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Hasta
media docena de librerías he recorrido. Sólo una de ellas tenía en el
escaparate el libro “José Palafox. Autobiografia". Infortunado héroe.Tomad
un puñado de figuras egregias de Aragón: Gracián, Goya, Costa, Cavia...
Todos gloriosos, pero desgraciados. La gloria le tardó en llegar siglos a
Gracián. Goya, desde Madrid, escribía a su amigo: "Cuando
hablo dé Zaragoza me quemo bibo”. Joaquín Costa, como un profeta
mosaico, tuvo su monte Nebo y no consiguió penetrar en la Tierra
Prometida. Cavia, al abandonar esta ciudad para encontrar lejos honores,
renombre y gloria, sacudió amargamente sus zapatos.Palafox
tuvo la fortuna de encontrar en sus paisanos amor, admiración y ayuda y
con ellos construyó la más deslumbrante epopeya. Pero fue un momento
corto. Después, como los demás grandes de Aragón, supo del desdén y la
persecución. En la "Autobiografía" describe con sobriedad su
gloria y largamente su desgracia.
"No
quisiera salirme de los límites de la moderación, que es la verdadera
reseña del hombre español
-dice el general-, pero se hace
preciso decir verdades y contar los hechos como fueron, porque mi objeto
es sólo merecer el aprecio de la Nación y que ésta, para fijarlo, me
conozca". ¿Un desconocido el héroe de los Sitios por
antonomasia? Brevemente recuerda que "la
primera voz de independencia nacional, de libertad santa, de odio a la
opresión, de amor al rey Fernando VII y al trono legítimo, y de
integridad del territorio de las Españas fue lanzada en Aragón el 31 de
mayo". Tres días antes le había aclamado el pueblo zaragozano
Capitán General. Convocó las primeras Cortes que desde hacía años se
convocaban en España. Fue el primero que abolió "la
horrible y vergonzosa ejecución en la horca", atajó el
vandalismo de los ejércitos napoleónicos y defendió Zaragoza en dos asedios
"que influyeron poderosamente en las marchas y progresos del
enemigo".
Sus
proposiciones para considerar un plan de alcance nacional no fueron
escuchadas. "Sólo las tropas
de Aragón -dice-,
sólo la imperturbable Zaragoza hacía
frente, y nuestro implacable encono contra la tiranía del usurpador
fueron el baluarte de España". Ese "imperturbable
Zaragoza hacía frente" contiene la auténtica gloria de nuestro
héroe. Zaragoza no tenía murallas. Para su defensa por paisanos y
labradores tuvo flojas tapias en el primer sitio, barricadas de barro en
el segundo. Sangenis, que fortificó la plaza, escribió un vale, que se
ha conservado, por una importante cantidad de adobes “para
la construcción de baterías”. Enfrente estaba el mejor ejército
de Europa. Sin medios, sin esperanzas de ayuda, sólo gracias a una
explosión milagrosa de genio militar pudo defenderse
"aquella Augusta ciudad abandonada, sola y reducida a sus moribundos
defensores". Entre esos moribundos llegó a estar él.
Palafox
no podía tener sino un talento militar mediocre, pues nunca se había
ejercitado en la guerra, sino más bien en los rutinarios deberes de la
guardia de Palacio, pero con genial inspiración suplió las propias y las
ajenas insuficiencias. Organizó la ciudad marquizada y su defensa, puso
orden en la calle, buscó refuerzos, estuvo siempre presente en el frente
y en su oficina, y entre combate y combate supo demostrar la energía que
electrizaba a su pueblo. Los labradores del Gancho, de La Magdalena, de
San Miguel, sus heroicas hijas y sus abnegadas mujeres se hicieron matar y
lucharon hasta morir gracias al magnetismo del hombre nacido, sin saberlo,
para acaudillar. El genio de Palafox tuvo admiradores, émulos y
envidiosos. Sus émulos supieron hasta qué gloriosos y también trágicos
destinos conducía el camino que enseñaba él joven general aragonés.
Histórica figura que sorprende y subyuga.
Consumió
en la empresa todo cuanto tenía: desde su inagotable entusiasmo hasta sus
bienes malbaratados en un estéril intento de rescatar por dinero a su
rey. Y con esto empieza la otra vertiente de esta historia. Tras la gloria
inmarcesible, el desdén y la persecución del que más le debía.
¿Como
es posible que el héroe de una epopeya tan resplandeciente pusiera su
gloria al servicio de una triste equivocación? Él recuerda en su escrito
cuánto hizo por el rey Fernando cuya suerte le conmovía. Palafox,
con más intensidad aún que toda aquella España engañada, clamaba por
el regreso de “el Deseado". La autobiografía se convierte ahora en
una relación de amarguras padecidas en cuanto el rey Fernando volvió a
Madrid y se rodeó de su camarilla. Ya se sabe: rufianes, aguadores y
guitarristas. Gentuza. Sobre España se cernió el despotismo que
engendraría las guerras civiles del siglo y medio siguiente. A Palafox,
hombre liberal, le repugnaba el abuso de poder. Naturalmente, la camarilla
lo apartó de Palacio y lo puso en el caso de retirarse a su Aragón
nativo. Durante el breve tiempo de su mando en Aragón "restableció
el orden y la legalidad sin causar vejámenes ni verter una gota de
sangre". En la ciudad destruida por la guerra promovió "algunas
ventajas de pública conveniencia", entre otras -ojo al detalle- "la
construcción de un hermoso Paseo desde la puerta de Santa Engracia hasta
el Coso".
La
fidelidad y lealtad eran los ingredientes indispensables del honor, tal
como exigían entonces los monarcas. Palafox se obstinó en ser leal y
fiel a su rey, que no lo merecía. Por ser leal con todos, a todos pareció
traidor. Al llegar los "mal llamados años" se ofreció al rey,
en apuros, y fue rechazado; cuando triunfaron los liberales se le pidió
cuenta de su conducta y se le alejó de la Corte. Sirve al Estado con
limpieza y buena fe, pero sólo conseguir de la persecución al olvido, y
si entregó sus bienes para rescatar al rey, ahora ni siquiera cobra los
sueldos de sus empleos. Queda relegado a ser el hombre para los momentos
apurados del monarca, y el preterido y perseguido en los buenos días de
Palacio. Sólo al terminar los ominosos días del despotismo fernandino
cree respirar, bajo el liberal reinado de la Reina gobernadora. Y aún se
empecina en protestas de lealtad a aquel monarca que tantas veces había
demostrado ser, como hombre, despreciable, y como rey, detestable. Aquel
monarca había pagado su lealtad desinteresada de oro puro con la vil
calderilla de la ingratitud. La ingratitud de los poderosos es la moneda
falsa con que consuman la peor de las estafas. Palafox fue, pues, el gran
estafado, y bien lo explica en esa patética autobiografía.
Este
interesante documento figuraba entre los doscientos legajos del archivo
personal de Palafox que encontró en Madrid el escritor y periodista
zaragozano don José García Mercadal,
director que fue de varios periódicos aquí y en la capital de España.
García Mercadal fue mi primer director, y comprendo perfectamente cuál
sería su emoción al encontrar tan buena caza. Rápidamente comunicó el
hallazgo del Archivo al entonces alcalde de Zaragoza -era el año 1919-
don Pablo Calvo, que recordamos aquí como
buen amigo de esta casa. El Ayuntamiento de Zaragoza pagó las diez mil
pesetas que pedían por aquellos preciosos papeles. García Mercadal
recibió la recompensa máxima que puede conceder la. Ciudad: su Medalla
de Oro. Desgraciadamente no acostumbra a estar en las posibilidades de un
escritor la adquisición de pieza tan cara, si bien tiene el derecho, aún
no ha podido lucir la condecoración.
La
autobiografía del héroe de nuestra guerra de Independencia está
escrita, repasada y enmendada por el propio general en sesenta hojas de
papel de oficio de 1826. García Mercadal preparó la edición abriendo un
paréntesis en su incesante labor de escritor, articulista, editor de
libros propios y ajenos, y traductor. En estos momentos prepara dos
comprometidas antologías: la de Azorín y la de Pérez de Ayala. En pocas
ocasiones habrá sentido una emoción tan fuerte como al transcribir la
prosa, rezumante de humanidad, aunque no muy académica, del héroe de los
Sitios. Porque es un aragonés fino y un zaragozano cabal que consume uno
tras otro los años de su vida en la Villa y Corte con la invencible
nostalgia del Coso y de los Porches del paseo de la Independencia.
Pascual
Martín Triep
Nacido
en Zaragoza en 1897 y fallecido en 1976, el periodista Pascual Martín
Triep fue director de HERALDO DE ARAGON entre los años 1938 a 1945,
cuando fue sustituido por orden de la Dirección General de Prensa. Una de
las plumas más brillantes del periodismo aragonés, Martín Triep
prosiguió su labor en el diario bajo el seudónimo de "Fabio Mínimo",
firma que prestigió durante décadas el comentario de política
internacional.
Fue impulsor del Grupo Pórtico y realizó comentarios sobre la historia y
el ser de Zaragoza con otros sobrenombres, como "Pedro Ibero" o
"Pedro de Urbán". Tuvo a su cargo la página de "Las Artes
y las Letras" que aparecía semanalmente los jueves. En ella publicó,
con sus siglas P.M.T., su artículo “Palafox o la lealtad estafada”,
donde también firmaban ese mismo día Julián Gállego y Francisco de
Cossío. (Publicado en Heraldo de Aragón, el domingo 7 de diciembre de
2003). |
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