo en Viena el mayor éxito de su vida con su estreno.
Actualmente se considera una obra menor, de gran corrección, pero deudora de
este origen.
La
Wellington describe el enfrentamiento entre los dos ejércitos a través
de sendas melodías identificativas: la francesa “Mambrú se fue a la guerra”
y la inglesa “Rule Britannia”, para finalizar con el “God save the king”.
Los disparos de cañones, 118, y los de las armas, 12, los señala el
compositor con precisión para que guíen, en efecto estereofónico, las
posiciones de los dos bandos.[5]
VIII.
Otra obra en la
línea de la Sinfonía Wellington, pero quizá más conocida, resulta la
“Obertura 1812” de Tchaikovsky (1840-93), músico que ya no vivió la
era napoleónica. La escribió como un encargo para la Exposición de las Artes
y las Industrias en Moscú de 1880 y la consagración de la catedral del
Salvador, que conmemora la victoria rusa sobre Napoleón en 1812.
La sinfonía
Wellington y la Obertura 1812, son las dos partituras que
describen más gráficamente las derrotas de Napoleón. La 1812, también
sinfónica y de un solo tiempo, recurre al contraste de melodías sencillas
del folklore ruso con pasajes de “La Marsellesa”, que se escucha primero a
lo lejos, luego cerca y entremezclados con las melodías rusas. Se suceden
pasajes de batalla entre las dos melodías, sonidos de cañones desde el
primer tercio de la pieza, y a medida que llega la última parte, las
melodías rusas se entremezclan con los cañones y las campanas que anuncian
la victoria para concluir con el Himno ruso. Se estrenó al aire libre, en la
explanada del Kremlin, con cañones reales y utilizando las campanas de la
catedral en la parte final como apoteosis indescriptible. Las ejecuciones
posteriores de esta obra suelen sustituir los cañones por timbales y las
campanas por tubulares.[6]
IX.
La originalidad
de la Obertura 1812 y el carácter de celebración victoriosa la hacen
apropiada para conmemoraciones especiales, en las que se utilizan cañones de
fuegos artificiales y campanas reales.
Una de estas
grandes fechas tuvo lugar en Estados Unidos, el 4 de Julio del último
centenario de la nación, en 1976, con una grandiosa retransmisión televisiva
para todo el país, unido a los fuegos de artificio. El éxito de este
espectáculo ha convertido en clásica la ejecución de esta obra en los 4
de Julio de las últimas décadas, exaltación del espíritu patrio, quizá
creyendo que guarda relación con la independencia americana (por la
presencia de “La Marsellesa”) y con la paradoja de celebrar una victoria del
ejército ruso.
Y para
finalizar, permítanme aligerar el tono, y romper un poco la seriedad de las
obras anteriores. Volvamos a una época más cercana: 1974. La canción que
imperó en toda Europa y parte del mundo en ese año y posteriores, alude
desde su primer verso a Napoleón y su destino inexorable en la Batalla de
Waterloo: batalla liderada por los ingleses que liberó a Europa del gran
tirano. Pero fue el primer grupo pop sueco que cantó en inglés y ganó a toda
Europa en el festival de Eurovisión de aquel año. Seguro que ya han
adivinado: el grupo Abba y su Waterloo:
“At Waterloo Napoleon
did surrender”.[7]
[4]
Hay gran número de ejemplos en
http://gustave.club.fr/Musiques/Musiques_1.htm. Son de destacar:
-
Marcha de Austerlitz.
-
Distribution de vivres.
-
Honneur à notre Empereur.
-
La victoire est à nous.
-
Marche de la Garde à Waterloo.
-
Marche impériale.
-
Marche du sacre.
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