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Artículo publicado en Heraldo de Aragón, 15 de mayo de 2008.
Sor María del Carmen Rodríguez Arana O.S.C.
Archivera de la comunidad clarisa de Santa Catalina |
A INSTANCIAS de un amigo, doctor en Historia,
recopilo unos datos del archivo de la comunidad para comentar de modo
sencillo algunos rasgos del bárbaro acoso napoleónico de 1808 que
afectaron a nuestro convento de Santa Catalina.'
Creía el Ejército francés que la ciudad del Pilar
le iba a resultar de fácil conquista, pero toparon con gente a toda
prueba: así, Agustina Zaragoza Doménech (conocida como Agustina de
Aragón); la decidida voluntad del tío Jorge; Pedro Gasca, Sangenís,
Boggiero y José de Palafox, luego duque de Zaragoza. No eran solo los
hombres, era toda la ciudad, con sus mujeres y sus hijas. Forzado el
recinto, fue preciso tomar casa por casa y piso por piso. Esta indomable
resistencia prolongada por cuatro meses, costó la vida a 40.000 personas
y el relevo de dos generales de Napoleón, hasta que Lannes rindió la
plaza en febrero de 1809.
Ejemplo de este duelo cruel entre España y Napoleón
fue la resistencia de la valiente capital aragonesa, incluido un
carácter religioso que la presenta como una guerra distinta a todas. Fue
popular, religiosa y patriótica, y cada soldado luchaba por defender su
patria, pero sobre todo su religión, contra aquel «Imperio impío» que,
violando la Ciudad Eterna, había secuestrado a Pío VII. Napoleón era
para aquellos abuelos nuestros el más temible adversario de sus ideas
católicas, lo que explica también el arrojo y la resistencia españoles.
Los franceses, a silla de caballo y armas en mano,
se presentaron ante la ciudad por los despoblados campos de Torrero. La
Huerva les vino al pelo para tirar cadáveres y otras fechorías. El
saqueo era inminente, creían segura la victoria; no contaban ni con
tanta resistencia, ni con la derrota que sufrirían en Bailén, donde el
general Castaños derrotó a Dupont de l´Étang.
Tras no conseguir entrar en la ciudad con los
ataques a las puertas del Portillo, del Carmen y de Santa Engracia, el
24 de julio de 1808, se dedicaron a cañonearla, abriendo brechas de
ataque. El gran monasterio jerónimo de Santa Engracia había sido
pulverizado por 60 bocas de fuego; sus murallas se habían desplomado y
caían sus preciosos claustros en patética ruina; la voladura total la
dejaron para la madrugada del 13 al 14 de agosto.
El día 4 de ese mes fue una jornada trágica para
este convento nuestro de Santa Catalina, enclavado en un lugar muy
apetecible para las tropas francesas. Entraron los franceses por el
monasterio de Santa Engracia y por su huerta. Hasta las dos se les hizo
frente y contuvo, llegando a las manos con un furor que no se puede
concebir. A las dos arribaron a la calle del Coso; las ruinas quedaban
patentes; destrucción de casi todo el edificio, si bien la iglesia
siguió en pie, aunque con graves quebrantos. El magnífico claustro y las
grandes dependencias de que nos habla la historia fueron destruidos. En
la sala capitular, magnífico ejemplo del gótico‑mudéjar aragonés, con
detalles islámicos esculpidos y esgrafiados y blasones como los que se
conservan de la época de don Lope, Fernández de Luna, se hundió la
bóveda y solo quedaron en pie algunos muros. Todas estas maravillas, con
las capillas y retablos de que nos hablan los documentos, se
destruyeron. Buen testimonio son los magníficos grabados de Gálvez y
Brambila hechos tras el primer Sitio, donde se patentiza la magnitud de
la ruina.
Mis sufridas hermanas se refugiaron en la Santa
Capilla, junto al Pilar de sus amores. Allí, diecisiete de ellas, debido
a sus achaques, miedo e impresiones, encontraron la muerte. Es cierto,
como consta en los Anales de la Comunidad, que en este momento la
formaban 120 monjas, pero el número no aminora en nada el dolor por la
muerte de estas queridas hermanas.
Han pasado doscientos años desde este trágico
suceso. La comunidad de Hermanas Clarisas goza de encontrarse
actualmente en el mismo monasterio, pero totalmente rehabilitado y
actualizado a estos tiempos en que vivimos. Su más ardiente deseo es
ser, en medio de esta querida e histórica ciudad, un centro de
espiritualidad y presencia viva del Señor, en el que incesantemente se
eleva una plegaria de alabanza, adoración e intercesión por todos
nuestros hermanos y más concretamente por el pueblo aragonés, de quien
nos sentimos tan queridas. |
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