Programa N° 90

Emitido el 19 de Marzo de 2004

Interviene Paco Escribano
 

La Crónica Rosa

En nuestro programa de radio tratamos habitualmente hechos de armas, proezas y miserias de la guerra. Pero bajo la tensión de los combates también había sitio para el amor, el lujo y las maledicencias. Les presentamos hoy parte de los temas que pudieron dar lugar a los cotilleos de la época.

La boda y el hijo de Palafox

Se casó el día 7 de julio de 1815 con Francisca Soler y Durán, natural de Talavera, viuda rica de Juan Ignacio Gardoqui, consejero de Indias. Sin embargo, casi siempre anduvieron escasos de dinero, quizá porque, además del retraso con que muchas veces recibía sus pagas, mantener la nómina de su casa no era cosa fácil. En el Archivo Palafox (C-41) está la hoja de su empadronamiento en Madrid, distrito de la Aduana, barrio de Bilbao, calle de la Infanta y casa número 13, ocupada en su totalidad por su familia, en la que figuran quince personas: El, su mujer y su hijo Francisco Pilar Mariano, que en esta fecha, año 1847, permanecía soltero; un ayuda de cámara, dos doncellas, una cocinera, dos cocheros y la esposa de uno de ellos, un lacayo, un portero, un mozo de caballos, un asistente y otro asistente.

De este matrimonio tendrá un hijo que fue coronel de caballería, Francisco de Rebolledo Palafox y Soler Durán, nacido el día 12 de octubre de 1815 en la ciudad de Huesca. En el Archivo Palafox (leg. C-4-5-6) se encuentra la contestación a una solicitud de José de Palafox:

«Ministerio de la Guerra. Excmo. Sr. Al Inspector Interino de Infantª digo con esta fecha lo siguiente: El Rey N.S. se ha servido conceder al Capitán General de sus Extos. D. José Palafox y Melzi, la gracia que ha solicitado de plaza de simple soldado en el Regimiento de Infantería ligera, 1º de Voluntarios de Aragón, a su hijo de menor edad Dn. Francº Pilar Mariano de Palafox, concediéndole la antigüedad desde el día 12 de Octubre último en que nació, todo en consideración a su mérito y distinguidos servicios. Lo traslado a VE. de Real Orden para su inteligencia, gobierno y satisfacción, consecuente a la instancia a de VE. de 12 del corriente. Dios que a VE. ms. as. Palacio 12 de Marzo de 1816. El Marqués de Campo Sagrado. Sr. Dn. José de Palafox y Melzi».

Es decir, a los dos meses de nacer el niño su padre lo hace saber al Rey y le pide plaza de soldado para él. Sin embargo, el bautismo se hizo en Huesca con fecha 6 de noviembre de 1815, en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Esperanza, con el nombre de Francisco Pilar Mariano, «hijo de padres incógnitos», y aunque siempre su vida estuvo junto a sus padres, José de Rebolledo Palafox y Francisca Soler, como su hijo muy querido y criado de acuerdo con su estirpe, la legalización documental de esta calidad no llegó hasta el año 1843, según expediente 30, 2-4-4, 3/26, del Archivo Diocesano de Huesca, que ya se publicó en nuestro Boletín 8.

Sobre el casamiento de los padres y el nacimiento del hijo ha existido siempre un desconocimiento casi total para la mayor parte de sus biógrafos. Solamente, que conozcamos, ha sido José Pascual de Quinto en su obra «Los Sitios de Zaragoza 1808-1809», p. 58, quien ya señaló de manera muy escueta esta circunstancia. Herminio Lafoz, en «José de Palafox y su Tiempo», p. 16, se refiere también a ella, pero tomada del autor y obra antes mencionados.

                                                                                          PLOU GASCÓN, Miguel

Los Palafox en Aragón. Genealogía y datos biográficos.

Institución Fernando el Católico, 2000, pp. 125-6.

Se puede añadir que Pascual de Quinto define a Francisca Soler y Durán como «enigmática mujer». También afirma que «este rocambolesco matrimonio, silenciado por el propio Palafox y omitido por sus biógrafos, podría explicar muchas de las azarosas circunstancias de la vida de un capitán general que había contraído nupcias apresuradamente y con la oposición de sus más próximos parientes».

La boda secreta de la condesa de Bureta

María Consolación Azlor y Villavicencio se casó en 1794 con Juan Crisóstomo López Fernández de Heredia, en aquel momento heredero del Condado de Bureta. Este falleció en 1805 ya con el título en propiedad. Tras guardar el correspondiente luto, la joven condesa viuda volvió a abrir las puertas de sus salones a las reuniones de la alta sociedad zaragozana. Hay que señalar que en esos momentos convivían y se relacionaban familias de alta alcurnia emparentadas entre sí, como los condes de Fuentes y Sástago, los marqueses de Lazán (Palafox), los duques de Villahermosa, un personaje tan interesante como la ilustrada Josefa Amar y Borbón,....:

La juventud y la gracia no podían vivir condenadas. Así se lo manifestaba constantemente a doña Consolación su entrañable amiga doña Mª Antonia de Navia y Luzán, animándola a salir de su profunda depresión y seguir viviendo en sociedad; algo que parecía repugnar a la condesa. Tras el luto de rigor, comprendiendo lo que de cierto encerraban tan sabios consejos, decidió sobreponerse a su pena, saliendo del voluntario encierro para bien propio y de sus hijos.

Volvió, pues, a abrir sus salones, y los elegantes a disputarse el honor de participar en tan amenas veladas, donde imperaban el buen gusto y la vivacidad y llaneza del carácter de la anfitriona que unido a la «chispa» de unos y la socarronería de otros, las hacían deliciosamente divertidas. En ellas se planteaban interesantes conversaciones sobre filosofía, literatura, música o lo último en moda convergiendo cualquier tema suscitado en la marcha de los asuntos políticos, asuntos que a todos preocupaban sobremanera.

Entre esas reuniones y los muchos pleitos en que se vio envuelta por asuntos de la herencia de su marido fue trabando una estrecha relación con Pedro María Ric, Doctor en Derecho. Entre los últimos meses de 1807 y los primeros de 1808 fue desarrollándose un amor mutuo que se vio trastornado por los avatares políticos del momento:

¡Mal momento para una boda! Doña Mª de la Consolación y don Pedro Mª Ric, se hallaban tramitando el matrimonio, contando con el beneplácito de ambas familias, incluido el de la duquesa de Villahermosa, jefe de la rama mayor de los Urríes. El retraso de la Real Licencia, requisito indispensable por ser los solicitantes: una, viuda de un título de Castilla, y otro primogénito y heredero del barón de Valdeolivos, no acababa de llegar; lo que produce la natural inquietud en el ánimo de los novios, que ven en esta tardanza la posibilidad de que un enfrentamiento con los franceses arruine sus ilusiones. De nada sirvieron los innumerables trámites ni el recurso a las influencias con que la pareja contaba. La Certificación de Casación de Viudedad no llegó.

Los que sí llegaron fueron los franceses, el 15 de junio de 1808. Los prometidos intervienen activamente en la defensa de la ciudad. De hecho, ella era prima de Palafox (a quien llamaba Pepe) y se distinguió incluso montando una barricada delante de su palacio (sobre cuyo solar se levantaron posteriormente los ahora cerrados grandes almacenes SEPU). Finalmente, los franceses abandonan el sitio:

Cada cual, poco a poco, se incorporaba en la medida de lo posible a sus quehaceres diarios. Parte del ejército no profesional fue licenciado hasta nueva orden para entregarse a las labores del campo y atender sus haciendas. De idéntica forma, don Pedro Mª Ric y doña Mª de la Consolación volvieron a la normalidad, retornando el proyecto de su matrimonio allí donde lo dejaron. La certificación ni llegaba ni llegaría, por tener que venir ésta de las manos del legítimo soberano.

El fin de la guerra no se vislumbraba cercano, y después de lo pasado, nadie estaba seguro de vivir para poder ver el feliz día en el que Fernando sería repuesto en el trono. Ambas razones eran más que suficientes para tomar la determinación de casarse. El general Palafox, como máxima autoridad del reino en ausencia del monarca, firmó el permiso. Si bien la solución pasaba por una «cierta» irregularidad, era lo más legal que podía hacerse ateniéndose a las especiales circunstancias.

El 1 de octubre, sin hacerlo público y en la más estricta intimidad, contrajeron matrimonio en la iglesia del destruido Seminario de San Carlos Borromeo, concretamente en la bellísima capilla de San José, propiedad de los duques de Villahermosa.

Finalmente, el casamiento se hizo público el 5 de noviembre, pudiendo los recién casados mostrar su felicidad, a la vez que Ric recibía el nombramiento de regente de la Real Audiencia de Aragón. Los meses siguientes fueron muy duros, pues a los ataques del Segundo Sitio se unieron un embarazo difícil terminado en aborto.

Tras la ocupación, todavía permaneció la de Bureta seis días en Zaragoza, en el transcurso de los cuales se vio «obligada» a recibir en su casa al mariscal duque de Montebello, eligiendo para la ocasión el salón principal de su casa. No para agradar precisamente a los visitantes, sino por hallarse éste presidido por un gran cuadro de Fernando VII. Ofensa tan altanera como premeditada, no pasó en absoluto desapercibida. Así nos la relata la propia protagonista en la adjunta hoja de servicios: «Despues de la capitulación no quiso quitar de la sala el retrato de Fernando, a pesar de que todos le decían que se exponía. A lo que respondió ella no negar a su Rey pues que hubieran vencido (a pesar de la victoria), y de que por ser su casa donde estaba la junta creada por Palafox, y de consiguiente acudir a dicha casa los jefes franceses (ejerciendo el derecho que le clá estar en su casa). Y habiéndola increpado el Comandante de Artillería de sitio, que para qué habíamos sostenido la guerra, supuesto que aquél (mirando el retrato) se había quitado (abdicado), y sacando (poniendo) la comparación de que si él se iva de su casa ¿porque se habían de exponer sus criados por conservarle sus cosas? Le respondí, que bien se alegraría de tener criados tan fieles que así lo hiciesen».

Los fragmentos citados pertenecen a La condesa de Bureta, de N. MARÍN ARRUEGO, Comuniter, 1999.

Las joyas de la Virgen del Pilar

Felipe Gómez de Valenzuela escribe que «la mujer de Lannes (marqués de Montebello) se llevó las joyas del camarín de la Virgen del Pilar. La duquesa de Abrantes (Junot) cifra el botín en 4.600.000 francos, que Casamayor sube “en más de siete millones”. Robo perpetrado después de oír misa. En París presumía de sus pendientes diciendo que “he aquí los ojos de Nª Sª del Pilar que nos contemplan”» (Vivir en guerra, p. 83).

El origen de tal exhibición se puede encontrar pormenorizada en nuestro IV Premio Los Sitios:

Recordemos que Grandmaison dijo del mariscal [Lannes] que "su desinterés no era invencible"; acaso se refería al desmedido amor al lujo del antiguo aprendiz de la tintorería, hijo de palafrenero devenido en un mariscal del Imperio. Esta “flaqueza" se manifestó en el ignominioso robo de las joyas de Nuestra Señora del Pilar. La versión "oficial" francesa fue la que pinta con almibarada y fingida candidez Lejeune, que sin duda mintió a sabiendas, pues por ser participante en el sitio y por sus relaciones con los altos mandos solía enterarse de los menores detalles. Confrontado con la descarnada realidad, su relato provoca indignación:

El Arzobispo, el clero, los Alcaldes mayores, los Corregidores y la Junta supieron apreciar los sentimientos generosos que inclinaron al mariscal a tratarles consideradamente y a respetar la Religión y las cosas sagradas. La buena disciplina que mantenía el ejército, y los asiduos cuidados que se tomaba para consolar a los habitantes de Zaragoza de las largas desgracias que acababan de sufrir les conmovieron profundamente, y cuando fueron, después de la ceremonia (del Te Deum), a darle las gracias por sus benévolas disposiciones, le ofrecieron una joya de gran precio del tesoro de la Virgen. La Junta ofreció también al mariscal Mortier un clavel de diamantes que valía 100.000 francos. El duque de Treviso lo rehusó obstinadamente; pero obligado por la viva insistencia de aquellos magistrados y para no contrariar a la ciudad con una negativa que podía ponerle en el caso de dudar de su benevolencia hacia ella, aceptó la flor e hizo inmediatamente homenaje de ella a Nuestra Señora del Pilar, cuyo tesoro adorna todavía.

Otro oficial que combatió en el Sitio, Daudevard de Ferussac, citando a "un testigo digno de fe", relata la misma historia con ciertas variantes, y narra que Lannes pidió ver “Ias dos piezas más hermosas del tesoro de Nuestra Señora del Pilar", y que la junta, “al saber que el duque hablaba con gran elogio de ambas joyas", se las ofreció, aunque el mariscal "no las aceptó sino después de muchas instancias". Luego cuenta el desinteresado gesto de Mortier, al que colma de elogios: "Sólo las personas que conocen al Sr. Duque de Treviso no extrañarán este rasgo de delicadeza".

Sin embargo, la realidad fue muy otra, y deja a Lannes malparado ante la posteridad. Junot, gobernador de Aragón tras la marcha del duque de Montebello a Austria, y ya francamente en malas relaciones con su antiguo amigo, se complació en hacer público que Lannes había jugado con el miedo de la Junta y del Cabildo a posibles atrocidades de los vencedores para hacerse regalar nada menos que quince de las piezas más delicadas del Tesoro del Pilar, valoradas en 1.245.236 pesos y medio, o lo que es igual, 4.687.949 francos. Pudo permitirse desvelar la verdad porque tanto él como Mortier rechazaron las joyas que una presionada comisión les ofreció, en un rasgo de integridad que honra a ambos mariscales.

Tales datos fueron publicados por la Duquesa de Abrantes, en sus Memorias (Vol. 7, págs. 443-451). La esposa de Junot, a quien nunca acabó de agradar Lannes, copió una detallada relación de las piezas que tomó éste junto con el valor de cada una. Esta relación puede encontrarse también en El cabildo de Zaragoza en 1808 y 1809, obra de Francisco AZNAR NAVARRO, publicada por la Revista Aragonesa en Zaragoza (1908). Asimismo se detalla en esta última obra un nuevo expolio que posteriormente, sufrió el tesoro del Pilar a manos de la esposa del mariscal Suchet, que se apropió de varias joyas con el pretexto hipócrita de su "devoción" por la Virgen del Pilar. Más le hubiera valido a Suchet imponer en su casa la misma disciplina que ejercitaba con sus tropas, pues, al parecer, su mujer operó a sus espaldas.

Acaso podría dudarse del testimonio de Junot por su indudable parcialidad, pero el historiador francés Grandmaison, que dio luz sobre tantas cuestiones oscuras de los sitios rebuscando en los archivos franceses, encontró un documento irrefutable que prueba la culpabilidad de Lannes. Por su indudable interés lo transcribimos a continuación, para descrédito del duque de Montebello y de sus encubridores. El jefe de ordenación de pagos Michaux escribió desde Zaragoza el 15 de mayo de 1809 la siguiente carta al intendente general del ejército Deniée:

No puedo ocultaros por más tiempo un detalle que os interesa mucho saber. Tan pronto Zaragoza fue tomada, se mandó llamar a varias de las más distinguidas personas de la ciudad, sobre todo a D. Mariano Domínguez, intendente de Aragón, de quien el duque de Abrantes y yo, hemos adquirido las referencias que siguen: Se comenzó por suponer que la costumbre era, ya desde antiguo, presentar ofrendas a los vencedores, y que los principales personajes a quien se debía hacer esto eran los duques de Montebello, de Treviso y de Abrantes, el gobernador de la plaza y algunos otros. Lo exigido fue 800.000 pesos fuertes. Los españoles, no sabiendo de dónde sacar una cantidad tan respetable, exigida en plazo brevísimo, se vieron en la precisión de ofrecer como pago los tesoros de Ntra. Sra. del Pilar, lo que se aceptó.

Las alhajas y otros objetos preciosos fueron llevados a casa del gobernador de la ciudad y enseguida remitidos al duque de Montebello. Los duques de Treviso y Abrantes, que no habían dado su consentimiento para tal petición, rehusaron su parte; parece probable que los otros aceptaron. Se calcula en un millón de pesetas aproximadamente el valor verdadero de aquellas joyas. He aquí los detalles de un acto que no puede menos de vituperar S.M., y con pena me veo obligado a daros conocimiento de él, ante el temor de que podáis pensar que yo he intervenido en alguna cosa. Someto a vuestra prudencia el cuidado de que os reservéis lo que no creyereis prudente dar a la publicidad.

No hace falta añadir nada más a este turbio asunto que, con todo, no fue quizás la peor de sus actuaciones en Zaragoza.

MARTÍNEZ FERRER, J.M. La Sombra del Norte.

IV Premio Los Sitios, Ayuntamiento de Zaragoza, 1989, pp. 217-9.

Un escándalo británico

De cara a la decisiva batalla de Waterloo, un nombramiento interesante fue el del Conde de Uxbridge como segundo jefe militar junto a Wellington, y como jefe de la caballería al mismo tiempo. Dicho nombramiento se realizó contra los deseos expresos de Wellington. Uxbridge era un oficial sumamente competente, que había mandado la Caballería británica en España bajo el mando de Moore. Pero sus relaciones personales con Wellington no eran ni mucho menos óptimas, debido a un escándalo familiar: Uxbridge se había fugado con la cuñada de Wellington. Aunque se casó con ella una vez consiguido el divorcio de su anterior matrimonio, la enemistad entre ambos jefes impidió incluso su aprovechamiento militar.

Es interesante visitar.
http://homepages.ihug.co.nz/~awoodley/regency/people.html#uxbridge .

Desmentido sobre Agustina de Aragón

Acerca de la vida sentimental de este símbolo de la resistencia se ha escrito mucho, confuso y con poca base. Aún puede encontrarse por ahí la historieta de que llegó a estar casada simultáneamente con dos militares por creer que el primero había muerto. En realidad, como ardorosamente defiende Nuria Marín (La condesa de Bureta, p.64):

[...] conocer la verdad sobre Agustina, de quien tantas falacias se han escrito por historiadores que no merecen el nombre de tales. Ni se puede, ni es honesto mancillar el honor de una persona sin aportar una sola prueba documental que lo justifique. Así se ha venido haciendo. Copiando unos de otros, han ido arrastrando errores que son serias calumnias sin tomarse la molestia de investigar.

Agustina estaba casada con un sargento de Artillería destinado con su Compañía en el Ampurdán. Juan, que así se llamaba, aconsejó a su mujer que abandonara Barcelona en dirección hacia Zaragoza, ciudad no ocupada. Ésta, siguiendo el consejo del marido, se puso en marcha con el hijo de ambos, un pequeño de dos años. Hicieron el camino a pie, llegando a la capital aragonesa a principios de junio (donde contrariamente a lo que se ha dicho no tenían ningún conocido ni pariente). Como tantas otras, colaboraba llevando viandas y refrescos a los combatientes; llegando a la puerta del Portillo en el preciso momento en el que el último de los artilleros que defendía el punto caía a sus pies con la mecha encendida en la mano. La escena bien pudo ser así: el artillero, que no era su marido, ni mucho menos su amante, quedó en la situación que acabamos de dejarlo; Agustina petrificada, con un cañón delante, y al otro lado un puñado de franceses listos para dar el asalto, en cuestión de segundos y quizá movida por un acto reflejo, tomó la mecha y la aplicó al cañón, causando muchos muertos ya que estaban prácticamente encima; el resto se dispersó sorprendido, dando tiempo en el momento a que llegaran parte de los artilleros destacados en el cercano cuartel de Artillería, los cuales habían sido avisados minutos antes de la precariedad en la que se encontraba la batería del Portillo.

La Compañía de Juan no pisó Zaragoza en ninguno de los dos Sitios. El matrimonio se reencontró cuando las circunstancias lo permitieron, continuando felizmente casados hasta la muerte del esposo que acontecería quince años más tarde.

Por tanto, su marido no murió en el Primer Sitio por lo que mal pudo darse el malentendido que diese pie a la bigamia de la heroína. Quizá el origen del error estuviese en un párrafo de la biografía de Palafox en el que afirma que «Agustina tenía de 20 a 22 años ,era morena, de grandes y hermosos ojos, tenía una viveza sumamente agradable y un aire muy despejado. Amaba a un sargento de artillería que murió en el momento de hacer fuego. Ciega de cólera arranca la mecha de manos de su amante y, jurando vengar la muerte de éste, se abalanza al cañón de 24, que servía y le da fuego. Yo fui testigo de aquella escena en el momento que llegaba a la batería, que estaba cubierta de los cadáveres de más de 50 artilleros, tendidos por el suelo, presentando el espectáculo más desgarrador. La joven brillaba entonces en todo su esplendor, aunque envuelta en humo, y me saludó con una desenvoltura igual a su valor».

Para conocer la historia completa puede consultar “nuestra” biografía de Agustina.