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Fue una ceremonia especialmente emotiva. El cambio de escenario de
este año respecto al ya tradicional paraninfo universitario vino
motivado por las obras aun inconclusas de dicho recinto. Y así, en
el palacio de Sástago, que fuera cuartel general de los invasores
tras la ocupación de la ciudad, se procedió a homenajear a los
galardonados.
Pero hubo un cambio más sensible que el del
recinto respecto a actos anteriores: se apreciaba en los discursos y
en quienes los pronunciaron una emotividad sincera, contagiados por
el recuerdo de los sucesos acaecidos hace 200 años. Poco hablaron de
los tiempos actuales, o de agradecimientos a quienes habían
colaborado con ellos en sus trabajos, o del significado que tenía el
galardón recibido. Y sí que se habló y mucho de otros hombres y
mujeres de honor que lucharon por su Patria y por sus creencias.
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Especialmente emotivas fueron las dos lecturas de los diarios de
Casamayor, a cargo de José Antonio Alaya y Laura Hernández, que con
voz profesional cautivaron al auditorio. O las palabras del deán del
cabildo de Zaragoza. Y es que si hubo un premio que a modo de pedrea
de lotería, consiguiese que los presentes se sintiesen agraciados y
representados con él, ese fue a nuestra Virgen del Pilar.
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