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Un poco más lejos, en la Plaza de San Agustín, se
yergue la fachada de la Iglesia del mismo nombre. El convento
de San Agustín se ha convertido en el Centro
de Historia de Zaragoza. Restaurado tras Los Sitios,
mientras sirvió como Cuartel de Intendencia todo el conjunto -y
anexos- estuvo atendido. Tras unos pocos años de desamparo y
abandono -una vez más- el deterioro pudo con tan nobles muros,
de los que poco ha quedado en el nuevo edificio.
Las acciones contra la iglesia de
San Agustín, culminaron el día 1 de febrero con la toma de ésta
por los franceses, tras abrir en uno de sus muros laterales
-merced a una carga de 90 kilos de pólvora- un enorme boquete
por el que penetró en tromba, una riada de bayonetas. Dos días
antes y por idéntico procedimiento, había caído Santa Mónica.
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Es muy conocida la defensa del
púlpito, por el famoso cuadro de Alvarez Dumont que puede admirarse en el Museo Provincial.
Recordemos que otro lienzo del mismo autor, y con un motivo
relacionado también con esta iglesia (la defensa de la torre
campanario) se halla colgado en una de las escaleras de la Facultad
de Filosofía y Letras. De gran fuerza expresiva,
representa la resistencia que desde las partes altas ofrecían
expertos francotiradores zaragozanos.
El propio Lejeune
pondera la extraordinaria puntería de la que hacían gala los
defensores. Tan ventajosa posición, sin embargo, en cuanto los
invasores ocupaban las partes bajas, no tenía más salida que
la muerte.
De hecho, en el asalto al Convento
de San Francisco (en la Plaza de España) el relato
de la suerte corrida por el valeroso coronel suizo Fleury
y sus voluntarios defensores de la torre es suficientemente
ilustrativo: acabada la munición, e incluso las piedras y
ladrillos que poder arrojar, los franceses fueron abriéndose
camino por los sinuosos peldaños, y tras tomar a la bayoneta el
reducido espacio de la cima, lanzaron al vacío los cuerpos de
los defensores.
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