ASOCIACIÓN CULTURAL LOS SITIOS DE ZARAGOZA

Esta página ofrece una presentación documentada y digitalizada de treinta y una heroínas, tanto ampliamente reconocidas como otras menos conocidas. Su contenido se organiza mediante un índice general, que reúne a todas (incluyendo algunas que aparecen en más de una sección), y tres secciones biográficas diferenciadas, cada una con un color de fondo distinto para facilitar la lectura. El conjunto reúne biografías elaboradas por diversas personas colaboradoras, creando un recurso accesible y estructurado para quienes deseen profundizar en estas figuras. Así mismo, el proyecto permanece abierto a nuevas aportaciones que permitan enriquecer y ampliar las biografías, así como a las actualizaciones que puedan incorporarse en el futuro.

ÍNDICE DE LAS HEROÍNAS DE ESTA PÁGINA

Las siguientes biografías corresponden a una persona que prefiere mantener el anonimato

Agustina Zaragoza Doménech nació en Barcelona, siendo bautizada el 6 de marzo de 1786. Su madre, Raimunda, partió de Fulleda embarazada de la heroína, que fue bautizada en la iglesia de Santa María del Mar. Algunos de sus hermanos fueron bautizados en la parroquia de San Pedro de las Puellas. Sus padres, Juan Zaragoza y Raimunda Doménech, eran una pareja de trabajadores originarios del pueblo de Fulleda que se habían trasladado a la ciudad en busca de un futuro mejor. Pertenecía al seno de una familia humilde pero laboriosa.

Sobre su infancia se conocen pocos detalles, aunque los registros indican que, a diferencia de muchas mujeres de su época, sabía leer y escribir. A la temprana edad de 17 años, el 17 de abril de 1803, contrajo matrimonio con Juan Roca Vilaseca, un cabo segundo de artillería. La ceremonia tuvo lugar en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Reyes en Barcelona.

La pareja vivió cuatro años de relativa calma en Barcelona, tiempo durante el cual nació su primer hijo, un pequeño llamado Juan. Sin embargo, la invasión napoleónica alteró drásticamente su destino cuando el regimiento de su marido tuvo que partir para combatir a las tropas francesas. Ante el peligro, Agustina decidió abandonar la ciudad condal en junio de 1808 para buscar refugio o reunirse con su esposo.

Cargando con su hijo pequeño en brazos, emprendió un difícil camino a pie que la llevó hasta Zaragoza, donde entró entre los días 8 y 10 de junio. Se encontró con una ciudad que se preparaba desesperadamente para la guerra y donde reinaba la confusión. Al no tener dónde alojarse, alquiló una habitación en la calle Castellana, muy cerca de la Puerta del Portillo.

Su acción más legendaria tuvo lugar el 2 de julio de 1808, durante el primer sitio de la ciudad. Ante el avance de las tropas francesas y viendo que los defensores de la batería del Portillo habían caído, Agustina tomó la mecha y disparó un cañón contra el enemigo. Este acto de valentía frenó el asalto francés e inspiró a los defensores zaragozanos a continuar la resistencia.

El general Palafox no le concedió inmediatamente el «Escudo de Distinción», por la sencilla razón de que dicha distinción no fue creada hasta el término de la guerra, lo que sí le concedió, in situ, el 2 de julio de 1808, fue el rango de sargento «vivo y efectivo de infantería» con el sueldo correspondiente, que es ni más ni menos que el ostentado por el artillero al que arrebató el botafuego encendido. No la incluyó en el cuerpo de artillería, por requerir éste de unos conocimientos muy específicos. Sin embargo, tuvo muchos problemas para hacer realidad esta distinción. Posteriormente, la Junta Suprema, la elevó al rango de subteniente, integrándola, como a todos los militares que defendieron Zaragoza, en la gracia de ascender dos grados en el escalafón. Hasta el ocaso de su vida no vio cumplido el derecho a ingresar en el ejército, cobraba los haberes, pero sin destino. Por fin lo consiguió con empleo en Ceuta, siendo la primera mujer que ingresó en el Ejército Español.
Su fama como heroína comenzó a recorrer todos los rincones de España.

No obstante, la guerra también le trajo profundas penalidades, pues fue capturada por los franceses tras la caída de la ciudad. Durante su traslado como prisionera hacia Francia, Agustina logró escapar aprovechando un descuido de sus captores. Trágicamente, en medio de estas privaciones y huidas, su pequeño hijo Juan falleció, sumiéndola en un gran dolor.

Tras su escape, logró llegar a la zona libre en Andalucía, donde fue agasajada por la Junta Suprema en Sevilla y Cádiz. A pesar de sus pérdidas, decidió continuar en el servicio activo y se presentó en Tortosa en noviembre de 1810 para seguir combatiendo. Más tarde, participó en la Batalla de Vitoria bajo el mando del general Pablo Morillo, demostrando nuevamente su valor en el campo de batalla.

Al finalizar la guerra en 1814, se reencontró con su marido Juan Roca, quien también había sobrevivido a la contienda. La familia intentó retomar una vida normal en Barcelona y Segovia, pero se enfrentaron a graves dificultades económicas y a la precaria salud de Juan. En 1817 tuvieron otro hijo, también llamado Juan, sobrevivió y estudió medicina, al igual que su padrastro, ejerciendo la profesión en Sevilla, donde vivió hasta su muerte, acaecida a una considerable edad. Contrajo matrimonio con Rita Jurado, y tuvo dos hijas.

Su esposo, Juan Roca, falleció finalmente el 1 de agosto de 1823 en Barcelona, dejando a Agustina viuda y con deudas. Contrajo matrimonio por segunda vez a los escasos seis meses de su viudedad con Juan Cobos Mesperuza, un médico de Almería. De esta segunda unión nació Carlota Cobos Zaragoza, en la ciudad de Valencia.

Agustina pasó sus últimos años de vida en Ceuta, siguiendo el destino militar de su yerno, Francisco Atienza. En la ciudad autónoma vivió con sencillez y respeto, orgullosa de su pasado militar y de las condecoraciones que lucía en ocasiones especiales. Falleció el 29 de mayo de 1857, a los 71 años de edad, a causa de una insuficiencia pulmonar.

Aunque fue enterrada inicialmente en Ceuta, sus restos fueron reclamados años después por la ciudad de Zaragoza en un acto de gratitud eterna. En 1908, en la celebración del centenario de los Sitios, sus restos fueron trasladadas con honores militares a la capital aragonesa. Actualmente, la heroína descansa en la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo.

Casta Álvarez Bravo (1786-1846) fue una destacada heroína de los Sitios de Zaragoza que sobresalió por su valor en la defensa de la Puerta de Sancho durante los asedios de 1808 y 1809. Por su labor como «señalada defensora», recibió el derecho a usar dos escudos de distinción y una pensión real. Contrajo matrimonio en Cabañas de Ebro, el 28 de abril de 1814, con Antonio Bertol, natural de Figueruelas, humilde brasero del campo, del que enviudó sin descendencia.
Tras el conflicto, se estableció en Cabañas de Ebro, donde vivió en extrema pobreza debido a que empleados corruptos de la Tesorería le usurpaban sus haberes. Murió en la miseria y con signos de demencia senil, siendo enterrada como «pobre de solemnidad». En 1908, sus restos fueron trasladados con honores a la iglesia de Nuestra Señora del Portillo y se le dedicó una calle en el barrio de San Pablo para honrar su memoria.

Josefa Amar y Borbón nació en Zaragoza el 4 de febrero de 1749 y fue bautizada en San Miguel de los Navarros. Hija del médico José Amar y Arguedas, creció en un entorno intelectual privilegiado y recibió una educación ilustrada poco habitual para las mujeres de su tiempo. En su juventud se trasladó a Madrid, donde estudió filosofía, historia, matemáticas y geografía, y se formó como políglota en latín, francés, griego, inglés e italiano. Tras completar su preparación, regresó a Zaragoza. Contrajo matrimonio en 1772, con el afamado abogado, Joaquín Fuentes Piquer, alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Zaragoza, del que enviudó sin dejar descendencia.

Su trayectoria intelectual la situó entre las figuras más destacadas de la Ilustración española. En 1782 fue nombrada Socia de Mérito de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País por su traducción de las Disertaciones del abate Lampillas. Su obra más influyente, el Discurso sobre la educación física y moral de las mugeres (1790), la convirtió en una pionera en la defensa de los derechos femeninos. Su prestigio le valió también el ingreso en la Sociedad Médica de Barcelona.

Su compromiso social fue igualmente notable. Durante cuarenta años perteneció a la Hermandad de la Sopa, dedicada a la atención de enfermas en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia. En 1808, durante los Sitios de Zaragoza, ejercía como hermana mayor y lideró la asistencia humanitaria. Atendía personalmente a las pacientes más pobres, sufragaba alimentos y trabajaba junto a otras mujeres destacadas como Rita López de Pascual y las hermanas Clara y Engracia D’Alzú. Ni siquiera el bombardeo del hospital quebró su dedicación: tras un breve exilio en Navarra, regresó a la ciudad y reanudó su labor diaria pese a su avanzada edad. Es importante precisar los excelentes servicios que como espía, prestó al general Palafox, dándole información desde Pamplona.

Falleció en 1833. Su partida de defunción fue inscrita en la iglesia de San Gil, parroquia a la que pertenecía en el momento de su fallecimiento, ya que residía en la calle Cuchillería. Sus restos terminaron en el cementerio de La Cartuja, donde su nicho fue cerrado con una lápida que la identificaba con el tratamiento de “Excelentísima Señora”, seguido de su nombre. Sin embargo, con la posterior ampliación del cementerio, sus restos fueron trasladados a la fosa común. Zaragoza la honra con una calle que une el Coso y San Miguel, en recuerdo de su entrega intelectual y humanitaria. 

Josefa Buil Franco (Barbastro, 1780) fue una figura clave en la resistencia civil durante la Guerra de la Independencia, destacando por su valor en los Sitios de Zaragoza. Durante el segundo asedio, defendió activamente la plaza fuerte en las baterías situadas en la esquina de la calle del Palomar, donde operó junto su amiga Benita Portolés con una determinación que los testimonios de la época equiparan a la de los mejores soldados.

Tras la capitulación de Zaragoza, se trasladó a Barbastro para evadir a la policía francesa, donde continuó su labor como informante estratégico para la causa española. En 1809, fue fundamental para el éxito de las tropas españolas al proporcionar noticias exactas sobre los proyectos enemigos y ocultar en su domicilio a guerrilleros de la partida de Perena. A pesar de ser declarada «pobre de solemnidad», su sacrificio fue reconocido por el general Palafox con una pensión diaria de cinco reales. Su legado permanece hoy en el callejero zaragozano a través de la Calle de las Heroínas, nombre otorgado a la vía donde residió y combatió.

Juliana Larena Fenolle nació el 16 de febrero de 1790 en Ejea de los Caballeros, en el seno de una familia con formación académica; su padre era abogado de los Reales Consejos y su abuelo escribano del juzgado. Tras la muerte de su progenitor en 1804, se trasladó con su madre y sus tres hermanos a Zaragoza, ciudad donde pocos años después se vería envuelta en los trágicos acontecimientos de la guerra. Su infancia y juventud temprana transcurrieron en un entorno culto, siendo confirmada a los trece años en la iglesia de Santa María por el obispo auxiliar de la ciudad.

Durante los Sitios de Zaragoza de 1808 y 1809, Juliana demostró un valor excepcional en combate, participando en numerosas acciones bélicas que le valieron el reconocimiento del general Palafox. Se cree que luchó en el barrio del Arrabal bajo las órdenes de Pedro Villacampa, destacando su intervención en la defensa de la batería del viejo tejar. Por estos servicios, se le concedió el Escudo de Distinción y una pensión diaria de cuatro reales de vellón, honores que fueron oficialmente ratificados por el rey Fernando VII en 1814 tras el fin del conflicto.

En la etapa posterior a la guerra, Juliana regresó a su villa natal, donde contrajo matrimonio en 1819 con Juan Toral, un militar viudo. Aunque residió en Ejea hasta 1822, su rastro biográfico posterior es confuso: no hay pruebas documentales de que tuviera hijos y existe incertidumbre sobre su fallecimiento, con teorías que varían entre 1835 y 1870. Su memoria fue reivindicada en 1908 durante el Centenario de los Sitios, otorgándole calles en Ejea y Zaragoza, y dando nombre a un colectivo de mujeres que mantiene vivo su legado de patriotismo y virtudes cívicas.

María de la Consolación de Azlor y Villavicencio (Condesa de Bureta). Nació en Gerona en 1775, en el seno de una familia de la alta nobleza con una brillante trayectoria militar. Tras la muerte de su padre, el virrey de Navarra, se trasladó a Zaragoza con su madre y hermanas, donde su hogar se convirtió en un centro de cultura y distinción frecuentado por la sociedad más selecta. Poseía una personalidad arrolladora, dotada de agudeza e ingenio, y destacaba por su talento para el dibujo y su pasión por la lectura de los clásicos.

En 1794, contrajo matrimonio con Juan Crisóstomo López Fernández de Heredia, quien tras un largo litigio judicial se convirtió en el sexto conde de Bureta. A pesar de sufrir embarazos y partos muy dificultosos, la pareja tuvo dos hijos, Mariano y María de los Dolores. Sin embargo, la condesa enviudó prematuramente en 1805, quedando en la plenitud de su vida con la pesada carga de administrar la hacienda y criar a sus hijos pequeños en un ambiente de creciente tensión política.

Durante los Sitios de Zaragoza, su figura alcanzó dimensiones heroicas al convertirse en un pilar de la resistencia contra el invasor francés. La condesa organizó una eficaz red de espionaje para informar sobre los movimientos del enemigo y convirtió su propio palacio en un refugio defensivo, desde donde se lanzaban proyectiles y se hacía fuego contra los asaltantes. Además de su valor en el combate, donde llegó a detener y amonestar a soldados que huían, realizó una inmensa labor humanitaria suministrando víveres y materiales de cura para los hospitales de sangre.

En este contexto bélico, la condesa conoció y se enamoró de Pedro María Ric, un brillante jurista y regente de la Real Audiencia de Aragón. Tras obtener la licencia real necesaria, contrajeron matrimonio, el día 1 de octubre de 1808 en la iglesia de San Carlos Borromeo. Tras la capitulación de Zaragoza, el matrimonio emprendió un largo periplo, desde Fonz, hasta alcanzar Cádiz, donde Ric tenía que asumir el cargo de diputado por Aragón. En este viaje, Consuelo, dió a luz a una niña, en la ciudad de Valencia, a la que pusieron por nombre Pilar. Pilar Ric Azlor, que con el tiempo heredaría el título de su padre, pasando a ser baronesa de Valdeolivos.
Este matrimonio formó una unión marcada por la lealtad y el sacrificio en tiempos de guerra. Su activismo fue tan notorio que los franceses la apodaron «la revolucionaria», y el general Suchet, enfurecido por su capacidad de agitación y resistencia, llegó a amenazar con «freírla en aceite» si lograba capturarla.

La familia sufrió un penoso exilio en Cádiz, donde vivieron en una situación de extrema precariedad económica debido a la confiscación de sus bienes en Aragón. Pese a sus propias necesidades, la de Bureta no dejó de socorrer a los refugiados y huérfanos que acudían a ella, manteniendo un luto riguroso y rechazando asistir a fiestas en señal de respeto por los compatriotas que morían en el frente. En 1813, tras la liberación de Zaragoza, regresaron a la ciudad, donde la condesa fue recibida con honores e incluso el rey Fernando VII se ofreció a apadrinar a su próximo hijo.

El fallecimiento de la condesa se produjo el 23 de diciembre de 1814, pocos días después de un parto agónico que conmocionó a la ciudad. El 4 de diciembre había dado a luz a un niño de tamaño extraordinario (más de ocho kilos) que no sobrevivió, dejando a la madre en un estado de extrema debilidad y postración. Una probable infección agravó su salud, y tras recibir los santos sacramentos, murió siendo aclamada como la defensora más grande y entregada de Zaragoza, recibiendo sepultura en la iglesia de San Felipe ante el dolor de todo el pueblo aragonés.

María Rafols Bruna (Madre Rafols) nació en 1781 en Villafranca del Panadés, formándose espiritualmente en Barcelona antes de unirse al proyecto hospitalario del padre Juan Bonal. En diciembre de 1804, se trasladó a Zaragoza para organizar el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, iniciando su misión con un acto de profunda fe al encomendarse a la Virgen del Pilar. Su llegada marcó el inicio de una vida de entrega absoluta, enfrentando desde el primer momento la desorganización y la escasez de recursos en el centro hospitalario.

Durante los Sitios de Zaragoza (1808-1809), Rafols alcanzó la estatura de figura histórica al rescatar heridos bajo el fuego enemigo, labor que le valió el título de «Heroína de la Caridad». Un acontecimiento bélico y diplomático de gran relevancia fue su entrevista en 1808 con el general francés Lannes, ante quien intercedió para salvaguardar la integridad de los desvalidos y del hospital en pleno asedio. Esta valiente mediación ante el mando enemigo subrayó su compromiso humanitario por encima de los peligros del conflicto.

La ocupación francesa supuso un periodo de dura prueba religiosa debido a los decretos de José Bonaparte que ordenaban la supresión de las comunidades religiosas. María tuvo que gestionar las presiones de una junta hospitalaria afrancesada y del obispo auxiliar Fray Miguel Suárez, quienes mantenían a las hermanas bajo una vigilancia restrictiva. Tras la retirada gala en 1813, la religiosa asumió con renovado fervor la dirección de la inclusa, dedicándose a proteger a cientos de niños huérfanos y abandonados que habían quedado desamparados tras la guerra.

La consolidación institucional de su obra llegó en 1825 con la aprobación de las constituciones y la profesión de sus votos de pobreza y hospitalidad, siendo elegida Madre Superiora. Sin embargo, la inestabilidad de la Primera Guerra Carlista provocó su injusta detención en 1834, acusada de conspiración por el hallazgo de una plancha de plomo. Lejos de ser material bélico, dicho objeto tenía un fin puramente devocional: era el molde utilizado para confeccionar flores de mano destinadas al altar de la iglesia.

Tras sufrir siete años de destierro, regresó a Zaragoza para continuar su labor caritativa hasta su fallecimiento el 30 de agosto de 1853. Su cuerpo descansa en la Casa Generalicia de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana con honores de capitán general, y su legado de sacrificio fue ratificado por la Iglesia con su beatificación en 1994. María Rafols permanece como el máximo símbolo de la caridad cristiana frente al horror de la guerra en la historia de Zaragoza.

María Pasquala Agustín Linares nació en Zaragoza el 12 de abril de 1784, hija de Antonio Agustín y Catalina Linares. Fue bautizada al día siguiente en la parroquia de San Felipe y, años más tarde, el 12 de mayo de 1805, contrajo matrimonio con Pedro Roncal en la iglesia de San Pablo. La pareja estableció su residencia en la calle del Serón, lugar donde les sorprendió el inicio de los enfrentamientos contra las tropas napoleónicas.

Su destacada actuación bélica tuvo lugar durante el primer sitio de Zaragoza, en una jornada en la que la ciudad se vio seriamente amenazada por el ejército francés en las inmediaciones de la Puerta del Carmen y el Campo del Sepulcro. En el fragor de la batalla, María demostró un gran coraje, pero recibió un impacto de bala en el cuello que le dejó inútil el brazo izquierdo, quedando, por tanto, inhabilitada para el trabajo. Como reconocimiento a su valentía, en 1815 se le concedió el Escudo de Distinción y una modesta pensión de dos reales diarios.

Tras la guerra, su vida estuvo marcada por la extrema pobreza y una salud muy deteriorada, lo que provocó que ella y su marido fueran asiduos del Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Tras enviudar en 1819, permaneció diez años sola hasta que en 1830 contrajo segundas nupcias con Antonio Buisán, trasladándose a vivir a la Torre de Postas de Alagón. A pesar de este nuevo comienzo, sus problemas de salud persistieron, obligándola a nuevos ingresos hospitalarios.

María Agustín falleció el 22 de noviembre de 1831 a los 47 años, sin haber tenido hijos en ninguno de sus dos matrimonios. Fue enterrada como pobre de solemnidad en el cementerio de San Pablo, tras haber pasado por la vida con humildad y sin hacer uso de su condición de heroína. Actualmente, la ciudad de Zaragoza honra su memoria con un paseo principal que lleva su nombre, situado precisamente en el área donde realizó su hazaña defensiva.

María Benita Portolés Borgoñón, nacida en Alcañiz el 26 de agosto de 1786, fue una figura destacada durante los Sitios de Zaragoza. A los 22 años, mientras residía en la calle del Palomar, enfrentó el conflicto junto a su esposo, Francisco Vallés, quien falleció durante la guerra dejándola viuda y sin descendencia. Se la recuerda principalmente como la incansable defensora de la batería de la Puerta Quemada y de la Plaza de la Magdalena.

Su mérito militar fue acreditado formalmente por el general Palafox, quien documentó su arrojo al utilizar canana y fusil contra el enemigo con un espíritu inquebrantable. Un momento clave de su heroísmo ocurrió cuando las fuerzas francesas ocupaban la calle de Puerta Quemada; mientras las tropas profesionales y los civiles dudaban en avanzar, Portolés fue la primera en irrumpir en la plaza para abrir fuego. Su acción decisiva sirvió de catalizador para que otros patriotas se sumaran al ataque, logrando rechazar al enemigo y causar numerosas bajas en sus filas.

Tras la contienda, la evaluación de sus méritos resultó en una Real orden del 11 de agosto de 1814, que le concedió una pensión vitalicia de cinco reales diarios y los escudos de honor de ambos Sitios. Aunque la ciudad de Zaragoza inicialmente honró su memoria y la de su vecina Josefa Buil nombrando su calle como «Calle de las Heroínas», este tributo desapareció al renombrarse la vía como Doctor Palomar. Actualmente, se conoce muy poco sobre su vida más allá de estos actos heroicos y los reconocimientos oficiales mencionados.

María Blánquez (1758–1813), conocida popularmente como «María la del Santo Cristo«, fue una de las heroínas destacadas durante la defensa de Zaragoza contra las tropas napoleónicas. Vecina de la calle de las Señales y madre de tres hijos, su intervención más relevante ocurrió durante el segundo asedio de 1809, cuando, en medio de las extremas y peligrosas circunstancias del conflicto, logró rescatar la venerada imagen del Santo Cristo de la Hermandad de la Sangre de Cristo del convento de San Francisco. 

Tras la finalización de los asedios, la salud de Blánquez se deterioró progresivamente, lo que la llevó a ser ingresada en repetidas ocasiones en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia a partir de 1812. Finalmente, falleció el 1 de junio de 1813, un día después de haber otorgado testamento ante el vicario del hospital, nombrando a su hija Marta como única heredera. Aunque el propio general Palafox dejó constancia expresa de su valentía, lo cierto es que no tomó las armas en la defensa de la ciudad ni participó en acción alguna que le supusiera una pensión. Rescató al Cristo de la Cama, pero sin recompensa alguna.
Tras dejar deudas, fue enterrada en el cementerio de La Cartuja, como pobre de solemnidad, en la fosa común. En la actualidad, su memoria se honra mediante un medallón de mármol situado frente a la cripta donde reposan otras heroínas de los Sitios, y su legado perdura cada Viernes Santo, cuando la imagen que ella salvó vuelve a procesionar por las calles zaragozanas.

María Lostal fue una heroína de los Sitios de Zaragoza cuya vida personal antes de la guerra es desconocida, aunque se sabe que estuvo casada con el labrador Diego Sola, con quien tuvo tres hijos: Antonio, Joaquina y Ángela. Durante el segundo asedio, su marido falleció, dejándola viuda y con hijos pequeños, por lo que tuvo que abrir una taberna en la calle del Portillo para subsistir. Por su valentía, el general Palafox le otorgó una pensión de seis reales diarios en agosto de 1808, aunque María murió prematuramente hacia 1810 sin haber podido cobrarla debido a la ocupación francesa.

En el ámbito bélico, María participó activamente en la defensa de la ciudad combatiendo con las armas en la mano en la línea que unía la Puerta de Santa Engracia con la del Carmen. Además de su labor en el frente, destacó por su arrojo al rescatar objetos litúrgicos de valor del convento de las descalzas de San José en medio del fuego enemigo. Ya durante la ocupación, se vio envuelta en un misterioso incidente en 1810 cuando un soldado francés apareció muerto frente a su negocio; aunque ella negó saber nada, tres hombres que estaban en su casa fueron fusilados, lo que refuerza la imagen de su constante compromiso con la resistencia.

María Montalbán Baquero (Letux, 1772 – Zaragoza, 1836) fue una destacada defensora de la capital aragonesa durante la Guerra de la Independencia. Tras establecerse en el barrio del Gallo y contraer matrimonio con Mariano Consiel, su vida quedó marcada por el estallido del conflicto napoleónico, en el cual sufrió la pérdida de su esposo durante el Segundo Sitio. Esta tragedia personal, sumada a la amargura de la derrota, impulsó en ella un ferviente compromiso patriótico con el objetivo de expulsar al invasor, lo que la llevó a mantenerse activa en la resistencia armada y logística.

Su valor y «buenos servicios» durante los dos Sitios de Zaragoza fueron reconocidos formalmente por el general Palafox, quien le otorgó una pensión vitalicia de cuatro reales diarios. Por sus méritos contraídos en la defensa de la ciudad, se le concedieron los escudos de distinción de ambos Sitios, condecoraciones que portó con orgullo el resto de su vida como símbolo de su sacrificio. Su determinación fue tal que, tras los asedios en Zaragoza, continuó su labor bélica en la Plaza de Tortosa, donde destacó animando a otras mujeres, asistiendo en las baterías y retirando heridos, logrando incluso la autorización excepcional para permanecer entre los hombres como combatiente cuando se ordenó la evacuación femenina.

Montalbán falleció en 1836 en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, tras haber vivido una vida retirada pero marcada por su estatus de heroína. En su testamento, otorgado poco antes de morir, dejó constancia de la deuda que el Rey mantenía con ella por sus servicios militares, reafirmando hasta el final su identidad como defensora de la patria frente a la ocupación francesa. Su biografía, rescatada de los archivos históricos, constituye un testimonio del papel fundamental y combativo de la mujer en la resistencia civil y militar de la época.

Manuela Sancho Bonafonte nació el 16 de junio de 1784 en la localidad de Plenas, Zaragoza, en el seno de una familia de labradores que posteriormente emigró a la capital en busca de mejores oportunidades. En la ciudad, su vida estuvo marcada por la tragedia y el valor durante los enfrentamientos contra las tropas napoleónicas, contrayendo su primer matrimonio en 1810 con Manuel Martínez, quien desempeñó el cargo de Intendente de Liberación. Tras enviudar de este en 1819, mantuvo una vida retirada y devota hasta que en 1830 casó en segundas nupcias con el sargento retirado Joaquín Tapioca, con quien logró una estabilidad económica basada en la administración de tierras y viñedos hasta el fallecimiento de este en 1847.

Su desempeño militar durante los Sitios de Zaragoza (1808-1809) fue notable por su valentía y constancia en la primera línea de fuego, donde se encargaba voluntariamente de transportar municiones y provisiones a las baterías, especialmente en el sector de San José. No se limitó a tareas auxiliares, sino que llegó a empuñar el fusil y disparar cañones para defender los puestos avanzados cuando los defensores escaseaban. El 5 de enero de 1809, durante el segundo sitio, sufrió una grave herida de bala que le atravesó el vientre mientras defendía un parapeto, lesión de la que sobrevivió contra todo pronóstico médico. Por sus heroicas acciones, el general Palafox le concedió el Escudo de Distinción y una pensión vitalicia de media peseta diaria.

Convertida en una leyenda viva y conocida popularmente como «la artillera», Manuela Sancho gozó del respeto y los honores de los regimientos militares de la ciudad, quienes la saludaban en su balcón de la calle Laurel en el extremo de la calle del Parque, hoy Cádiz, desde cuyo balcón veía, saludaba y recibía los honores de la banda de música del cuartel de infantería, que transitaba todos los domingos dicha calle.

En sus últimos años de vida, buscando compañía y cuidados ante su avanzada edad, contrajo un tercer y sorprendente matrimonio en 1853 con Santiago de San Joaquín, un hombre cuarenta años menor que ella. Durante esta etapa final, fue la única de las heroínas de los Sitios que alcanzó la longevidad suficiente para ser retratada mediante la fotografía, dejando una imagen que capturó su fisonomía robusta y su carácter decidido a los 76 años.

Manuela Sancho falleció el 7 de abril de 1863 a los 78 años de edad a causa de una congestión cerebral, siendo la última de las grandes defensoras de la ciudad en desaparecer. Su funeral fue un evento de duelo masivo que contó con la asistencia del Ayuntamiento en corporación, el ejército y la nobleza, reflejando su estatus como una de las figuras más queridas de Zaragoza. Aunque inicialmente fue sepultada en el cementerio de Torrero, en 1908 sus restos fueron exhumados y trasladados solemnemente a la iglesia de Nuestra Señora del Portillo, donde descansan de forma definitiva. Su memoria permanece viva no solo en la historia militar, sino también en el nomenclátor de la ciudad, que le dedicó una calle mientras aún vivía.

Manuela Sancho. Única fotografía de las Heroínas

Las siguientes biografías han sido recopiladas por cortesía de Mariano Martín de diferentes libros y archivos digitales

Ana Benedí, esposa de Telesforo Peromarta. Juntos defendieron el barrio de la Morería (San Roque).

Antonia Sisamón, mujer del Cronista oficial de Zaragoza Faustino Casamayor, que murió con su hija Florencia durante el Segundo Sitio.

Engracia Pascalí, viuda de Francisco Sardaña. Su casa fue refugio de la religiosas que huían de los conventos ocupados por los franceses.
Fue madre de Mariano Sardaña, héroe de los sitios y miembro de la Junta de Defensa. Durante la ocupación su casa fue la residencia del Mariscal Suchet.

Engracia y Clara D´Alzu, hermanas, directora y secretaria de la “Hermandad de la Sopa”.

Estefanía López, generosa ropavejera que donó muchas telas para confeccionar sacos terreros de las trincheras y hierros para la fabricación de balas.

Hijas del Barón de Purroy, Josefina y Francisca, fueron ensalzadas por el General Felipe Saint-Marc, por su generosidad y entrega para con los heridos del Hospital de Ntra. Sra. de Gracia (curiosamente su padre José Dara y Sanz de Cortés era el Regidor del Hospital).

Hijas del Marqués de Ayerbe, durante los Sitios se dedicaron a trasportar cañones con las mulas que usaban para labrar los campos.

Joaquina Plaza, intrépida guerrera, natural del pueblecito de Huescar en el Pirineo. Fue una de las mujeres que a sus 44 años, detuvieron el asalto de la caballería polaca en la puerta del Portillo. Se casó con Nicolás Dominguez. En 1835 con 71 años aún vivían en el pueblo.

Josefa Vicente, mujer de Francisco Cerezo (hermano del famoso Mariano Cerezo), que mandaba un grupo de mujeres del barrio de San Pablo.

Lorenza Molino, mujer de pedro Aranda comisario de guerra, murieron juntos en la explosión fortuita del depósito de pólvora del Seminario el 27 de octubre de 1808.

Manuela Orobia, madre del vicerrector del Seminario, Gabriel Lagrava, fallecido durante la explosión. Cuidó de los heridos pues era viuda del hermano de Gabriel Martín que era médico.

Manuela Pascual, mujer de Mariano Villanúa Regidor de la ciudad durante los Sitios.

Manuela Pérez e Isabel Seta, estas dos mujeres eran grandes amigas naturales de Alcañiz, ambas eran hijas de ricos terratenientes, hicieron grandes donativos de lana para uniformes, aceite para el sustento de las tropas, etc. El pueblo Zaragozano agradeció su generosa ayuda siendo citadas en la “Gaceta de
Zaragoza del 23 de agosto de 1808.

Nicolasa Sanz, contribuyó con dinero y joyas, quedan en la ruina.

Petronila Villarejo, murió en los combates.

Rita López Pascual, hija de Francisco y María, esposa del General José Obispo, ayudante de Campo de Palafox. Hermana a su vez del héroe artillero Coronel Ignacio López. También pertenecía a la Hermanda de la Sopa. Contribuyó organizando un grupo de mujeres que confeccionaban vendas y sacos terreros para
las baterías con las telas destinadas a sus ajuares.

LOS DESASTRES DE LA GUERRA. HEROÍNAS DE LOS SITIOS 1808-1809. Por Valero Ibañez Nuñez

Cuando se hace mención de esta guerra se habla mucho de los héroes, muy poco de las heroínas que fueron muchas como podréis comprobar. En junio de 1808 un grupo de mujeres entra en combate contra los franceses con cuchillos y navajas, no se sabe cuantas de ellas murleron, ni de donde habían salido, ni quienes eran, a este insólito encontronazo se le conoce como la batalla de las mujeres. Estas eran mujeres creyentes y voluntarias hacia su fe, todas ellas cumplían una misión para defender la ciudad de Zaragoza.

El heroico papel de algunas, en esta guerra de los sitios:

Casta Álvarez Bravo. Nació en 1778. Casta se hace famosa por ir a todas partes con una bayoneta calada en un palo amenazando a los franceses. Pero a la hora de la verdad cuando hay que salir fuera de la ciudad para acuchillar por sorpresa a los franceses, ahí esta ella con su bayoneta dispuesta a todo. El General Palafox le concede el escudo de defensa y Fernando VII una pensión de cuatro reales diarios. Muere en 1846 como pobre de solemnidad. En 1908 sus restos son trasladados a la Iglesia del Portillo.

Josefa Amar y Borbón. Nace en Zaragoza en 1749. Estudia en Madrid y llega a ser toda una figura de la Ilustración española. La casan a los 23 años. En Zaragoza en 1782 es nombrada socia del merito de la Real Sociedad Económica de Zaragoza, En 1787 de la Junta de Damas de la Real Sociedad Económica de Madrid. Es famoso su discurso en defensa del talento de las mujeres de 1788 y el discurso sobre educación física y moral de las mujeres publicado en 1790. Sabía siete Idiomas pero dedico su vida a cuidar enfermos. Se mezclaba con las autoridades francesas. Se supone que trabajaba como espía de Palafox. Murió en 1833.

Juliana Larena Fenolle. Nace en Ejea de los Caballeros en 1790. A los 14 años queda huérfana de padre. La familia se traslada a Zaragoza. Juliana se convierte en enfermera atendiendo heridos por las calles y ayudándoles a llegar al hospital. Participa en la defensa del Reductor del Pilar. Un día ve que le cae una granada encima, la coge, y la devuelve al enemigo. Desde ese día se dedica a devolver las granadas antes de que exploten. Palafox le concede una pensión de cuatro reales diarios. En 1819 vuelve a Ejea, se casa con Juan Toral militar de Úbeda. En 1822 regresa a Zaragoza. Se dice que murió de peste., ni donde nació. María sirve a los combatientes entre la puerta de Santa Engracia y la del Carmen. Participa en la defensa del convento de Carmelitas de San José. Cuando todos abandonan, María pasa ante la puerta de la Iglesia entra y arrampla con todas las reliquias y cálices las lleva al hospital de convalecientes. Por tal hazaña Palafox le concede una pensión de dos reales diarios. En 1810 aparece muerto un soldado francés frente a su taberna, es interrogada por la policía y la dejan en libertad. Muere poco más tarde, sin que se sepa la causa.

María Agustín Linares. Nace en Zaragoza el 12 de abril de 1784. En 1805 se casa con Pedro Roncal. Queda viuda en 1819. En 1830 a los 46 años se vuelve a casar con Antonio Guisan. María abastece a los combatientes de munición, comida y bebida. En uno de los viajes-una bala le atraviesa el cuello, a consecuencia del balazo se queda inútil de un brazo. En 1815 el General Palafox le concede una pensión de dos reales diarios. Muere en 1831, siendo enterrada como pobre de solemnidad.

María Blánquez. Nace en Zaragoza en 1758. El diez de febrero de 1809 los franceses vuelan el convento de San Francisco. María entra entre el humo y los muertos. Sale a la calle, para a tres hombres para que le ayuden a sacar al Santo Cristo de la cama con faroles y todo, y trasladarlo al Palacio Arzobispal. Desde entonces es conocida como María la del Santo Cristo. Tras muchas enfermedades muere en 1813. Seria enterrada como pobre de solemnidad.

María Lostal. No se sabe cuándo, ni donde nació. María sirve a los combatientes entre la puerta de Santa Engracia y la del Carmen. Participa en la defensa del convento de Carmelitas de San José. Cuando todos abandonan, María pasa ante la puerta de la Iglesia entra y arrampla con todas las reliquias y cálices las lleva al hospital de convalecientes. Por tal hazaña Palafox le concede una pensión de sols reales diarios. En 1810 aparece muerto un soldado francés frente a su taberna, es interrogada por la policía y la dejan en libertad. Muere poco más tarde, sin que se sepa la causa.

María Manuela Pignatelli de Aragón y Gonzaga. (Duquesa de Villahermosa). Nace en Madrid en 1754. En 1769 a los 15 años la casan con Juan Pablo de Aragón Azlor. XI Duque de Villahermosa. En 1790 queda viuda con dos hijos. D. José Antonio y D. Juan. Pablo. Se viene a Zaragoza, a su palacio de la plaza San Felipe, llama a su sobrino Palafox y le entrega a sus dos hijos. Juan Pablo muere de tifus, José Antonio es hecho prisionero y llevado a Francia donde pasa cinco años de trabajos forzados. La Duquesa muere en 1816 a los 62 años. Esta enterrada en La Seo.

María de la Consolación Azlor y Villavicencio. (Condesa de Bureta). Nació en Gerona en 1776. En 1787 la familia se traslada a Zaragoza. A los 19 años la casan con Juan Crisóstomo López, Barón de Salillas y Señor de Bureta. La Condesa organiza una red de espionaje para tener Informado a Felipe Perena que lucha en el somontano. En 1805 Se queda viuda. Tras varios años de luto se casa con Pedro María Ric. La condesa convierte su casa en un centro de operaciones logísticas. El 23 de diciembre de 1814 fallece por causa de una infección. Sus restos se encuentran en la parroquia de San Felipe y Santiago el Menor.

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