| En septiembre de 1804 se presenta en Zaragoza
acompañado de un “hermano de la caridad”; un mes permaneció en
Zaragoza hasta llegar a un acuerdo con el Hospital para hacerse
cargo de sus necesidades y de una nueva organización. Desde
Barcelona se trasladan a Zaragoza doce hombres y otras tantas
mujeres, entre ellas la Madre Rafols, llegando a Zaragoza en la
tarde del 28 de diciembre de 1804. Fue todo un acontecimiento en
la entonces pequeña ciudad, la gente se agolpaba para recibirlos
a pesar de la pertinaz lluvia que caía. El grupo visita El Pilar
y en su altar rezan a la Virgen, solicitando su amparo y
protección para realizar la misión que se habían marcado. |
Pronto se advierte la transformación del centro: hay
orden y limpieza, y sobre todo, un trato delicado y de entrega
paciente para los más necesitados. El cargo que le asignan
oficialmente es el de “Pasionero” o Capellán del Hospital. Su labor
no es bien vista por parte de algunos de los empleados, vagos y
corruptos, y debido a eso y otras dificultades, la rama masculina de
la “Hermandad” irá desapareciendo poco a poco hasta extinguirse en
enero de 1808.
El viejo edificio es bombardeado y volado, quedando
en ruinas durante el Primer Sitio. Son los momentos de más trabajo
para el Padre Bonal y sus “Hermanas de la Caridad”, llevando sin
descanso el traslado y acomodo de los enfermos, entre las
explosiones y las ruinas, con gran peligro de sus vidas. Edificios
públicos como la Real Audiencia, la Lonja y el Ayuntamiento, junto a
las casas de los nobles y particulares, hacen de refugio provisional
en este apresurado y trágico desalojo. Pasados unos días los
enfermos son reunidos en la Casa de la Misericordia. Al aumentar su
número sensiblemente a medida que se desarrollaban los combates, los
enfermos y heridos civiles son trasladados al pequeño Hospital de
Convalecientes, donde se instalará definitivamente el actual
Hospital de Nuestra Señora de Gracia.
A pesar de los rigores y escasez de alimentos por la
guerra, el Padre Bonal consigue ropas, medicinas y comida para sus
refugiados gracias a su labor limosnera. En esta situación llegamos
al Segundo Sitio hasta la rendición de la ciudad y los años de la
ocupación, con una población exhausta y enferma y una ciudad asolada
y en ruinas, cubierta de cascotes y cadáveres insepultos que son
foco de una tremenda infección, y con gran parte de su población
prisionera.
Si durante los combates atendía en los improvisados
hospitales a todos los que lo necesitaban, lo mismo hizo con la
entrada de los franceses que mandaban presos o al exilio a todos
aquellos que no hacían el juramento al Rey Intruso José Napoleón. A
éstos les proporcionaba pan, vestidos y calzado, prometiéndoles su
libertad y administrando los sacramentos a los condenados a muerte
que por toda culpa tenían el haber defendido su ciudad y su familia.
Asiste también a los prisioneros enfermos que fueron abandonados a
su suerte en Torrero en las afueras de la ciudad y que se
encontraban en condiciones infrahumanas y olvidados por las tropas
de ocupación. Es tal la gravedad de la situación que la “Sitiada”
decide hacer una gran colecta por la ciudad poniendo al frente de
ella al Padre Bonal, que tan felices resultados había logrado
durante la guerra, para paliar las necesidades más elementales de
estos prisioneros. La Dirección General de la Policía concede el
oportuno permiso y los frutos logrados son ingentes, pero en contra
de su parecer, no se destinan a los prisioneros sino que se da
preferencia a los enfermos del Hospital, pues ponen al frente de la
administración de los donativos a un miembro de la Junta que hace de
“Gestor” de los mismos.
Con la entrada de los franceses se había producido
la lógica organización de la ciudad y de sus instituciones, según
los dictámenes del “Virrey de Aragón”, el Mariscal Suchet. Será el
propio obispo de Zaragoza, el afrancesado Padre Santander quien
disponga se establezcan las nuevas condiciones para la formación de
la “Hermandad de la Caridad”, frustrando así la idea del Padre Bonal
de formar una congregación religiosa de tipo apostólico e
independiente, y quedando la Hermandad sometida a la autoridad de la
“Sitiada”. En 1813 se nombra un nuevo director, un fraile ex
franciscano director del Seminario de San Carlos llamado Miguel Gil,
obviando así por completo al Padre Bonal. Esta situación no cambiará
con el cese de la “Sitiada afrancesada” tras la liberación de la
ciudad.
La “Sitiada” manda al Padre Juan Bonal a la recogida
de donativos y alimentos por todo Aragón. Como ya había demostrado
de qué era capaz, recorrerá todo el país a lomos de su caballo,
enviando comida, dinero y ropas para el Hospital. A él le exigían
una minuciosa administración reclamándole hasta el último maravedí
pero por el contrario hacía más de tres años que no recibía su
escaso salario; sin embargo no por ello dejó de realizar la dura
misión encomendada. El Padre Juan será el mejor embajador de los
pobres durante más de veinte años, recorriendo los caminos de la
empobrecida España, recabando ayudas y administrando sacramentos
allí donde no llegaban los auxilios parroquiales. Nunca llegó a
perder la relación con sus queridas “Hermanas de la Caridad”, ni con
la Madre Rafols, pues mantuvo una abundante correspondencia con las
superioras, ya que ellas le reconocían como verdadero fundador de la
Orden.
Inclusive durante el llamado “Trienio Liberal“ ayuda
y socorre, buscando acomodo a los sacerdotes exclaustrados por las
desamortizaciones y venta de bienes eclesiásticos, aprovechando las
influencias que había logrado con su generosidad. En uno de sus
innumerables viajes, en 1829, cae gravemente enfermo retirándose a
descansar e intentar restablecerse en el Santuario de Nuestra Señora
del Salz (Zuera), lugar de gran tranquilidad y al que le gustaba
acudir para refugiarse de las penurias de sus viajes. Enterado el
Hospital de su estado, manda a uno de sus médicos con una Hermana de
la Caridad para intentar su curación; allí acuden las Hermanas de
Huesca para darle consuelo, como él hizo en tantas ocasiones,
acompañándole en sus últimos días.
El Padre Bonal es consciente de su próximo fin y
dicta su testamento ante el párroco de Zuera dejándole “unos pocos
duros y sus libros” y disponiendo que “se le celebre una misa a San
José”. Quiso enterrarse en Zuera pero debido al ruego de las
Hermanas decide de palabra “que estaría gustoso que su cuerpo fuese
sepultado en el Santo Hospital de Zaragoza”, como así se realizó.
Muere el 19 de agosto de 1829 y es enterrado junto a la Madre Rafols,
que había muerto poco tiempo antes, en la cripta del Hospital de
Gracia. A los cien años de su muerte el pueblo zaragozano quiso
reconocer su labor caritativa y le erigió una lápida en su honor,
que hoy en día se encuentra junto a su sepulcro, en la iglesia de la
Casa General y Noviciado de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana,
donde sus restos fueron trasladados el 20 de octubre de 1925,
dejando una placa en la iglesia del Hospital que recuerda este
hecho. En la calle Madre Rafols y dejando atrás el antiguo Cuartel
de Sangenís (Pontoneros), encontramos una pequeña glorieta
recientemente remodelada, en el arranque de la calle Alexander
Fleming. De hecho, esta última llevó el nombre de “Mosén Juan Bonal”
entre el 2 de abril de 1943 y el 3 de octubre de 1970, cuando un
acuerdo municipal decidió que “deberá desaparecer el nombre de Mosén
Juan Bonal hasta que la Delegación de Cultura de este Excmo.
Ayuntamiento estime dárselo a otra vía de la Ciudad”. Pues bien, con
fecha 2 de abril de 2007, nuestra Asociación solicitó formalmente la
asignación de tal nombre a esta nueva glorieta; las gestiones van
por buen camino. |