Programa nº 11

Emitido el 22 de marzo de 2007   

Interviene  Gonzalo Aguado

 

 

EL PUENTE DE PIEDRA

 
 

 
El templo del Pilar ocupa, por sí solo, un lugar muy destacado en nuestro recorrido. Y muy destacado fue también su valor como símbolo, a la hora de enardecer a los zaragozanos. La confianza en la Virgen que no quiere ser francesa... obró milagros de fe, de determinación, de patriotismo y de esperanza.
Sabedores los franceses del extraordinario poder moral de la Pilarica como baluarte espiritual, fue bombardeado con particular intención por sus artilleros. En palabras del oficial sitiador Lejeune:
El pueblo tenía una fe tan viva y ponía tal confianza en aquella Sagrada Imagen, que no podíamos esperar reducirlo sin haber antes arruinado su venerado Templo. En consecuencia nuestros artilleros recibieron la orden de dirigir todas sus bombas sobre el barrio de la Catedral, a fin de amedrentar a todos los que se creían seguros dentro del radio protector de la Sagrada Imagen, por medio de estragos espantosos....
(LEJEUNE, Baron Luis Fco. de. Los Sitios de Zaragoza. Versión, prólogo y notas de Riba y García, C. Tipografía M. Escar, Zaragoza, 1908).
 
 
  Algún impacto en la fachada oeste, pero innumerables en la opuesta, y en la que da al Ebro (al alcance de las baterías del Arrabal y del Barrio Jesús) atestiguan aún hoy, la veracidad de todo lo dicho. Aparte de ser pilar donde apoyarse el ánimo de los defensores, cumplió también misiones de refugio, hospital ... e incluso de maestranza, pues en su Sacristía Mayor -cuando el cerco por el Coso empezaba a hacerse asfixiante- se fabricó pólvora y munición.

Su principal papel fue, desde luego, el de refugio. Refugio espiritual y también material, para toda una masa doliente. La sensación de hacinamiento, suciedad y miseria, llegó a ser en ocasiones, tan espantosa, que el propio Palafox (que amaba profundamente a la Virgen, no en vano había sido infantico) y que basaba sus arengas en la fe y en la protección de la Santísima Madre..., llegó a prohibir la entrada a todo aquel que no se pudiese desplazar por sus propios medios.

 

 


Foto realizada por Mariano Júdez y Ortiz. Colección, Mariano Martín.

 
 
 

  Muy recomendable resulta la ascensión a su torre (de la Puerta Alta de la Obrería), pues se nos ofrece así una magnífica panorámica de la ciudad, pudiendo situar los principales movimientos o los emplazamientos más singulares (y quizá un tanto alejados). La parroquia de Altabás y el solar del convento-fortaleza de San Lázaro (donde se libraron tan sangrientos combates en las postrimerías del Segundo Sitio), o el mismo Puente de Piedra.
Allí se señala el lugar exacto en que fueron asesinados y arrojados al río los dos consejeros de Palafox: el Padre Santiago Sas y el Padre Basilio Bogiero en vergonzoso incumplimiento de los acuerdos de capitulación. En ese mismo punto fue mortalmente herido el Barón de Warsage, en uno de los muchos momentos trascendentales protagonizados por el puente, como la acción del teniente Luciano Tornos el 4 de agosto o el contraataque de Palafox al frente de la Caballería el 21 de diciembre.

En la cripta situada bajo la Capilla de la Virgen se hallan enterrados numerosos hombres ilustres -altos cargos militares y eclesiásticos, arzobispos, nobleza.. -pero en lo que a nosotros nos ocupa, es la tumba del General Palafox la que exige nuestra mayor atención.

En efecto, Palafox que había sido llevado a la prisión de Vincennes tras la toma de Zaragoza, pudo regresar a España en 1813 finalizadas las hostilidades. La vida política que reanudó tras su regreso a Madrid fue bastante desafortunada. Su idealismo de un parte, su espíritu liberal que no siempre fue bien entendido, de otra, y el mal pago a su pasada lealtad por parte de Fernando VII le hicieron caer en zonas de "sombra" que entristecieron amargamente la vida pública del Caudillo de Zaragoza. Su vida privada, que estuvo igualmente repleta de desavenencias de familia -a causa de su proceder un tanto terco- y de reproches continuos, no consiguió tampoco darle el sosiego que tan noble caballero hubiese merecido. Falleció en Madrid el 15 de febrero de 1847 y fue sepultado en la Basílica de Atocha. Y allí habría de permanecer largos años.

 
 
 

García Mercadal, todavía en 1948 reprochaba semejante ingratitud: Zaragoza misma, que tanto debe a Palafox, aún no se ha decidido a reclamar al cabo de un siglo sus cenizas, y eso después de haber sido capaz de celebrar el Centenario de los Sitios sin hacerlo, y sin levantar siquiera en tan solemne ocasión, un monumento a Palafox, habiendo como hubo entonces monumentos hasta para los vivos. Al muerto más ilustre lo dejaron en su olvidada tumba (GARCIA MERCADAL, J. Palafox, Duque de Zaragoza (1775-1847). Ed. Gran Capitán, Madrid, 1948. 
Este ilustre periodista y fecundo escritor zaragozano, fue el que descubrió en Madrid, y tras duro bregar, consiguió para Zaragoza el Archivo completo del general Palafox. Por tan valioso servicio le fue concedida la Medalla de Oro de la Ciudad).

Zaragoza, consciente de la deuda, redimió en parte su falta en 1958, con ocasión del CL Aniversario de los Sitios. Esta celebración no despertó ecos tan ambiciosos como el Centenario, pero sí tuvo bastante repercusión en la ciudad (exposiciones, premios ... ), que durante algunas semanas vivió un ilusionado patriotismo local. Dentro de ese ambiente de celebraciones, los restos del General Palafox fueron traídos por fin a reposar cerca de su querida Virgen del Pilar.

 Más información en Boletín 1